Ilustración de J.R.R. Tolkien y Antonio Gaudí

Ilustración de J.R.R. Tolkien y Antonio GaudíAsistido por IA

Católicos

Tolkien y Gaudí: el símbolo presente en la Sagrada Familia que fascinaba al autor de 'El señor de los anillos'

Ambos autores compartían una profunda devoción a la Virgen María que se plasmó en sus obras más famosas

A pesar de que fueron figuras contemporáneas, no hay constancia escrita de que J.R.R. Tolkien conociese la obra de Antonio Gaudí, que falleció cuando el autor inglés tenía 34 años y todavía no había publicado sus obras más conocidas: El hobbit vería la luz en 1937 y El señor de los anillos, en 1954. Sin embargo, entre ambos creadores hay una serie de afinidades innegables, como su profundo amor por la naturaleza o su no menos profunda fe cristiana.

Lo supo ver la Asociación Tolkien Católica de España (ATCE), que organizó hace un tiempo una conferencia destacando las conexiones entre ambos. La conexión Barcelona-Oxford, además, vuelve a ponerse de relieve en una semana en la que ambos autores han recibido la atención del Papa León XIV, que cita a Tolkien en su primera encíclica, Magnifica humanitas, y que bendecirá la Torre de Jesucristo de la Basílica de la Sagrada Familia dentro de unos días.

En este templo se encuentra, además, un símbolo que –sin saberlo– compartieron Tolkien y Gaudí: la estrella de 12 puntas que corona la Torre de María. Según explicó hace unos días el arquitecto director de las obras en un encuentro con la prensa, esta estructura simboliza la «estrella de la mañana», una advocación que los católicos dirigen a la Virgen.

La Torre de María de la Sagrada Familia, coronada por la estrella de 12 puntas

La Torre de María de la Sagrada Familia, coronada por la estrella de 12 puntasBasílica de la Sagrada Familia

Según explicaba en un artículo en el portal Ciudad Redonda el sacerdote claretiano Francisco Contreras, la invocación de María como «estrella de la mañana» –que es, además, una de las letanías lauretanas– es frecuente entre poetas y predicadores: «En medio de la noche –escribe–, o cuando se cierne sobre nosotros el peligro de una tormenta perfecta, el creyente eleva sus ojos y su corazón errante a María, como una estrella que brilla en cielo, y para que con su luz nos oriente y nos guíe hasta la orilla firme del alba, hasta la tierra segura de la patria».

Sam y la estrella vespertina

A los lectores de El señor de los anillos, esta imagen no les resultará extraña, ya que recuerda poderosamente a uno de los pasajes más celebrados de El retorno del rey. La acción se sitúa en el país de Mordor, casi al final de la aventura, y los dos hobbits –Frodo y Sam– están al límite de sus fuerzas:

«Luchando con su propio cansancio, Sam tomó la mano de Frodo; y así­ permaneció, en silencio, hasta que cayó la noche. Luego, para mantenerse despierto, se deslizó fuera del escondite y miró en torno. El lugar parecí­a poblado de crujidos y crepitaciones y ruidos furtivos, pero no se oí­an voces ni rumores de pasos. A lo lejos, sobre los Ephel Dúath en el oeste, el cielo nocturno era aún pálido y lí­vido. Allá, asomando entre las nubes por encima de un peñasco sombrí­o en lo alto de los montes, Sam vio de pronto una estrella blanca que titilaba.

Tanta belleza, contemplada desde aquella tierra desolada e inhóspita, le llegó al corazón, y la esperanza renació en él. Porque frí­o y ní­tido como una saeta lo traspasó el pensamiento de que la Sombra era al fin y al cabo una cosa pequeña y transitoria, y que habí­a algo que ella nunca alcanzarí­a: la luz, y una belleza muy alta. Más que una esperanza, la canción que habí­a improvisado en la Torre era un reto, pues en aquel momento pensaba en sí­ mismo. Ahora, por un momento, su propio destino, y aun el de su amo, lo tuvieron sin cuidado. Se escabulló otra vez entre las zarzas y se acostó junto a Frodo, y olvidando todos los temores se entregó a un sueño profundo y apacible»

(El señor de los anillos. El retorno del rey, pags. 225-226. Ed. Minotauro)

La imagen de la estrella como imagen de esperanza resulta profundamente mariana, y conecta con el simbolismo presente en la torre de la Sagrada Familia. Sin embargo, dado el rechazo que Tolkien sentía por la alegoría, hay que aportar algunos datos más para apuntalar la relación. Por ejemplo, ¿cuál es la estrella que Sam atisba en el cielo y que traspasa su pensamiento «como una saeta»?.

En el Apéndice A de El retorno del rey, hay una nota a pie de página que identifica esta estrella con Eärendil el Marinero, un héroe a quien según la mitología tolkieniana se le vetó el regreso a la tierra de los mortales y que desde entonces surca el cielo «como una estrella, y como signo de esperanza para los habitante de la Tierra Media oprimidos por el Gran Enemigo o sus servidores».

Dado que el firmamento de la Tierra Media es, en realidad, el nuestro –Tolkien no concebía su creación como un mundo aparte, sino como un pasado mítico–, este astro corresponde a Venus, el planeta más brillante después de la Luna. Un cuerpo celeste que solo es visible durante las horas cercanas a la puesta o salida del sol… motivo por el cual también se conoce como estrella de la mañana o estrella vespertina, cerrando el círculo.

Tolkien y la Virgen María

Para acabar de confirmar el vínculo que establece Tolkien entre María y la estrella, hay que destacar también que cuando era joven, en 1916, mientras recibía entrenamiento como soldado para ir a combatir en la I Guerra Mundial, el británico escribió un poema dedicado a la Virgen María. Se trata de una composición que lleva dos títulos distintos, en latín: Consolatrix Afflictorum, o «Consoladora de los afligidos»... y Stella Vespertina.

Todo ello habla del profundo amor por la Virgen María que profesaba Tolkien, quien llegó a escribir en una carta a su amigo sacerdote Robert Murray que sobre ella «se funda toda mi escasa percepción de la belleza, tanto en majestad como en simplicidad», y se recogen testimonios de madurez en los que Tolkien asegura que «la influencia más importante» de su vida: una devoción, volviendo al inicio, que el autor de El señor de los anillos compartía, también sin saberlo, con Antonio Gaudí.

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