Vista aérea de la isla de Tabarca en el mar Mediterráneo.
Así se vive en la isla habitada más pequeña de España: no está en Canarias ni en Baleares
Los cincuenta vecinos de este enclave mediterráneo residen en una Reserva Natural Marina
Apenas a unos kilómetros de la costa de Alicante, lejos de los grandes archipiélagos españoles, se encuentra la isla habitada más pequeña del país. Se trata de Tabarca, un diminuto enclave mediterráneo donde viven de forma permanente alrededor de cincuenta vecinos en pleno corazón de una Reserva Natural Marina, rodeados de aguas cristalinas, murallas históricas y un modo de vida marcado por la tranquilidad y el aislamiento.
Situada a unas once millas náuticas del litoral alicantino y a escasa distancia de Santa Pola, la isla constituye en realidad un pequeño archipiélago acompañado por los islotes de La Cantera, La Galera y la Nao. Su tamaño resulta sorprendente: apenas 1.800 metros de longitud, unos 400 metros de anchura máxima y una superficie cercana a las 30 hectáreas. Estas dimensiones permiten recorrer todo su perímetro en un paseo de unos cuatro kilómetros junto al mar, lo que refuerza la sensación de aislamiento y singularidad que caracteriza a este territorio.
Embarcadero de Tabarca
La población estable apenas supera el medio centenar de habitantes durante los meses de invierno, aunque la isla experimenta una transformación radical en verano, cuando miles de visitantes llegan cada día atraídos por sus playas, su patrimonio y la transparencia de sus aguas. En julio y agosto pueden desembarcar entre 3.000 y 5.000 personas diarias, lo que multiplica la actividad turística y económica, centrada principalmente en la hostelería, la pesca y los servicios vinculados al mar.
El origen de Tabarca está estrechamente ligado a su pasado estratégico en el Mediterráneo. Durante siglos fue refugio de piratas berberiscos procedentes del norte de África, lo que provocó numerosos ataques en la costa levantina. Para reforzar la defensa del territorio, el rey Carlos III ordenó en el siglo XVIII fortificar la isla y fundar en ella un asentamiento estable. Allí fueron instaladas decenas de familias de origen genovés que habían sido liberadas de su cautiverio en el norte de África, junto con un destacamento militar encargado de garantizar la seguridad del enclave. El proyecto dio lugar a un núcleo urbano amurallado que aún conserva buena parte de su trazado original.
El casco histórico, declarado conjunto histórico-artístico y Bien de Interés Cultural, mantiene la estructura urbana diseñada en aquella época. Todavía se conservan tramos de la muralla defensiva y tres de sus puertas monumentales de acceso, así como edificios emblemáticos como la iglesia parroquial de San Pedro y San Pablo, de estilo neoclásico y construida en el siglo XVIII. También destaca la Casa del Gobernador, inicialmente concebida como sede administrativa y posteriormente utilizada por el destacamento militar, además del Museo Nueva Tabarca, que explica la evolución histórica, natural y cultural del enclave.
Iglesia de San Pedro y San Pablo en la Isla de Tabarca.
El mayor valor de Tabarca, sin embargo, se encuentra en el entorno natural que la rodea. En 1986 fue declarada la primera Reserva Natural Marina de España, una figura de protección que preserva un ecosistema de extraordinaria riqueza. La transparencia de sus aguas, con una visibilidad que puede alcanzar decenas de metros de profundidad, permite el desarrollo de extensas praderas de posidonia oceánica, fundamentales para el equilibrio ecológico del Mediterráneo. Estas praderas conviven con fondos rocosos cubiertos de algas y albergan una gran diversidad de especies marinas.
La zona constituye también un importante espacio de reproducción para numerosas especies pelágicas, lo que ha convertido el snorkel y el buceo en algunas de las actividades más populares entre los visitantes. La protección ambiental y la escasa contaminación han permitido conservar un ecosistema prácticamente intacto, considerado uno de los más valiosos del litoral mediterráneo español.
La singularidad de la isla no reside solo en su patrimonio histórico o en su riqueza natural, sino también en su particular forma de vida. La comunidad local convive en un espacio reducido donde el mar condiciona el día a día, desde el abastecimiento hasta las comunicaciones con tierra firme, que dependen principalmente del transporte marítimo. La vida discurre entre calles tranquilas de casas encaladas, pequeños comercios y restaurantes especializados en gastronomía marinera, con un ambiente sereno que contrasta con la intensidad turística del verano.
Tabarca representa así una rareza geográfica y cultural dentro del panorama español. Lejos de la fama de destinos como Baleares o Canarias, este pequeño territorio frente a la costa alicantina conserva un equilibrio entre historia, naturaleza y tradición que lo convierte en uno de los enclaves más singulares del Mediterráneo, donde la vida transcurre en estrecha relación con el mar y el tiempo parece avanzar a un ritmo diferente.