Galardonados con el Premio de Honor de las Letras Catalanas entre 1969 y 1983

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Historia

El veto ideológico que dejó a Josep Pla sin el Premio de Honor de las Letras Catalanas

El Premio de Honor de las Letras Catalanas reconoció la resistencia lingüística antifranquista, excluyendo polémicamente a Josep Pla

El Premio de Honor de las Letras Catalanas, instituido por Òmnium Cultural en el año 1969, nació con la voluntad de reconocer a aquellas figuras esenciales que habían destacado por su aportación a la cultura catalana y por haber mantenido vivo el uso de la lengua en momentos de profunda adversidad política y social. A lo largo de su historia alrededor de este galardón se produjeron numerosos debates culturales y políticos, siendo uno de los casos más destacados la exclusión del escritor Josep Pla.

La trayectoria de sus primeros galardonados permite entender cuáles fueron los criterios de selección, al mismo tiempo que ilustra el profundo desacuerdo existente entre el modelo de resistencia cultural defendido por Òmnium Cultural y la postura adoptada por Pla y la revista Destino durante el franquismo.

El primer premio, otorgado en 1969, recayó en Jordi Rubió i Balaguer, una de las figuras más respetadas de la filología y la bibliografía catalanas. Catedrático e historiador, Rubió representaba la continuidad de la obra noucecentista y académica, habiendo sufrido la depuración franquista por su implicación en la defensa de las instituciones catalanas y de la Biblioteca de Cataluña.

En el año 1970, el galardón se lo concedieron a Joan Oliver, conocido como Pere Quart, uno de los poetas y dramaturgos más emblemáticos de la literatura contemporánea en catalán. Oliver había encarnado el compromiso antifranquista, el exilio y la resistencia interior firme.

El tercer premio, en 1971, fue para Francesc de Borja Moll, insigne filólogo, dialectólogo y editor mallorquín. Moll era conocido por la monumental tarea del Diccionari català-valencià-balear y por su incansable lucha editorial en favor de la unidad y la supervivencia de la lengua.

En el año 1972, el premio recayó en Salvador Espriu, uno de los grandes poetas y dramaturgos de la posguerra. Espriu se había convertido en la voz moral de un pueblo sometido, utilizando su poesía como herramienta de expresión colectiva, duelo y resistencia cívica.

El quinto galardón, en 1973, fue concedido a título póstumo a Josep Maria de Sagarra, uno de los grandes dramaturgos, poetas y prosistas de la literatura catalana del siglo XX. Aunque Sagarra había tenido una trayectoria vital y política compleja, incluyendo una estancia en el extranjero durante la Guerra Civil, su producción literaria en catalán y su papel central en la creación del teatro y la poesía modernos le hacían acreedor indiscutible del honor.

Estos cinco primeros galardonados tenían un nexo común. Más allá de su indiscutible valor literario, todos ellos representaban una trayectoria de lealtad manifiesta a la lengua catalana como vehículo principal de creación, sin haber roto formalmente con la continuidad cultural del país durante los años más oscuros de la posguerra.

La reiterada no concesión del premio a Josep Pla, a pesar de figurar entre las quinielas y ser considerado por el propio jurado y por gran parte de la crítica como uno de los prosistas más importantes del siglo XX, no respondía a cuestiones literarias, sino a consideraciones estrictamente morales, políticas e ideológicas. Mientras autores como Baltasar Porcel, Joan Fuster o Josep Maria Castellet defendían su candidatura argumentando la magnitud cuantitativa y cualitativa de su obra, el sector del jurado encabezado por Joan Triadú se oponía. El rechazo a Pla se basaba en tres grandes argumentos defendidos por Òmnium Cultural y por el sector de la denominada cultura resistente.

Según analistas y miembros del jurado como Josep Benet y Joan Triadú, el pecado original de Pla no era su posicionamiento político o su colaboración con el bando franquista durante la Guerra Civil, sino su actitud ante la derrota de 1939. Al finalizar la guerra Pla dio por liquidada la cultura catalana y decidió volcarse en la prensa en castellano, convirtiéndose en colaborador habitual del semanario Destino y buscando incluso la dirección de diarios de línea no favorable al catalanismo. Para Òmnium Pla había vulnerado al optar por la comodidad y el éxito literario en castellano durante las primeras décadas de la dictadura.

Para Triadú y de la junta de Òmnium, el premio no era un mero reconocimiento estético o académico, sino un galardón de naturaleza moral y cívica. Servía para distinguir a aquellos que habían mantenido la llama de la catalanidad cívica en condiciones adversas. Las colaboraciones de Pla con el régimen, sus escritos de elogio a dictaduras como la de Portugal, y su visión escéptica, a menudo provocadora y distanciada del catalanismo militante, le hacían una figura incómoda para presidir el canon cultural oficial de la resistencia.

La polémica en torno a Pla reflejaba también el choque entre dos concepciones de la cultura catalana. Por un lado, Destino y los intelectuales vinculados a Josep Vergés y Baltasar Porcel, partidarios del bilingüismo, de una modernización cultural y de una proyección de la catalanidad a través de cualquier vía posible, incluyendo el castellano si las circunstancias lo exigían. Por otro lado, el modelo de Òmnium Cultural y de publicaciones como Serra d'Or, convencidos de que la reconstrucción nacional del país exigía una defensa intransigente, exclusiva y prioritaria de la lengua catalana en todos los ámbitos públicos y privados.

Esta contraposición generó enfrentamientos agrios en la prensa durante la década de los setenta, especialmente después de 1974, cuando la sexta negativa consecutiva a concederle el premio desató cartas abiertas, dimisiones sonoras en el seno del jurado, como la de Joan Fuster, y un debate sobre la politización o el sectarismo del galardón.

Después de la muerte del escritor en 1981 el veto histórico continuó pesando en la memoria de las instituciones culturales. A partir del año 2005, bajo la presidencia de Jordi Porta, la entidad inició un proceso de revisión crítica y reconciliación, organizando ciclos de conferencias para reivindicar la figura de Josep Pla como uno de los pilares fundamentales de la prosa catalana del siglo XX. A pesar de que el premio nunca le fue otorgado en vida, el tiempo y la fuerza de su obra literaria acabaron desplazando las disputas políticas del pasado, dejando como legado incuestionable su profunda impronta en la lengua y la conciencia colectiva del país.

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