La réplica de la Santa María de BarcelonaWikimedia

Historias de Barcelona

La carabela de Colón que sobrevivió a las bombas de Terra Lliure pero no a las Olimpiadas de Barcelona

Durante décadas, el barco fue un icono del Puerto de Barcelona

Durante casi cuatro décadas en el Portal de la Paz del puerto de Barcelona se veía la silueta de la Santa Maria, uno de los barcos que acompañaron a Cristóbal Colón para el descubrimiento de América. Desde la altura, Colón vigilaba aquella réplica, que desapareció... pero no porque fuera a un museo cercano, sino que se encuentra en el fondo de mar, como consecuencia de un hundimiento nocturno que puso fin a una era del puerto barcelonés.

La nave formaba parte de un atrezo cinematográfico. Se construyó en 1951 en los astilleros de Valencia, para el rodaje de la película Alba de América, dirigida por Juan de Orduña y con Antonio Vilar como protagonista. La película narra la peripecia de Colón desde su estancia en el Convento de La Rábida hasta su encuentro con los Reyes Católicos y su hazaña al conseguir cruzar el Atlántico y arribar a las costas de América, dando paso a una nueva era en la historia de la humanidad.

Cuando finalizó el rodaje, la productora Compañía Industrial de Film Español SA (CIFESA) decidió ceder la nave a la Diputación de Barcelona. Desde el puerto de Valencia llegó al de Barcelona en 1952, coincidiendo con el Congreso Eucarístico, que impulsó el obispo Gregorio Modrego Casaus, siendo el Legado Pontificio el cardenal Federico Tedeschini. Cuando llegó quedó bajo la administración del Museo Marítimo, a donde podía haber sido trasladada, cosa que no se hizo en su momento.

Entre las décadas de los 50 a los 80 esta carabela se convirtió en una visita obligada para los barceloneses y para todas aquellas personas que viajaban a la ciudad. En una época, bajar al Portal de la Paz era subir a la carabela, viajar en las golondrinas y ascender hasta la parte más alta del monumento a Colón.

La réplica de la carabela, en BarcelonaCedida

Era un pack que muchos hicieron más de una vez a lo largo de los años. Respecto a las golondrinas lo típico era viajar hasta el rompeolas, caminar por el espigón y comer en el restaurante Porta Coeli. Ese restaurante ya no existe y el acceso peatonal al final del rompeolas original cambió drásticamente con la construcción del nuevo muelle y la bocana norte. Famosas eran las golondrinas Lolita y Encarnación.

La Santa María permitía a los visitantes podían descender a sus bodegas, observar los instrumentos de navegación recreados y contemplar la estrechez de los camarotes. Era una atracción que cada domingo provocaba largas colas en el muelle de Barcelona. Su presencia otorgaba al puerto una dignidad romántica que contrastaba con la actividad industrial de la época. El paso del tiempo empezó a hacer mella en su estructura que, como hemos dicho, había sido construida con materiales pensados para el cine y no para ser una atracción turística.

El ocaso de la carabela

Al llegar a la década de los 90, Barcelona se preparaba para transformarse gracias a los Juegos Olímpicos. Lo que había sido una atracción pasó a considerarse un estorbo. Para algunos era un símbolo anacrónico y, para otros, un recordatorio de la época colonial que no encajaba con la nueva imagen de la Barcelona cosmopolita y moderna que se quería proyectar al mundo. Como que no había un mantenimiento el deterioro se incrementó. Sin embargo, el final de la nave fue humano.

La carabela sufrió dos atentados. El 22 de octubre de 1987, Terra Lliure llevó a cabo el primero. Un miembro de la organización terrorista llegó hasta la carabela nadando por las aguas del puerto de Barcelona. Colocó una carga explosiva en una de las ruedas de camión que colgaban del costado de la nave y que servían como defensas para amortiguar los golpes contra el muelle. La explosión causó desperfectos en el casco de madera, pero fueron considerados menores. La nave pudo ser reparada y siguió abierta al público.

El 23 de mayo de 1990 sufrió un segundo ataque reivindicado por Terra Lliure. El grupo justificó la acción como una protesta contra las celebraciones del V Centenario del Descubrimiento de América y por considerar la nave un símbolo de la opresión española. Colocaron un artefacto explosivo que provocó un incendio grave, destruyendo gran parte de la arboladura, las jarcias y la cubierta superior.

Tras el atentado, la nave quedó en un estado lamentable. La Diputación de Barcelona, propietaria del Museu Marítimo y de la nave, se enfrentó a un dilema. Se valoró que repararla costaría entre 70 y 200 millones de pesetas, una cifra considerada excesiva para una réplica que no tenía un valor histórico real. La decisión final fue drástica y se tomó con gran sigilo, para evitar el debate público o posibles protestas. Llegaron a la conclusión de que la nave debía desaparecer.

La noche del 30 de mayo de 1991 fue despojada de cualquier elemento contaminante y el remolcador Montseny la llevó fuera del puerto. Llevada a unas millas de la costa, entre Mataró y Arenys de Mar, se le abrieron una serie de vías de agua en el casco y se hundió a 57 metros de profundidad. Este fue el final de esa decorado cinematográfico que ocupó un espacio en el Portal de la Paz.

Como dato curioso comentar que, mientras se hacia desaparecer esa nave, se estaba construyendo una réplica de la misma, que tenía como destino Japón. La petición la hizo el multimillonario Haruki Kadokawa. Para conmemorar el V Centenario del descubrimiento de América, la nave viajó desde el puerto de Barcelona hasta Japón. Llegó al puerto de Kobe el 28 de abril de 1992. Hoy en día aún se puede visitar en el Museo Marítimo de Kobe.