José García Álvarez contra Francisco PeiróRTVE

Historias de Barcelona

El gimnasio que fue un cine y una sala de fiestas e inauguró la edad de oro del boxeo en Barcelona

Durante cuatro décadas, el Gimnasio Iris nutrió de estrellas al panorama del boxeo nacional

La historia del boxeo en España durante el siglo XX tiene a Barcelona como su epicentro, al haberse consolidado entre 1940 y 1980 una estructura deportiva y técnica de primer nivel. La base de todo esto fue el Gimnasio Iris de la calle Valencia 177-179.

Inaugurado en 1911, funcionó como gimnasio, cine y sala de fiestas. Allí se programaron combates de boxeo, se eligió como uno de los escenarios para la celebración de la Olimpiada Popular, o en 1959 se celebró el Campeonato de España de gimnasia artística, en la que actuaron una selección de los mejores gimnastas españoles, en la que quedo campeón de España Joaquín Blume.

En este recinto no se buscaba simplemente la preparación física, sino la implementación de la denominada escuela catalana de boxeo, un estilo caracterizado por la esgrima de pierna, el dominio del jab de izquierda y una ortodoxia defensiva que priorizaba la inteligencia táctica sobre el intercambio de golpes descontrolado. Esta metodología permitió que Cataluña liderara el ranking de licencias y títulos, nutriendo de forma constante las carteleras del Gran Price, el recinto que sostenía económicamente el sistema mediante veladas semanales de asistencia masiva.

Durante la década de 1940, en un contexto de posguerra marcado por las restricciones, el Gimnasio Iris logró profesionalizar a atletas que alcanzaron dimensiones internacionales. El máximo exponente de este periodo fue Luis Romero, un peso gallo cuya técnica depurada le permitió conquistar el campeonato de Europa en 1949.

Romero fue el prototipo de boxeador formado en el Iris. Era un atleta de movimientos calculados que evitaba el castigo innecesario mediante el desplazamiento constante. Su éxito validó un modelo de entrenamiento que también produjo a pesos pesados como Benito Canal, quien, a pesar de la dificultad histórica de España para generar púgiles de envergadura, logró dominar el panorama nacional gracias a su preparación técnica. La relación entre el gimnasio y el éxito deportivo era directa. El Iris no solo proporcionaba el espacio, sino una red de entrenadores que funcionaban como analistas de combate.

Talentos foráneos

Al entrar en la década de 1950, el sistema se expandió mediante la integración de talentos foráneos que buscaban en la estructura barcelonesa la excelencia técnica que no encontraban en sus provincias de origen. El caso más paradigmático fue el de Fred Galiana, quien alcanzó el título europeo del peso pluma en 1955 tras someterse a la disciplina del Gimnasio Iris.

En este periodo, la competencia interna era tan elevada que el gimnasio funcionaba con turnos estrictos para dar cabida a profesionales y amateurs. Boxeadores como Francisco Peiró personificaron la elegancia técnica del peso pluma, mientras que otros como Domingo Caparrós Bascuñana «Bobby Ros» mantenían la competitividad en el peso ligero.

El Gimnasio Iris garantizaba que cualquier púgil que subiera al ring del Price tuviera una base sólida, lo que elevaba el nivel medio de las competiciones y atraía a promotores europeos interesados en los púgiles locales por su capacidad de resistencia y técnica depurada.

La década de 1960 supuso la consolidación de trayectorias longevas que solo eran posibles gracias a la prevención del castigo que propugnaba la escuela catalana de boxeo. Mimoun Ben Ali, afincado en Barcelona y formado en sus gimnasios, se convirtió en una figura hegemónica en Europa. Su capacidad para reconquistar el título europeo del peso gallo en 1963 y 1966 demostró la eficacia de un sistema de entrenamiento que enfatizaba la gestión de los tiempos y la dosificación del esfuerzo.

El boxeo catalán empezó a destacar en categorías superiores con Benito Echevarría en el peso medio, mientras que Manuel Garcia, el «Tigre de Nou Barris», aportaba un perfil más agresivo pero siempre bajo la supervisión de los preparadores físicos que operaban en el eje del Eixample barcelonés. La densidad de boxeadores de calidad por metro cuadrado en el Gimnasio Iris era tal que los guanteos internos eran a menudo más exigentes que los combates oficiales.

Cambio de ciclo

Hacia 1970, el boxeo comenzó a enfrentar un cambio de ciclo marcado por la modernización de los métodos de entrenamiento y la internacionalización definitiva de los rankings. José Hernández, en el peso superwelter, fue el encargado de abrir la década con un título europeo en 1970, mostrando una evolución física que combinaba la técnica tradicional del Gimnasio Iris con una potencia de pegada más acorde a los nuevos tiempos.

A pesar de que la estructura comercial empezaba a resentirse por la competencia de otros espectáculos y la presión urbanística que acabaría con el Gran Price, el flujo de campeones no se detuvo inmediatamente. Rodolfo Sánchez, en el peso superpluma, logró el entorchado continental en 1979, siendo uno de los últimos grandes productos de aquella metodología. Junto a él, nombres como Jerónimo Hernández y Antonio Guinaldo mantuvieron la competitividad en las listas europeas, aunque el cierre de los recintos históricos y la dispersión de los entrenadores veteranos marcaron el fin de una era de especialización.

El funcionamiento del Gimnasio Iris fue fundamental para entender por qué Cataluña dominó el boxeo español durante cuarenta años. No se trataba de una generación espontánea de atletas, sino de una infraestructura que trataba el boxeo como una ciencia aplicada.

Los entrenadores del Gimnasio Iris imponían una progresión lógica. Esto es, desde el dominio de la posición de guardia hasta la automatización de las combinaciones de golpeo. Este entorno de competitividad interna aseguraba que los boxeadores catalanes llegaran a los campeonatos de España y de Europa con una ventaja táctica sobre rivales que dependían exclusivamente de su pegada o su encaje. La desaparición de el Gimnasio Iris y el Gran Price, hacia finales de los setenta, supuso la pérdida de un conocimiento positivo sobre la formación de atletas de combate que difícilmente volvería a concentrarse en un solo punto geográfico con tal intensidad y éxito de resultados.