Barceloneses disfrutando de los chiringuitos, antes de su demolición en 1991
Historias de Barcelona
Los chiringuitos de la Barceloneta: víctimas de las Olimpiadas del 92 y símbolo de una ciudad sin memoria
La demolición de 18 legendarios merenderos o chiringuitos de la playa de San Miquel de la Barceloneta marcó el final de una etapa. La tradición era ir allí a comer, pero la Barcelona olímpica no podía mantenerlos en pie. Formaban parte de un pasado que no querían que se conociera.
Demoler aquellos chiringuitos no fue una operación urbanística: se quiso borrar una memoria colectiva. Desapareció un ecosistema social único donde la gente se encontraba con el mar, teniendo en cuenta que la ciudad siempre vivió de espaldas a la costa, mirando a la montaña del Tibidabo y a Collserola.
El 12 de abril de 1991 las excavadoras comenzaron la ejecución de una sentencia basada en la Ley de Costas de 1988. El objetivo era limpiar el litoral para los Juegos Olímpicos de 1992. A nivel popular se estaba limpiando una parte de la historia de Barcelona.
Los chiringuitos de la Barceloneta no eran puestos desmontables de madera. Eran estructuras sólidas, con cimientos en la arena, techos de uralita, suelos con baldosas desgastadas por el paso de los años y ventanales que se abrían directamente a la brida marina. Eran instituciones familiares, donde los dueños conocían el nombre de sus clientes y donde una paella de domingo era un ritual sagrado para muchas familias barcelonesas.
La cuna del rock
De los dueños de estos chiringuitos podemos destacar a Antoni Miquel Cerveró, conocido en el barrio como L’Anxoveta, y a nivel musical como Leslie de Los Sirex. El negocio, llamado Restaurante Cataluña al lado del Hawai, pertenecía a sus suegros, y él mismo trabajó allí durante décadas, compaginando la música con el servicio de mesas y la gestión del local.
Allí descubrió el el rock & roll gracias a los marines de la Sexta Flota de los EE. UU., que frecuentaban la zona y ponían discos en las gramolas. En ellas descubrió a Gene Vincent, Eddie Cochran o Chuck Berry. Leslie afirma que «el rock nació en los chiringuitos de la Barceloneta», porque allí fue donde el hambre de música nueva de los jóvenes locales se encontró con los discos que traían los barcos americanos.
El de Leslie no fue el único chiringuito que desapareció. Las excavadoras, aquel 1991, acabaron con 18 templos de la gastronomía popular barcelonesa. Se perdieron:
El Salmonete. Tal vez el más icónico. Un lugar donde el lujo era la frescura del producto y no el mobiliario. Su desaparición fue un duro golpe para los nostálgicos de la Barceloneta. Fue fundado por la familia de «La Chana», la famosa bailaora.
Costa Azul. Era un referente de la elegancia dentro de la rusticidad de la playa. Su cocina era respetada por los paladares más exigentes de la ciudad.
Mar y Playa. Comer allí era sentir el salitre en la piel mientras se disfrutaba de un arroz a banda inigualable.
El Avión. Era el lugar preferido para las familias con niños, al ser el bullicio una parte del encanto de este chiringuito.
Casa Paulino. Ofrecía cocina tradicional, sin artificios, basada en lo que las barcas traían esa misma mañana.
L’Escamarlà. Este local supo profesionalizar el servicio de playa sin perder la esencia del barrio.
La Aurora. Sus desayunos de tenedor para pescadores y madrugadores era leyenda en la zona.
Rancho Grande. Era un espacioso y ruidoso. Especializado en celebraciones grupales, de las comidas de empresa que terminaban con los pies en el agua.
Sol y Sombra, Miramar, Gaviota, La Marina y Terramar. Formaban esa alineación de fachadas blancas y azules que durante décadas fue la única silueta de la costa barcelonesa.
Can Costa y Cal Pinxo. Aunque estos nombres sobreviven hoy en locales modernos, en la Avenida Juan de Borbón, conocido en aquella época como Paseo Nacional, según dicen los antiguos clientes, el sabor cambió cuando se perdió el contacto con la arena.
El Relevo. Era el punto de encuentro por excelencia de la gente del barrio y de los trabajadores del puerto. Era famoso por su autenticidad absoluta. No buscaba atraer al turista, sino alimentar al barcelonés con raciones generosas y un trato de «tú a tú» que desapareció con la llegada del nuevo paseo marítimo.
La Riada. Este local cerraba el círculo de los establecimientos con solera. Se caracterizaba por su ambiente familiar y, sobre todo, por sus frituras.
El Vaporet. El local rendía homenaje a la tradición marinera del barrio y a las antiguas embarcaciones de vapor que poblaban el puerto de Barcelona.
Hawai y Restaurante Cataluña. No eran chiringuitos como los otros. Eran estructuras más sólidas. El Hawai era considerado uno de los señores de la playa. No solo ibas a comer de pie o con las chanclas llenas de arena; allí se celebraban banquetes, bodas y comuniones.
Vista de los chiringuitos, con el Hawai en primer plano
Del Cataluña se decía que su cocina era de las mejores dotadas de toda la línea de costa. Sus paellas no eran de chiringuito, eran de restaurante de manteles blancos y servicio impecable. Era un punto de reunión para la burguesía barcelonesa que bajaba a la Barceloneta buscando el producto más fresco pero con un servicio profesional.
Las consecuencias
La desaparición de todos estos chiringuitos, a excepción de Can Costa y Cal Pinxo, que se ubicaron en la Avenida Juan de Borbón, para sobrevivir, supuso que 115 trabajadores, entre dueños y empleados, se quedaron sin trabajo aquella mañana del 12 de abril de 1991.
La justificación administrativa para el derribo, como hemos dicho, era la aplicación de la Ley de costas, que declaraba que la arena era de dominio público marítimo-terrestre y, por tanto, no podía albergar construcciones permanentes. A esto debemos sumar la visión que el alcalde Pasqual Maragall tenía sobre la Nueva Barcelona. Maragall y los arquitectos del modelo olímpico consideraban que esos sitios era cutres, que formaban parte de un pasado y no encajaban con la proyección internacional que esa Barcelona.
Los propietarios no recibieron indemnizaciones por el cese de la actividad, ya que el Ayuntamiento y el Ministerio de Obras Públicas consideraron que las concesiones habían caducado y que los locales ocupaban ilegalmente el dominio público marítimo-terrestre.