El Gusano de los Urales, una de las atracciones más emblemáticas del parque

El Gusano de los Urales, una de las atracciones más emblemáticas del parque

Historias de Barcelona

El parque de atracciones que intentó replicar en Barcelona el éxito de Coney Island en Nueva York

La joya tecnológica y el principal reclamo del parque fue Los Urales, una montaña rusa monumental

La plaza de armas del parque de la Ciudadela en Barcelona hoy alberga un estanque ovalado y la réplica de la escultura Desconsuelo de Josep Llimona, una figura de mármol que dobla el espinazo en un gesto de abatimiento absoluto. Es un rincón diseñado con criterios del paisajismo francés para la contemplación. Lo que hoy es calma hace un siglo albergaba el Saturno Park, un parque de atracciones que funcionó de 1911 a 1921.

Inspirado en el Luna Park de Coney Island, el empresario Ramón Bargués solicitó la concesión municipal en el verano de 1910 para explotar los terrenos que habían quedado en desuso tras la Exposición Universal de 1888. La Ciudadela ya era el gran pulmón de la ciudad, un espacio conquistado por la ciudadanía tras el derribo de la odiada fortaleza borbónica. Instalar un negocio privado allí generó, desde el primer momento, una intensa polémica política y vecinal.

Las quejas por la privatización del espacio público y la destrucción de la incipiente masa forestal llenaron páginas y más páginas de la prensa de la época. A pesar del ruido, el Ayuntamiento cedió porque los intereses económicos prevalecieron y las obras avanzaron a marchas forzadas hasta su inauguración el 26 de mayo de 1911.

Su fisonomía combinaba la fantasía exótica con la ingeniería del hierro. Al cruzar las taquillas principales, los visitantes topaban con una gran estrella decorada con una representación del planeta Saturno, el emblema que daba nombre al recinto. El parque se organizaba en dos turnos diarios. El de tarde, enfocado a las familias y los niños, que iba de las tres a las ocho. El nocturno, de nueve de la noche a una de la madrugada, se transformaba bajo el influjo de miles de bombillas eléctricas, una tecnología que todavía causaba asombro y que otorgaba al lugar un aspecto casi sideral.

Los Urales

La joya tecnológica y el principal reclamo del parque fue Los Urales, una montaña rusa monumental cuyas vías se elevaban hasta treinta metros sobre el suelo. Los testimonios de la época la describían como la estructura de su tipo más alta y larga de toda Europa en aquel momento. Los vagones caían a gran velocidad por pendientes pronunciadas, ofreciendo a los pasajeros una mezcla de pánico y adrenalina nunca antes experimentada a esa escala en la región.

Quienes buscaban emociones algo menos extremas acudían al Gran Tobogán, una estructura de madera por la que la gente se deslizaba sobre esterillas, o al Witching Waves, una pista que simulaba el oleaje marino mediante planchas metálicas móviles.

El catálogo de entretenimiento incluía también la Escalera Diabólica, laberintos mecánicos, pabellones de tiro, una pista de patinaje sobre ruedas conocida como Skating Ring y atracciones puramente sensoriales como la Taberna de la Destrucción, donde el público pagaba por el placer de romper platos y objetos de loza contra las paredes.

La atracción Witching Waves

La atracción Witching Waves

El ruido de los engranajes y los frenos hidráulicos se mezclaba con la música en directo. La Banda del Regimiento Alcántara tocaba de forma habitual en un quiosco central, disputándose la atención acústica con los salones de espectáculos, los teatros de variedades y los cinematógrafos instalados en los antiguos pabellones que quedaban de la exposición de 1888. Saturno Park disponía de una amplia red de servicios que incluía cafés con terrazas cubiertas por columnatas, restaurantes, quioscos de prensa, puestos de dulces y un flujo constante de personal de limpieza y seguridad encargado de mantener el orden dentro del recinto.

El Saturno Park se convirtió en el punto de encuentro transversal de una Barcelona que crecía a golpes de migración y fábricas. En sus avenidas coincidían los obreros textiles que gastaban sus escasos jornales dominicales y los miembros de la burguesía que buscaban ver y ser vistos. El parque vendía modernidad en un formato accesible para todos los bolsillos. Un espejismo de progreso técnico puesto al servicio del entretenimiento más mundano.

El parque y el Ayuntamiento

La relación del parque con el Ayuntamiento de Barcelona nunca dejó de ser conflictiva. Las críticas por la degradación del entorno natural de la Ciudadela eran constantes. Los detractores acusaban a la empresa de descuidar la vegetación de la zona, llenando el espacio de maleza, arbustos secos y suciedad derivada de la gran afluencia de visitantes.

En noviembre de 1915 el pleno municipal ordenó un cambio en la delimitación y ubicación de algunas atracciones para intentar liberar parte de la plaza de armas, un proceso de reestructuración que se prolongó hasta el verano de 1916.

La decadencia del Saturno Park no llegó por un accidente o por quiebra, sino por el desgaste natural de su propia fórmula. Los parques de atracciones urbanos dependen de la novedad constante, y el público barcelonés, pasada la euforia de la primera década, comenzó a cansarse de los mismos giros en Los Urales. La competencia de otros centros de ocio de la ciudad, combinada con un cambio en los gustos sociales tras el fin de la Primera Guerra Mundial, fue vaciando las instalaciones de forma progresiva.

En 1921 el Saturno Park cerró sus puertas definitivamente. Las brigadas municipales y los operarios de la empresa desmontaron las toneladas de hierro de la montaña rusa, nivelaron los terrenos y borraron cualquier rastro de las pistas de patinaje y los toboganes. La ciudad había decidido recuperar la plaza de armas para integrarla en un gran proyecto paisajístico encargado al arquitecto francés Jean-Claude Nicolas Forestier.

El ruido de los motores fue sustituido por el diseño de parterres geométricos y la colocación del estanque ovalado. Del viejo esplendor mecánico solo se salvó, de manera temporal, el Ferrocarril Panorámico. Una pequeña atracción ferroviaria infantil instalada junto al lago de la Ciudadela que logró sobrevivir hasta mediados de la década de los años cincuenta.

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