Ruinas en el pueblo fantasma de Jafra

Ruinas del pueblo fantasma de JafraArchivo

Historia

La leyenda de Melinda y el trágico relato familiar que convirtió Jafra en un pueblo fantasma

Jafra, pueblo despoblado por la filoxera, alberga la trágica leyenda de Melinda, cuyo espíritu vaga tras morir en un pozo

Jafra es uno de los enclaves más singulares y enigmáticos de Cataluña. Situado en el corazón del macizo del Garraf es un pueblo fantasma. Un lugar donde la frontera entre la crónica documental y la tradición oral se ha difuminado con el paso del tiempo. Las primeras fuentes escritas que nombran este municipio datan del siglo XII, en concreto del año 1139. Apenas unos años más tarde, en el 1143, consta el legado testamentario mediante el cual Ramón Guillem cedió la posesión de Jafra a su hijo Pedro, iniciando un dominio sobre el lugar que iría cambiando de manos institucionales y nobiliarias.

Para el año 1332 ya existen menciones expresas al Castillo de Jafra. Durante ese periodo, tanto el núcleo de población como su iglesia parroquial pasaron a quedar bajo la jurisdicción e influencias del monasterio de Sant Cugat del Vallés. Su supervivencia siempre estuvo amenazada por las duras condiciones de la geografía del Garraf y por la fragilidad de su estructura demográfica. Durante el siglo XIV era un enclave marginal con solo una vivienda ocupada. Su abandono se confirmó en 1413 al constatarse la escasa utilidad de la parroquia de Santa María, por lo que en 1432 se unió a San Félix de Olivella.

En la segunda mitad del siglo XVII se produce un intento institucional por revitalizar la zona. Los señores y barones de Jafra decidieron dar un nuevo impulso económico y administrativo a este territorio. Como parte de esta estrategia de reorganización. En 1683 se nombró a Francesc Mercer como alcalde, se iniciaron reformas que incluyeron la restauración de la iglesia de Santa María. En esta época la subsistencia, basada en la leña y una ganadería testimonial, se transformó gracias a la notable intensificación del cultivo de la vid.

A pesar de las dificultades geográficas los esfuerzos parecieron dar sus frutos. Hacia el año 1820 el núcleo contaba con 83 habitantes coincidiendo con una renovación de la estructura eclesial. Cuando se quedó sin alcalde se decidió que el término se integrara al municipio cercano de Olivella. La filoxera devastó los viñedos de la comarca, provocando el abandono progresivo de los terrenos agrícolas y un éxodo rural imparable. En 1960 la población censada en Jafra se había reducido a diecinueve habitantes, que culminó con el abandono total del pueblo y el derrumbe paulatino de sus casas.

El imaginario popular ha creado relatos trágicos sobre Jafra. Centrándose en las masías El Maset de Dalt y de Baix. A este paraje llegó una familia de origen austríaco. La razón que motivó al matrimonio instalarse en las estribaciones del Garraf fue la búsqueda de un aislamiento estricto, dado que sus hijos padecían una extraña y grave enfermedad de la piel. Para evitar las miradas de extraños y proteger a los pequeños prohibieron que nadie visitara la finca y mantuvieron a los niños recluidos.

Con el objetivo de hacer más llevadero el confinamiento de la familia, el padre encargó el diseño de un gran espacio exterior. La tradición atribuye el proyecto al arquitecto y paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier (1861-1930). Según el relato popular, el jardín se concibió como un extenso y tupido laberinto compuesto por variadas especies de árboles y arbustos.

La calma de la familia se truncó cuando la madre dio a luz a una niña a la que llamaron Melinda. Como consecuencia de las complicaciones asociadas al parto la madre falleció. La tragedia comenzó a adueñarse de los habitantes de la casa. Los tres hijos mayores fueron muriendo víctimas de la afección cutánea que padecían. El padre comenzó a mostrar comportamientos erráticos, obsesionado con la idea de perder también a su única hija superviviente. Perjudicado por el dolor y el aislamiento el padre terminó por perder la razón.

Cierto día la niña corría por el laberíntico jardín mientras su padre la perseguía. En el transcurso de la huida, la pequeña cayó al interior de un pozo desapareciendo para siempre. Del padre no volvió a tenerse constancia ni registro alguno tras aquel trágico suceso. A raíz de esta tragedia el folclore local comenzó a atribuir a la figura de Melinda diversas leyendas.

Se cuenta que el espíritu de la niña se manifiesta entre la vegetación del macizo a caminantes y excursionistas que se han extraviado cerca de las ruinas de El Maset. La imagen de la niña les señala el camino correcto para ayudarlos a alejarse de la finca y escapar del malvado padre. Dicen que Melinda se aparece en la carretera que comunica Sitges con Castelldefels, conocida como Costas del Garraf, mostrándose en algunos de los tramos más peligrosos de la carretera. Con lo cual la leyenda urbana ha convertido a Melinda en la niña de la curva.

El misterio que envuelve a Jafra no se limita a la historia de la familia austríaca. Existe la creencia que en el cementerio falleció un niño que corría por sus inmediaciones. Su alma nunca encontró descanso y, en ocasiones, una silueta cruza la plaza principal del pueblo. No faltan testimonios que afirman escuchar lamentos al atardecer o ruidos, golpes y pasos procedentes del interior de las estructuras que se mantienen en pie.

El lugar ha sido punto de reunión para aficionados a la parapsicología. Vinculado todo ello al mito de Melinda, en las ruinas se han llevado a cabo investigaciones de psicofonías en las que se afirma haber registrado la voz de un niño en el cementerio. La zona ha sido escenario de celebraciones clandestinas de misas negras y figura en las crónicas del fenómeno OVNI como un enclave caracterizado por frecuentes avistamientos nocturnos en los cielos del macizo.

Las ruinas de Jafra mantienen dos puntos de destacado atractivo patrimonial y visual para quienes recorren las rutas del Parque Natural del Garraf. Estos son la antigua iglesia dedicada a Santa María y la gran casa noble que perteneció en su día al barón de Jafra. Ambos edificios se erigen como los últimos testigos de piedra de un lugar donde la densa historia medieval y la riqueza de la mitología popular continúan entrelazadas.

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