Imagen del municipio de Almudaina, en Alicante, donde se erige la torre
Un monumento islámico con más de ocho siglos de historia se erige en uno de los pueblos más diminutos de Alicante
La Comunidad Valenciana no solo vive de sol y playa. Más allá de la costa turística, el interior conserva un patrimonio histórico que testimonia siglos de convivencia y transformación, donde la huella medieval aún se aprecia en pueblos tranquilos que atesoran auténticas joyas arquitectónicas. Entre ellas destacan varias declaradas Bien de Interés Cultural, símbolos de un pasado menos visible pero cargado de historia y cultura. La Torre de Almudaina, en la comarca alicantina del Comtat, es uno de esos monumentos que conectan al visitante con los orígenes islámicos de la región.
El municipio de Almudaina, de apenas 118 habitantes, se eleva a casi 600 metros sobre el nivel del mar en un paisaje dominado por la sierra de Mariola y el Benicadell. Su nombre proviene del árabe al-Mudayyina, «la ciudadela», en alusión a la pequeña alquería que allí existía en época medieval. De aquella fortificación se conserva en pie la torre, construida en el primer tercio del siglo XIII durante el periodo almohade, que sirvió como atalaya defensiva y núcleo de la población.
El edificio, de planta cuadrada y muros de tapial, alcanza hoy 13,3 metros de altura, aunque en origen pudo superar los 15. Su silueta compacta, sobria y monumental, llevó a Gabriel Miró a describirla en su novela Las cerezas del cementerio como «cuadrada y ruda», una definición literaria que ha quedado vinculada a su carácter. Con el paso del tiempo, la torre perdió su función militar y fue usada como vivienda o almacén agrícola, hasta caer en un progresivo abandono.
Imagen de archivo de lo que se conserva de la Torre de Almudaina
Su recuperación se remonta a finales del siglo XX, cuando la Diputación de Alicante la adquirió en 1999 para frenar su deterioro. Entre 2006 y 2009 se desarrolló un ambicioso proyecto de restauración, acompañado de excavaciones arqueológicas, que permitió rescatar no solo la torre, sino también su entorno urbano inmediato. El resultado fue la creación de un museo de sitio, inaugurado en 2009, que ofrece al visitante un recorrido por más de ocho siglos de historia a través de los vestigios encontrados en sus muros y de un discurso museográfico que explica la evolución de Almudaina.
El espacio se organiza en varias plantas conectadas por una escalera interior, donde se pueden observar las distintas fases constructivas y las huellas dejadas por los usos sucesivos del edificio. Desde lo alto, las vistas abarcan los valles cercanos y recuerdan la función de vigilancia con la que fue concebida en la Edad Media. En torno a ella, se ha habilitado una plaza pública que refuerza su papel como centro cultural de la localidad.
El acceso a la torre está regulado mediante visitas guiadas que permiten comprender tanto su arquitectura como el proceso de recuperación. La entrada general cuesta 6 euros, con reducciones de 4,50 y gratuidad para menores de ocho años. El horario habitual es de martes a domingo por la mañana y los sábados también por la tarde, permaneciendo cerrada los lunes.
La historia de Almudaina no se limita a su torre. El municipio estuvo vinculado a la baronía de Planes y, tras la expulsión de los moriscos en 1609, quedó integrado en la rectoría de Catamarruc hasta independizarse junto a Benialfaquí en 1629. Su legado árabe sigue presente no solo en el topónimo, sino en la impronta cultural que hoy se exhibe con orgullo.
La Torre de Almudaina encarna esa mezcla de memoria y resistencia que caracteriza a muchos pueblos del interior valenciano. Pasó de fortificación islámica a vivienda, de ruina casi olvidada a símbolo recuperado. Hoy, como Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento, se ha convertido en emblema de identidad local y en atractivo para quienes buscan una experiencia histórica distinta, lejos de las rutas más concurridas del litoral mediterráneo.