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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

AVISO: artículo políticamente incorrecto

Hay problemas mentales muy serios, que hunden a las personas y requieren descanso y una dedicada atención clínica, y también hay una colección de jetas

La vida me ha permitido observar desde primera fila dos oficios de notable exigencia: el de la mar y el del periodismo.

Mi padre, tíos y primos se iban a Gran Sol a recibir golpes de mar y pasar frío en mareas que duraban entre doce y catorce días. Atracaban de noche, estaban dos días en casa y volvían a embarcarse. No había puentes, ni «findes». Las vacaciones de verano eran más bien rácanas. Curiosamente, nunca les escuchaba quejarse de su trabajo, más allá de algún temporal especialmente crudo, o de algún accidente a bordo. Conservaban además un orgullo gremial no explicitado. Se sabían gente resistente, valerosa, distinta.

El otro oficio fatigoso que he conocido es el periodismo, donde el horario reglado salta por el aire ante la urgencia informativa, donde se trabaja fines de semana, donde algunos compañeros viven un trasiego permanente y otros soportan el estrés por conseguir exclusivas, o la presión del poder.

Dada mi experiencia personal, confieso –y me pondrán a parir– que arqueé una ceja irónica cuando en mi repaso matinal de la prensa vi la portada del periódico pro-PSOE. Abría su web una foto de tres mujeres y dos hombres, profesores ataviados con sus camisetas verdes de la huelga contra Ayuso. El titular rezaba así: «Las voces de la huelga educativa: ‘Nuestro trabajo se ha convertido en un carrusel de bajas por ansiedad’».

Veo cada día a mis compañeros del periódico, que trabajan muy, muy duro. He conocido la brega del mar. Observo el tute que se pegan las camareras hispanoamericanas que nos atienden cada mañana en el café de la glorieta de Quevedo. Así que mi primer pensamiento se tiñó de sarcasmo: «Oh, pobrecillos profes de la pública, con sus dos meses de vacaciones de verano, con sus 17 días de asueto navideño, su larga Semana Santa, sus horarios de 9 a 3 y su nómina fija. Qué estrés, qué horror. No me extraña que sufran una epidemia de bajas por ansiedad».

Casualmente, ayer por la mañana me di de bruces en la calle Alcalá con la manifestación de los profes. Haciéndome un poco el Forrest Gump, me puse a hablar con tres camisetas verdes. Les pregunté por qué se manifestaban: «Queréis más pasta, ¿no?». Un muchacho de barbas, muy amable, me lo desmintió de plano. «No, no. Se trata de mejorar las condiciones de habitabilidad de las aulas, de bajar las ratios de alumnos y de aumentar la calidad». Entrañable. Pero leo sus demandas formales y me encuentro con que piden 600 pavos más al mes por cabeza.

Hay muchísimos profesores magníficos, de enorme dedicación, y nadie duda de que los docentes son cruciales, la médula de toda sociedad. También es cierto que imponer la autoridad a los chavales de hoy cuesta muchísimo y que el déficit de atención es tremendo. Pero aun así, hablar de una crisis de ansiedad entre los profesores de la pública supone una evidente exageración, cebada por motivos políticos (la izquierda domina por completo la enseñanza estatal). Semejantes hipérboles victimistas banalizan además los problemas reales de salud mental, los de personas con dolencias serias, que necesitan y merecen una gran atención clínica.

Saltándome el cedazo de la corrección política voy a enunciar una verdad impronunciable. Con la coartada de la «salud mental», en España hay una colección creciente de impostores que le echan una jeta impresionante. He sabido de casos de largas bajas por depresión… que se fueron a darlo todo a un concierto de Oasis en el extranjero, o a Lisboa de excursión, o a un festival de tres días (con la torpeza –o descaro– de subir las fotos de sus jaranas a Instagram, mientras en teoría no podían trabajar por depresiones o ansiedades inhabilitantes).

Las enfermedades mentales merecen mucho respeto, el que no muestran todos los que hacen maula ante el médico de cabecera para forzar una baja vacacional. Si pierdes tu trabajo, si te deja tu pareja, si muere un ser querido, si llevas una semana tan mala en el curro que te dan ganas de mandarlo todo al carajo… eso no son «problemas de salud mental» (salvo que den lugar a un pico muy agudo de malestar). Se trata del sufrimiento consustancial al hecho de vivir. No ha pasado por la Tierra un solo ser humano que no haya sufrido alguna vez un amargo contratiempo. Pero no había tanta mandíbula de cristal y tan poco estoicismo.

Volviendo a los profes, le pregunto a una manifestante ya veterana: «Vosotros en verano tenéis dos meses de vacaciones, ¿verdad?». Arruga la nariz: «Que va, que va, uno, como todo el mundo, el otro estamos disponibles para formación o tareas pendientes». Le pido detalles: «Agosto es vacacional. Entonces, en julio, ¿cuántos días os ocupan esas ‘tareas’?». Se escaquea: «Uy, eso varía mucho… y perdona, te dejo, que ya avanza la cabecera».

Telefoneo a un amigo que trabaja de asesor de Educación en la pública y a un excompañero de El Debate que se ha ido de profe a la concertada. «Son dos meses de vacaciones –me ratifica el primero–; en teoría, el mes de julio hay que dedicarlo a formarse, pero no lo hace nadie. El profesor normal, si no tiene un cargo directivo, se larga el 20 de junio y no vuelve hasta el 1 de septiembre». El profe de la concertada abunda: «En la pública tienen unas diez horas lectivas a la semana menos que nosotros, lo que supone preparar menos clases y corregir menos. Y cobran mucho más». Ratifican mis impresiones. Pero da igual. Solo somos una panda de retrógrados sin empatía.

(PD: La gran huelga educativa de Madrid llega casualmente… cuando falta solo mes y medio para las elecciones. Si hay cambio de gobierno, la izquierda quemará la calle. Vivimos ya el ensayo general).

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