Imagen de Enrique Ramirez, director general de la empresa de construcción Pladur
«Cada año se abre más la brecha entre las viviendas que se necesitan y las que se construyen»
Enrique Ramírez, director general de la compañía Pladur, advierte de que la Comunidad Valenciana atraviesa un momento de fuerte dinamismo, pero señala la falta de suelo finalista, la burocracia, la escasez de mano de obra y la necesidad de rehabilitar el parque residencial como grandes retos del sector
La vivienda se ha convertido en uno de los grandes termómetros sociales de España. El acceso a una casa, ya sea en propiedad o en alquiler, ha dejado de ser un problema limitado a las grandes capitales para extenderse con fuerza por buena parte del país. La Comunidad Valenciana no es una excepción. El precio del alquiler alcanzó en abril un nuevo máximo histórico, con una media de 12,9 euros por metro cuadrado, un 8,1 % más que hace un año, según los últimos datos publicados por Idealista. En la ciudad de Valencia, la cifra se eleva hasta los 16,4 euros por metro cuadrado, lo que la sitúa como la capital más cara de la región para arrendar una vivienda.
En este contexto, Enrique Ramírez, director general de Pladur, analiza en conversación con El Debate el momento que atraviesa el sector de la construcción en la Comunidad Valenciana y el papel que pueden jugar la industrialización, la rehabilitación y los nuevos sistemas constructivos para responder a una demanda que no deja de crecer. Su diagnóstico parte de una idea clara: la región vive un buen momento desde el punto de vista de la actividad, pero ese dinamismo todavía no basta para cerrar la distancia entre las viviendas que hacen falta y las que realmente llegan al mercado.
«La Comunidad Valenciana tiene una dinámica muy sólida en el sector de la edificación», sostiene Ramírez. Como indicador, apunta al número de visados de vivienda, que funcionan como una fotografía anticipada de lo que ocurrirá en los próximos años, ya que entre el visado de un proyecto y su ejecución puede pasar más de un año. «El número de visados de vivienda en la Comunidad Valenciana ha crecido un 47 % en 2025 frente a 2024, mientras que España está creciendo en torno a un 8 o un 9 %», explica.
Ese avance, a su juicio, refleja la capacidad de reacción del territorio cuando el ciclo económico acompaña. Ramírez utiliza una imagen muy gráfica para explicarlo: la Comunidad Valenciana tiene «poca inercia». En los momentos malos, dice, se frena antes; pero cuando el viento sopla a favor, «enseguida acelera el motor». Por eso considera que la región se encuentra en una posición especialmente activa dentro del mapa nacional. «Está liderando el crecimiento del PIB, con un 3,2 % interanual, frente al 2,8 % de España. No hay ninguna comunidad con este dinamismo», señala.
Sin embargo, el buen dato de actividad no borra el problema de fondo. «Hemos estado estancados mucho tiempo y ahora hay un crecimiento potente», admite. En vivienda, la Comunidad Valenciana rondó el año pasado los 20.000 visados, una cifra relevante pero insuficiente para una presión residencial que se concentra, sobre todo, en la costa y en las grandes ciudades. «El crecimiento es desigual. Está centrado fundamentalmente en la costa y en las principales ciudades, Valencia y Alicante. Incluso Alicante está todavía por encima de Valencia en el número de viviendas que se van a hacer», apunta.
El problema, según Ramírez, no es solo valenciano, sino nacional. España crece en población, pero no está adaptando sus estructuras a ese ritmo. «No estamos adecuando las estructuras de nuestro país al crecimiento demográfico que está teniendo», advierte. Y ahí introduce uno de los datos que mejor resumen su diagnóstico: si España gana alrededor de medio millón de habitantes al año y la unidad media de convivencia es de 2,5 personas por vivienda, harían falta unas 200.000 viviendas anuales solo para absorber ese crecimiento demográfico, sin contar otras necesidades internas. «Y si se están iniciando en torno a 140.000, cada año que pasa tenemos una brecha mayor», afirma.
Esa brecha se traduce en precios más altos, menor accesibilidad y más dificultades para los jóvenes. Ramírez lo resume sin rodeos: «Es un problema de acceso a la vivienda». Y no lo limita a España. «La vivienda asequible es un problema europeo», añade. La diferencia, en su opinión, es que el mercado español arrastra años de parálisis y ahora necesita recuperar velocidad. «Se necesita rapidez, eficiencia y productividad. Al final, es hacer más cosas con menos recursos», defiende.
Imagen de Enrique Ramírez, director general de la empresa de construcción Pladur
En esa ecuación aparecen varios cuellos de botella. El primero, la mano de obra. «Un bloqueo es la mano de obra de calidad», reconoce. El segundo, la administración. «Otro problema son los tiempos de los permisos. Las administraciones toman unos tiempos exagerados», lamenta. Y el tercero, el suelo. «Estamos oyendo todos los días al promotor decir que no hay suelo finalista», subraya.
Ramírez insiste en que el problema no puede cargarse sobre un único agente de la cadena. «Los promotores quieren promover porque es su negocio; el constructor quiere construir lo que el promotor le pide porque es su negocio; los fabricantes de materiales queremos hacer más materiales; los distribuidores quieren distribuir más y mejor; y los instaladores quieren hacer más obra», expone. Por eso cree que el atasco no está en una falta de voluntad del sector, sino en una suma de obstáculos que ralentizan la puesta en marcha de proyectos. «Por los extremos está la mano de obra, que es un cuello de botella, pero por la administración hay otro cuello de botella», resume.
Frente a la idea de que la vivienda residencial haya perdido atractivo para constructoras y promotoras en favor de otros proyectos más rentables o con menos riesgo, Ramírez discrepa. «No ha perdido atractivo, en absoluto», afirma. Su argumento es sencillo: donde hay demanda, hay interés empresarial. Lo que ocurre, matiza, es que el sector de la construcción tiene una inercia muy pesada. «Es como una apisonadora. Tú la arrancas y hasta que empieza a coger velocidad tarda; y cuando la paras, sigue andando», compara. Esa lentitud hace que, desde fuera, pueda parecer que la vivienda no interesa, cuando en realidad el mercado tarda más en reaccionar de lo que exige la urgencia social.
La sociedad está concienciadísima. Hasta los políticos tienen hijos y ven los problemas que tienen sus hijosDirector General de Pladur
También reconoce que el sector se está moviendo en otros ámbitos. Hoteles, residencias de estudiantes, geriátricos y equipamientos vinculados al turismo o al envejecimiento de la población están ganando peso. «España tiene como industria más importante el turismo. Vienen millones de personas cada año y hacen falta instalaciones hoteleras de altura para que ese turismo no se vaya a otro sitio y sea cada vez de mayor calidad», explica. Pero, a su juicio, eso no significa que la vivienda haya quedado relegada. «La sociedad está concienciadísima. Hasta los políticos tienen hijos y ven los problemas que tienen sus hijos», apunta.
En este escenario, Pladur quiere situar la industrialización como una de las respuestas posibles. No como una solución mágica, insiste Ramírez, pero sí como una herramienta para ganar tiempo, eficiencia y calidad. La compañía, que lleva casi medio siglo en España, defiende sistemas constructivos más ligeros y rápidos que permitan reducir recursos sin perder prestaciones. «Llevamos casi 50 años industrializando la forma de construir. Industrializar es aportar soluciones constructivas más eficientes, más sencillas y con mejores prestaciones», explica.
Para Ramírez, hay dos palabras clave: «productividad e innovación». La construcción necesita producir más viviendas, rehabilitar mejor y hacerlo con menos mano de obra disponible. «Estamos cambiando la forma de construir con la idea de hacer más unidades con menos recursos, porque los recursos son muy escasos. La mano de obra cualificada es muy escasa», insiste.
En estos momentos tienes plazos muy largos y costes elevadísimos que la gente no puede pagarDirector General de Pladur
La industrialización, según explica, consiste en trasladar a la fábrica parte de lo que tradicionalmente se hacía en obra. Eso permite mejorar dos aspectos fundamentales: la productividad y la calidad. «En las fábricas, las máquinas son repetitivas. Si lo hacen bien, lo hacen siempre bien. En obra, en cambio, todo es mucho más manual», señala. Esa diferencia, afirma, permite acelerar plazos, ajustar costes y reducir errores. «La industrialización es una palanca para reducir plazos y costes. Y en estos momentos tienes plazos muy largos y costes elevadísimos que la gente no puede pagar. Hay que atacar esas dos palancas», defiende.
La compañía ha acudido a Valencia para presentar sus sistemas de fachada industrializada, un paso con el que Pladur sale del interior del edificio, donde ha trabajado durante décadas, para entrar también en soluciones de exterior. «Después de 45 años trabajando todos los interiores, Pladur sale al exterior y estamos presentando nuestros sistemas de fachada, también industrializados, para contribuir a todo lo que estamos hablando: rapidez, sencillez, industrialización, productividad y sostenibilidad», afirma. Aun así, Ramírez rebaja cualquier tentación de presentar a la empresa como solución única al problema. «No vamos a resolver el problema, pero sí aportamos nuestro granito de arena a todos los integrantes de la cadena de valor de la edificación», señala.
Una de las ideas que pone sobre la mesa es la de las extensiones verticales, una solución que ya se explora en algunas ciudades europeas y que consiste en añadir alturas a edificios existentes cuando la estructura lo permite. El planteamiento parte de un cambio técnico: los nuevos sistemas constructivos son más ligeros que los materiales tradicionales y, por tanto, pueden abrir opciones donde antes no las había. «Las estructuras que en España construimos son fundamentalmente de hormigón, muy pesadas, porque los materiales que hemos usado durante cientos de años también lo eran. Ahora los sistemas son mucho más ligeros, más sostenibles y con menos emisiones de CO2», explica.
Con esa ligereza, algunos edificios podrían crecer en altura sin necesidad de consumir nuevo suelo. «¿Resuelves de alguna manera el problema del suelo? No tienes que buscar más suelo», plantea. No obstante, advierte de que no todos los inmuebles son aptos. Influyen las ordenanzas municipales, la densidad de cada barrio, la estructura del edificio y el impacto urbano. «No todo edificio es potencialmente disponible para eso», reconoce. Pero considera que España, donde buena parte de la población vive en pisos, tiene una cultura urbana más favorable a este tipo de soluciones que otros países donde predomina la vivienda unifamiliar.
La otra gran pata del diagnóstico es la rehabilitación. Ramírez cree que España ha centrado demasiado el debate en la vivienda nueva y ha dejado en segundo plano un parque residencial envejecido, con malas calificaciones energéticas y muchas viviendas que no responden a las necesidades actuales. «La edificación no es solamente obra nueva. También es rehabilitación», recuerda. Y añade: «Tenemos un parque viejo de viviendas y con una calificación energética baja que hay que renovar».
El director general de Pladur vincula esta cuestión con la descarbonización. Según recuerda, buena parte del consumo energético se concentra en los edificios, tanto en invierno para calefacción como en verano para refrigeración. «Para bajar ese consumo y reducir emisiones hay que empezar a rehabilitar un parque que tiene unas calificaciones energéticas no malas, malísimas», afirma. En su opinión, renovar viviendas no solo permitiría mejorar la eficiencia energética, sino también poner en el mercado casas más dignas y adaptadas a una demanda que hoy se encuentra con precios altos y productos de baja calidad.
Ahí el discurso técnico se vuelve también social. Ramírez admite que muchos jóvenes se enfrentan a un mercado en el que los alquileres son caros y, en demasiadas ocasiones, las viviendas que se ofrecen no cumplen unas condiciones razonables. «Lo que se está poniendo en el mercado son cosas que no son dignas», sostiene. «No estamos hablando de pedir pisos de 100 metros cuadrados, sino una vivienda digna. Las personas necesitamos un espacio vital», añade.
No hay una solución sencillaDirector General de Pladur
Por eso rechaza que exista una única receta. Ni basta con pedir más suelo, ni con exigir a la administración que agilice trámites, ni con confiarlo todo a la obra nueva, ni con pensar que la industrialización resolverá por sí sola el problema. «No hay una solución tan sencilla», advierte. A su juicio, el reto exige combinar varias líneas de actuación: más vivienda nueva, rehabilitación del parque existente, mejor aprovechamiento del suelo disponible, menos burocracia, más formación para atraer mano de obra cualificada y sistemas constructivos capaces de acortar plazos.
«Necesitamos varias líneas de actuación: que salga vivienda nueva, rehabilitar edificios existentes y aprovechar mejor el suelo disponible», resume. Y añade una última clave: «Para mí, es fundamental reducir los tiempos de ejecución y facilitar todos los procesos para que los proyectos puedan ponerse en marcha cuanto antes».
En un momento en el que la Generalitat ha situado el acceso a la vivienda entre sus prioridades, con medidas como el Plan Vive, los avales del Instituto Valenciano de Finanzas para jóvenes, la rebaja del ITP para menores de 35 años o los Proyectos Habitacionales Locales para movilizar suelo público, el sector privado reclama también velocidad. La Comunidad Valenciana construye más, sí, pero el mercado sigue tensionado, el alquiler marca máximos y la demanda continúa presionando.
Ramírez lo resume con una advertencia que atraviesa toda la entrevista: el problema no es solo construir, sino hacerlo a tiempo. Porque cada año que se retrasa la respuesta, la brecha se agranda. Y cuando la oferta no llega, el precio sube, la emancipación se aleja y la vivienda deja de ser un proyecto de vida para convertirse en una carrera de obstáculos.