Fotograma de la serie 'La catedral del mar', ambientada en la Barcelona medieval
Historias de Barcelona
¿De un santo o de un burdel? El callejón medieval de Barcelona con tres orígenes contrapuestos
La calle de la Flor suscita aún a día de hoy versiones muy diferentes sobre el origen de su nombre
Caminando por la calle Canuda de Barcelona, poco después de dejar la plaza Villa de Madrid, se esconde un pequeño tesoro urbanístico e histórico protegido por una verja de hierro que lleva por nombre calle de la Flor. Este estrecho vial, adornado con jardineras y que conserva el silencio que uno no encuentra entre el bullicio de la calle que nos conduce a él es testimonio de la Barcelona medieval. Aquí se mezclan fe, linaje y vida mundana, de la mano del folclorista Joan Amades.
La calle de la Flor es un atzucac, un callejón sin salida, que ha sobrevivido a las grandes reformas urbanísticas que trasformaron la Barcelona amurallada. Actualmente el acceso está restringido por una verja que los vecinos mantienen cerrada. Esta medida ha permitido que la calle sea un pequeño jardín comunitario. Las plantas que cuelgan de los balcones y las flores que adornan el pavimento contrastan con la piedra desnuda y gris de las calles adyacentes, creando una atmósfera que se detiene en el tiempo.
La calle de la Flor, en Barcelona
El verdadero valor de la calle de la Flor reside en su nombre, ya que hay al menos tres versiones de su origen. Joan Amades, en su libro Històries i llegendes de Barcelona, documentó dos de las versiones contrapuestas sobre este atzucac.
San José Oriol
La primera la titula La Flor de los Sacerdotes y tiene a san José Oriol como protagonista. Conocido como «doctor pan y agua», es uno de los santos más queridos de la tradición barcelonesa, vinculado con la Iglesia de Santa María del Pi.
De origen humilde, se doctoró en Teología y fue ordenado sacerdote. Destacó por una austeridad extrema. Se dice que durante décadas se alimentó únicamente de pan y agua, dedicando sus rentas eclesiásticas íntegramente a los pobres y enfermos. Su figura trascendió por su carisma como taumaturgo, atribuyéndosele numerosas curaciones milagrosas en vida, lo que hacía que las multitudes lo siguieran por las calles del barrio gótico.
Aunque intentó viajar como misionero a Roma para ir a tierras de infieles, cayó enfermo y regresó a su ciudad natal. El 23 de marzo de 1702, cuando estaba en su lecho de muerte, Tomás Milans, maestro de capilla del Palacio de la Condesa y familiar suyo, interpretó con cantores las Lletanies de la Mare de Déu compuestas por él y el Stabat Mater de Felipe Olivelles a los pies de su cama para acompañar el tránsito del santo. Lo beatificó el Papa Pío VII el 5 de septiembre de 1806 y canonizado por el Papa Pío X el 20 de mayo de 1909.
San José Oriol nació en la calle de la Mare de Déu del Pilar. Sus padres, Joan Oriol y Getrudis Buguñá, se trasladaron a esta calle de la Flor, donde el santo pasó su infancia y gran parte de su vida. El padre, de oficio terciopelero murió cuando tenía 18 meses.
La madre se casó con Domingo Pujolar, quien se encargó de su educación. Sus contemporáneos se referían a él como la flor de los sacerdotes o la flor de Barcelona, debido a sus virtudes espirituales y su carisma. Los ciudadanos, en un acto de devoción espontánea, bautizaron la calle como «de la Flor» en su honor.
Un burdel
La otra versión que ofrece Amades es menos espiritual. Cuando Barcelona estaba rodeada de murallas la calle Canuda era un vial muy transitado hacia las murallas. El nombre de la calle proviene de la familia Canuda propietaria de terrenos en aquella zona. La calle tenía entrada por la parte de las actuales Ramblas y terminaba en la calle Portal del Ángel, que daba acceso a otra puerta de la muralla.
Pues bien, debido al tránsito se cree que allí se instaló un burdel o casa de citas. Muchos de estos establecimientos barceloneses se identificaban con nombres de flores para indicar, de una manera sutil, pero clara para los iniciados, la naturaleza del negocio. ¿Por qué? Se utilizaba el concepto de recolectar o deshojar como eufemismo del acto sexual.
Lugares con nombres como L'Englantina (la rosa silvestre) o referencias a claveles solían ocultar burdeles o casas de citas. En la cultura popular de la época, a las prostitutas se las llamaba a veces flores de mayo, ramelleres, o cortesanas de la vida airada, intentando dar un barniz estético a una realidad a menudo muy dura.
La tercera versión
Existe una tercera versión, la de Montserrat Roca i Comas, vinculada al nombre de esta calle. Durante la época medieval y el Renacimiento, era costumbre bautizar las calles con el apellido de la familia principal que allí residía o que poseía la propiedad mayoritaria del terreno.
Hay registros de una familia de la Flor, un linaje de la pequeña nobleza barcelonesa, que tenía su casa alrededor de la casa. Eran ciudadanos honrados de Barcelona, que era una clase social que actuaba como puente entre la burguesía rica y la aristocracia de sangre. Con el paso de los años el apellido desapareció al entroncarse con otras familias, quedando solo el nombre como herencia de su existencia.