Alrededores de Casa Valero, en una imagen de archivo
Historias de Barcelona
La Barcelona chabolista: un problema que condicionó Montjuic durante décadas y no se resolvió hasta los 60
La respuesta asistencial en la posguerra provenía de sectores eclesiásticos
La ubicación estratégica de la montaña de Montjuic, próxima al centro urbano de Barcelona pero aislada por su abrupto relieve, la convirtió desde el siglo XIX en un emplazamiento idóneo para el asentamiento sanitario. Durante la epidemia de fiebre amarilla de 1821 se levantó en la zona un campamento de aislamiento con millares de chabolas.
A partir de 1870 el incremento de la extracción de piedras en la cantera de la montaña fue la excusa perfecta para que los canteros erigieran cobertizos provisionales cerca de sus puestos de trabajo. A comienzos del siglo XX la vertiente norte se llenó de pequeñas fincas agrícolas cuyos arrendatarios levantaron casetas para guardar instrumentos de labranza y pasar allí los fines de semana alejados del bullicio de la ciudad.
Las obras de infraestructuras para la Exposición Internacional de 1929 atrajeron a una abundante mano de obra procedente del interior de Cataluña y otras regiones de España. Ante la escasez y el elevado coste del alquiler en la ciudad, muchos obreros optaron por construir sus viviendas en los alrededores del recinto.
Esto provocó una proliferación masiva de chabolas en la ladera norte, dando origen a núcleos poblacionales consolidados como Camí de la Cadena y La Magória en la zona de La Bordeta/Can Batlló, El Polvorín y La Animeta en la zona de La Marina de Port, y La Font de la Mamella en la zona alta del cementerio de Montjuic. Entre 1922 y 1928 el volumen de chabolas aumentó de algo más de un millar a cerca de 3.500.
Antes de inaugurarse la Exposición Internacional las autoridades municipales llevaron a cabo una intervención urbanística para erradicar la imagen del chabolismo. Se derivó parte de la población a las cuatro promociones de Casas Baratas promovidas por el Patronato de la Habitación. Estas eran el Grupo Ramón Albó en Horta; Grupo Milans del Bosch en Bon Pastor; Grupo Baró de Viver en Sant Andreu; y Grupo Eduard Aunós en la Zona Franca. Asimismo se erigió un muro perimetral de gran tamaño a lo largo del actual paseo de la Exposición para ocultar y segregar las chabolas que permanecían en las cotas más altas.
Tras la guerra
En la posguerra la nueva oleada de migración laboral reactivó el fenómeno en los asentamientos existentes. En 1929 el hostelero Valero Lecha abrió un merendero detrás el Estadio Olímpico. Can Valero terminó dando nombre al principal sector chabolista del norte de la montaña. Esta área, junto con Tres Pins, actual Vivero Municipal de Plantas de Tres Pins, quedó enmarcada entre el Castillo al sur, el muro divisorio al norte, el cementerio al oeste y el paseo de Miramar al este.
Durante las décadas de 1940 y 1950 la llegada de nuevos migrantes se articuló mediante transacciones informales e ilegales de parcelas y casetas pertenecientes a los antiguos agricultores. Ante la progresiva prohibición de nuevas construcciones y los controles policiales iniciados en los cincuenta, las viviendas debían levantarse de forma clandestina durante la noche, utilizando con frecuencia estructuras provisionales de madera como fachada para edificar con ladrillo de forma encubierta en el interior.
Casa Valero, en 1987
El sector carecía por completo de la inversión municipal en equipamientos básicos. En 1957 una población estimada en casi 30.000 personas, distribuida en más de 6.000 chabolas, compartía condiciones de extrema precariedad. No tenían agua corriente y solo había siete fuente públicas en toda la zona.
Ante esto, proliferó el comercio privado de garrafas desde pozos particulares. No habían contadores eléctricos salvo en los accesos principales. La red se sostenía mediante enganches ilegales comunitarios, lo que reducía drásticamente la potencia disponible. Existía una ausencia total de alcantarillado y recogida de basuras.
La población convivía con el vertedero municipal ubicado en las antiguas canteras en desuso. Se padecía un hacinamiento severo, con una superficie promedio de 25 m² por chabola, 5,5 m² por persona, y una media de 1,2 familias por inmueble.
A pesar de la falta de integración urbana y la estancia prolongada durante generaciones, alrededor del 75 % de la población masculina estaba integrada en el mercado laboral de la ciudad, en el sector de la construcción, la industria y el portuario, mientras que un 7,6 % de las mujeres trabajaba fuera del hogar en el comercio, servicio doméstico o industria.
Ayuda de la Iglesia
La respuesta asistencial provenía de sectores eclesiásticos. Durante los años 50, la orden carmelita promovió la construcción de una escuela y un dispensario médico. En la década siguiente las Teresianas ampliaron la infraestructura educativa en el sector de Las Banderas, en la vertiente sur de la montaña de Montjuïch.
Hacia finales de los sesenta la llegada de personal de asistencia social de Cáritas y la acción de catequistas impulsaron la concienciación comunitaria, dando paso a la creación de aulas nocturnas, un centro juvenil, el boletín informativo La Voz de la Montaña y la constitución de la Asociación de Padres de Familia La Esperanza.
Esta organización vecinal logró influir de forma determinante en la opinión pública y en el posterior proceso de reubicación. La asociación consiguió la asignación de un piso por unidad familiar en lugar de uno por chabola, se gestionaron ayudas para las entradas económicas de las viviendas y se impidió la especulación en el traspaso de casetas.
El proceso definitivo de desmantelamiento del chabolismo en la montaña se produjo tras las directivas fijadas durante la visita institucional de 1963 al Castillo de Montjuic, sumadas a los proyectos de revalorización de la zona, con la apertura del parque de atracciones y la instalación de los estudios de televisión.
Entre 1965 y 1972, la reubicación de la población se ejecutó a través de viviendas de protección oficial promovidas por la Obra Sindical del Hogar en Unidades Vecinales de Absorción, como Pomar, Cinco Rosas y Sant Cosme y La Mina. Tras la liquidación de los terrenos e indemnizaciones a las familias propietarias originarias el área fue clausurada. En Can Valero hoy encontramos el Jardín Botánico de Barcelona.