El sacerdote destinado al Cuartel del Bruc, en Barcelona
Entrevista
Pablo Roger, el 'pater' del Cuartel del Bruc: «Está permitido caer, pero es obligatorio levantarse»
Su experiencia pastoral abarca desde parroquias en Barcelona hasta misiones en México o su actual labor como capellán militar
El sacerdote Pablo Roger Codinach no pensaba escribir un libro. Pero una propuesta inesperada acabó convirtiéndose en Caer y levantarse, una obra construida a partir de doce historias reales de superación, fe y resiliencia. Desde su experiencia pastoral, que abarca desde parroquias en Barcelona hasta misiones en México o su actual labor como capellán militar, Roger reflexiona sobre la fragilidad humana y la capacidad de rehacerse.
¿Cómo nace Caer y levantarse?
Nace a raíz de una invitación. Nunca me había planteado escribir un libro, pero la editorial Editorial Palabra contactó conmigo y me lo propuso. Al principio les dije que no era escritor, pero insistieron y entendí que podía ser una buena oportunidad para compartir experiencias pastorales. Historias de superación, de lucha, de fe… Al final me animé y decidí recoger doce relatos reales que reflejan todo eso.
El título remite a la resiliencia. ¿Qué significa para usted «caer y levantarse»?
El título viene del primer capítulo. La frase original es: «Está permitido caer, pero es obligatorio levantarse». Todos caemos, es una realidad humana que compartimos. El problema no es la caída, sino no levantarse.
En el libro se ve cómo, ante distintas dificultades, lo decisivo es esa capacidad de levantarse. Y, para el creyente, ahí aparece Dios como ayuda. No es un libro teológico ni dogmático; es un libro muy humano, cercano, que incluso personas no creyentes me han dicho que les ha interesado.
¿Hay alguna historia de las doce que aparecen en el libro que le haya marcado especialmente?
Todas tienen algo, pero hay una muy especial: la de María. Es la única en la que mantengo el nombre real. Y no es casual. La conocí en una zona muy aislada de México, en condiciones de pobreza extrema. Vivía sola, su familia la había abandonado y sin recursos básicos. Cuando llegué, le pregunté casi por inercia: «¿Cómo te trata Dios?». Y en ese mismo instante pensé que había cometido un error enorme, una tontería al hacerle esa pregunta, teniendo en cuenta cómo vivía.
Pero su respuesta fue todo lo contrario a lo que yo esperaba: me miró, sonrió y me dijo: «Padre, demasiado bien. Lo tengo todo, no me falta nada».
Aquello me rompió por dentro. Me obligó a replantearme mis esquemas, mi manera de entender la vida y también la fe. Yo estaba interpretando su situación desde lo material, desde la carencia. Ella, en cambio, hablaba desde la plenitud interior.
Esa experiencia me enseñó que la verdadera riqueza no siempre tiene que ver con lo visible. Y que, muchas veces, quienes aparentemente lo tienen todo son los que más vacíos están, mientras que otros, en situaciones límite, tienen una fortaleza interior impresionante. María fue, sin duda, una de las grandes maestras de mi vida.
Su trayectoria pasa por Roma, México, Barcelona, donde ha sido vicario de la Sagrada Familia… y ahora el ámbito militar, en el cuartel del Bruc. ¿Qué hilo conductor une todas esas etapas?
El hilo conductor es Dios. El sacerdocio es el mismo, estés donde estés. Lo que cambian son las circunstancias. En mi caso, tras distintas etapas, descubrí la pastoral militar a través de un sacerdote que me fue introduciendo en ese mundo. Vi que podía ayudar mucho ahí y sentí que era mi lugar. Lo recé, lo medité y di el paso. Llevo tres años en el cuartel.
¿Qué significa ser sacerdote dentro del ejército?
Significa estar donde están las personas. Y en este caso, esas personas son militares y sus familias.
Mi trabajo es celebrar misa, confesar, preparar sacramentos… pero también algo muy importante: estar disponible. Hay quien viene a hablar, a desahogarse, a pedir consejo. A veces no buscan una respuesta religiosa, sino alguien que escuche sin juzgar.
Además, el entorno militar tiene particularidades: movilidad constante, destinos cambiantes, situaciones de riesgo o presión. Todo eso genera necesidades específicas. Y ahí el capellán tiene un papel de acompañamiento muy cercano.
Pater Pablo durante unas maniobras
¿Ese contexto marca su manera de ejercer?
Sí, porque te obliga a adaptarte. No es lo mismo una parroquia que un cuartel o una misión internacional. Por ejemplo, puedes estar en maniobras con ellos, compartir su día a día, incluso vestir el uniforme en determinadas situaciones. Eso genera una cercanía distinta. No eres alguien externo, formas parte del entorno. Y eso facilita que confíen, que se acerquen, que compartan preocupaciones que quizá en otro contexto no expresarían.
En una sociedad cada vez más secularizada, ¿qué papel cree que tiene hoy la fe? Si bien es cierto que hay un repunte entre los jóvenes
La dimensión espiritual es inseparable del ser humano. No se puede eliminar. De hecho, estamos viendo más bautizos de adultos que nunca. Hay una búsqueda. Dios siempre está presente, pero a veces vivimos tan distraídos que no lo percibimos.
No es un Dios que juzga, sino que acompaña: en la tristeza, en la alegría, en las dificultades. Un Dios que está constantemente ahí, aunque a veces no nos demos cuenta. La fe, al final, tiene que ver con eso: con encontrar sentido, con saber que no estás solo, con tener un apoyo cuando llegan las dificultades.