Ilustración de la Avenida de la Luz, en Barcelona
Historias de Barcelona
El emprendedor que quiso construir una «ciudad subterránea» bajo la plaza más transitada de Barcelona
La Avenida de la Luz fue el primer y último intento de Barcelona por tener un centro comercial bajo tierra
Durante 50 años, Barcelona tuvo unas galerías comerciales subterráneas. Fue entre 1940 y 1990, y se conocían como Avenida de la Luz, debajo de la plaza de Cataluña. Se entraba a ellas por la calle Pelayo y por la estación de los Ferrocarriles de Sarrià: fueron el primer centro comercial de la ciudad, así como el primero subterráneo en Europa.
La idea de crear estas galerías fue del empresario Jaime Sabaté Quixal. «Mi idea –decía– era hacer una ciudad subterránea en pleno centro. Que el tránsito, los coches, los que tienen prisa, circulen por arriba, por la superficie. Y abajo, la tranquilidad. Tiendas, bares, cine. Todo muy bien arreglado. Muy bien iluminado y decorado. Pero la cosa quedó en un pasillo. Un pasillo que no va a ninguna parte. Un final de trayecto para el que llega en tren».
La Avenida de la Luz fue inaugurada el 28 de julio de 1940. El periódico La Vanguardia publicaba la siguiente crónica:
El señor Vidal Burnils, de la Compañía Barcelonesa de Electricidad, puso de relieve la importancia de la obra que luego detalló el director general de dicha empresa, señor Sabater.
El general Múgica, que asistía en representación del capitán general, pronunció un breve y bello discurso de tonos patrióticos, haciendo votos por el éxito de las obras iniciadas. Terminó el acto con la interpretación del himno nacional, dándose a continuación vivas a España y al Caudillo.
Hubo otra inauguración, la oficial, el 30 de octubre de 1940, con la presencia del sacerdote Joan Salvans, en nombre del administrador apostólico Miguel de los Santos Díaz Gómara. El único pasillo de esta galería medía 175 metros de largo y unos diez de ancho, y en un momento se inauguraron 65 locales.
Con el paso del tiempo y la decadencia del lugar, el número de tiendas fue decayendo. Al principio, en la década de 1940, visitaban aquellas galerías más de 70.000 personas diarias. Allí se llegaron a vender joyas, relojes, perfumes, máquinas de cosas, artículos de viaje, bolsos, antigüedades, televisiones, electrodomésticos, aparatos fotográficos, ropa e incluso armas.
Fotografía de archivo de la Avenida de la Luz
No nos podemos olvidar de los bares y una tienda de neulas, que con su olor impregnaba toda la avenida. En el otro extremo, tocando la calle Pelayo con Balmes, Balañà inauguró, en 1942, un cine. A esto debemos añadir que Radio Nacional tenía un estudio, donde emitía en directo. También La Vanguardia tuvo una sala de reportajes.
La decadencia de las galerías
La Avenida de la Luz se guarnecía para las Navidades y visitaban las tiendas los Reyes Magos después de Año Nuevo. El cambio de hábitos y la apertura de otros centros comerciales hizo que ese espacio entrara en decadencia y se convirtiera en un lugar marginal. El cine familiar se convirtió en una sala X, y empezaron a cerrar las tiendas. Los bares dejaron de servir y la suciedad se adueñó de aquel lugar.
Hoy el espíritu de las únicas galerías comerciales subterráneas que ha tenido Barcelona ha desaparecido, pero aún se puede visitar parte del espacio: la planta baja de la perfumería Sephora del centro comercial Triangle ocupa parte del pasillo de la antigua Avenida de la Luz. Además, el cine se ha reconvertido en una sala de exposiciones de la compañía de ferrocarriles.