Embarcadero de TabarcaNueva Tabarca, vía Facebook

La isla habitada más pequeña de España, el rincón del Mediterráneo que parece salido de una película de Berlanga

Este diminuto paraíso de apenas 1.800 metros de largo por 400 de ancho concentra en su interior una atmósfera que recuerda a las escenas más reconocibles del universo del director de cine

Hay rincones en el Mediterráneo que parecen salidos de una película y Tabarca, la isla habitada más pequeña de España, es uno de ellos. Situada a tan solo 20 kilómetros de Alicante, este diminuto paraíso de apenas 1.800 metros de largo por 400 de ancho concentra en su interior una atmósfera que recuerda a las escenas más reconocibles del universo de Luis García Berlanga, maestro del cine español que supo retratar la sociedad con ironía, sátira y un peculiar costumbrismo. Aunque nunca rodó allí, cuesta no imaginar a sus personajes paseando por sus calles estrechas y plazas tranquilas.

Tabarca forma parte de un pequeño archipiélago junto a los islotes de Nao, La Galera y La Cantera. A lo largo del año mantiene una población reducida, en torno a 50 residentes, aunque en los meses de verano la cifra se dispara y puede llegar a acoger a 10.000 visitantes diarios. Esa dualidad entre la calma cotidiana y la invasión del turismo refuerza su aire berlanguiano, como si en cualquier momento pudiera estallar una escena coral con los vecinos y los forasteros compartiendo espacio en un mismo decorado. La isla, en definitiva, es un microcosmos donde lo pintoresco convive con lo cotidiano.

La isla de Tabarca presume de un buen número de galardones

Su trazado urbano es sencillo: dos calles principales, seis callejones y una plaza, rodeados de un puñado de restaurantes, pequeñas tiendas y alojamientos turísticos. No es difícil perderse entre casas encaladas y fachadas de vivos colores que contrastan con el azul intenso del mar que rodea todo el perímetro. La isla entera está declarada Conjunto Histórico Artístico y Bien de Interés Cultural, y sus aguas, además, gozan de la protección de Reserva Natural Marina, lo que ha permitido conservar una rica biodiversidad marina que atrae a buceadores y aficionados al snorkel. Tabarca, con su tamaño reducido y su vida marcada por el mar, conserva una autenticidad que la convierte en un escenario único.

La historia de Tabarca es, además, un relato fascinante. Durante siglos, los corsarios musulmanes utilizaron la isla como refugio y base de operaciones. Para acabar con estas incursiones, el rey Carlos III ordenó en 1760 fortificar la isla y repoblarla con familias procedentes de Génova, liberadas tras años de cautiverio en Túnez. Aquel proyecto dio lugar a las murallas de piedra que aún la rodean, aunque hoy en día apenas quedan restos de las almenas originales. Tres puertas siguen en pie: la de San Rafael, junto al puerto; la de San Gabriel, donde se han encontrado vestigios romanos y restos funerarios; y la de San Miguel. Cada una de ellas parece un acceso simbólico a una isla que respira historia.

Entre sus construcciones destaca la iglesia de San Pedro y San Pablo, levantada en 1779 con una marcada inspiración barroca. De aquella misma época se conserva también la Casa del Gobernador, actualmente convertida en hotel, lo que permite a los visitantes alojarse en un lugar cargado de memoria. Otros lugares emblemáticos son el Museo de Nueva Tabarca, las cuevas del Llop Marí, la Torre de San José del siglo XV o el faro del XIX, desde donde se puede contemplar una puesta de sol que parece diseñada para la gran pantalla.

El visitante que llega a Tabarca descubre también una relación muy especial con el mar. La isla cuenta con una única playa principal y varias calas a las que se accede en barca, como la de Birros i la Guàrdia. En estas aguas, consideradas unas de las más limpias del Mediterráneo, es fácil avistar peces, praderas de posidonia y formaciones rocosas que convierten el buceo en una experiencia inolvidable. No es casualidad que, en 1986, la isla se convirtiera en la primera Reserva Marina de España.

Además de su patrimonio natural e histórico, Tabarca ofrece al viajero una gastronomía ligada estrechamente a la tradición marinera. El plato más emblemático es el caldero tabarquino, un guiso de arroz y pescado que se sirve acompañado de alioli y que resume la esencia de la isla: sencilla, contundente y con sabor a mar. En los pequeños restaurantes que se reparten por sus calles, se pueden degustar también productos locales como salazones, mariscos y dulces típicos, completando una experiencia que va más allá de la simple visita turística.

Pasear por Tabarca es recorrer un escenario en el que la historia y el costumbrismo se entrelazan. En sus callejones estrechos y su plaza central, uno puede imaginar una de esas escenas corales de Berlanga, con vecinos discutiendo en voz alta, turistas despistados y niños correteando en un entorno donde lo anecdótico se convierte en protagonista. Esa mezcla de lo pintoresco, lo popular y lo absurdo encaja a la perfección con la mirada del cineasta valenciano, que hubiera encontrado en Tabarca un plató natural lleno de personajes e historias.

Quizá por ello, quienes desembarcan en la isla no solo encuentran un lugar de vacaciones, sino también un escenario donde la realidad parece convertirse en ficción. Una ficción muy española, muy mediterránea y profundamente berlanguiana, donde cada rincón invita a detenerse, observar y dejarse llevar por la sensación de que lo cotidiano puede ser, también, puro cine.