Imagen de Castell de Cabres, el pueblo más pequeño de Castellón

Imagen de Castell de Cabres, el pueblo más pequeño de CastellónTurismo Comunidad Valenciana

El pueblo más pequeño de Castellón: 19 habitantes, sin bar y aislado en invierno

Este municipio del interior resiste con apenas una decena de habitantes reales, rodeado de naturaleza, historia y los retos de la despoblación

En el interior más abrupto de Castellón, entre montañas, pinares y carreteras que se estrechan a medida que avanzan, se encuentra el municipio más pequeño de toda la Comunidad Valenciana. Apenas 19 vecinos figuran en el padrón, aunque la realidad es aún más cruda: durante buena parte del año apenas viven allí ocho o nueve personas.

Se trata de Castell de Cabres, una pequeña localidad situada a más de 1.100 metros de altitud y muy próximo al límite con Teruel, que se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de la llamada España vaciada. Su población no ha dejado de caer desde principios del siglo XX, cuando llegó a superar los 400 habitantes. Hoy, sus calles (una decena), tienen más nombre que vecinos, y su futuro depende de una lucha constante por sobrevivir.

El aislamiento marca el día a día. No hay transporte público, ni servicios básicos cercanos, y cualquier gestión cotidiana obliga a desplazarse hasta municipios como Morella, a más de 20 kilómetros. En invierno, la nieve puede dejar incomunicado el pueblo durante días. Aquí, olvidar comprar pan no tiene solución inmediata: simplemente, no se come.

A esa falta de servicios se suma un símbolo especialmente significativo: el cierre del bar. El último establecimiento hostelero bajó la persiana tras la jubilación de su propietario, dejando al municipio sin su principal punto de encuentro social. Las administraciones buscan reabrir otro local, pero no resulta fácil encontrar a alguien dispuesto a gestionarlo en un lugar con tan pocos habitantes.

Pese a todo, quienes viven aquí lo hacen por convicción. La vida transcurre entre paseos por la montaña, recogida de setas en temporada y una relación directa con la naturaleza difícil de encontrar en otros lugares. El entorno forma parte del Parque Natural de la Tinença de Benifassà, con bosques de carrascas, barrancos, microrreservas de flora y una fauna rica en aves rapaces como el águila real o el buitre leonado.

Imagen de la fuente

Imagen de la Fuente de la Vila, patrimonio de Castell de CabresTurismo Comunidad Valenciana

La historia también pesa en cada rincón. De origen probablemente musulmán, el municipio fue conquistado por Alfonso II en el siglo XII y definitivamente incorporado a la Corona de Aragón por Jaime I en 1233. A lo largo de los siglos ha sufrido abandonos, guerras y repoblaciones fallidas, en un ciclo que parece repetirse hoy bajo una nueva forma: la despoblación.

Entre sus relatos más conocidos destaca la leyenda que explica su nombre. Ante la amenaza de un ataque, los vecinos idearon una estrategia insólita: colocar antorchas en los cuernos de las cabras y subirlas al castillo. Desde la distancia, el enemigo creyó enfrentarse a un gran ejército y se retiró. Una historia que todavía hoy forma parte del imaginario colectivo del municipio.

El patrimonio, aunque modesto, conserva elementos de interés como la Fuente de la Vila, durante siglos clave para el abastecimiento de agua, o la ermita de San Cristóbal, del siglo XVI, situada a varios kilómetros del núcleo urbano y con vistas privilegiadas del valle.

También la gastronomía mantiene viva la tradición, con platos como la olleta o el tombet, protagonista de las fiestas de San Lorenzo, cuando el pueblo se llena de visitantes y multiplica su población.

Pero más allá del atractivo turístico, la realidad es compleja. La falta de empleo, el envejecimiento de la población y la dificultad para acceder a servicios esenciales hacen muy difícil revertir la tendencia. Aún así, Castell de Cabres se resiste a desaparecer. Con casas rurales en funcionamiento, precios de vivienda muy bajos y un entorno natural privilegiado, mantiene abiertas algunas puertas a la esperanza.

Porque en este rincón del interior de Castellón, donde hay más calles que vecinos, quedarse no es casualidad: es una elección.

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