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Pablo Iglesias susurra a Compromís

Aquellos que son los culpables de nuestras maldiciones prometen ser nuestros curanderos

Petyr Baelish dijo en Juego de Tronos que el caos no es un pozo, sino una escalera. Esa serie le encanta a Pablo Iglesias, quien suele decir que es el mejor tratado sobre política. La trama trepidante, inspirada en las novelas de George R. R. Martin, es una sucesiva muestra de enrevesadas traiciones y jugadas. Mientras unos personajes se caen al precipicio cuando la inestabilidad acecha, otros levantan un puente hacia el Trono de Hierro. Un asiento forjado por las vanidades de las espadas de los adversarios del Reino.

Contemplando las escenas y el desarrollo de la historia se te quita todo remordimiento ante la propia ambición. El que aspire a llegar al poder no debe tener escrúpulos. Cuando los cautos esperan a que se apaguen las llamas de la hoguera, los arribistas avivan el fuego con el ácido de su propia bilis. Lo saben bien Iglesias y su séquito. Decían hace unos días en una tertulia televisiva que el exlíder de Podemos era de los mejores políticos del siglo reciente. No se equivocaban. Al menos si entendemos la política no como el arte de lo posible, sino como la ingeniería del artificio. En eso, no hay dudas de que es el mejor. Tener poder no es lo mismo que influir. Si quieres mandar, como tan bien refleja Tom Wolfe en su novela La hoguera de las vanidades, tienes que hacerte con el control de aquello que quieres dirigir. Pablo Iglesias sigue influyendo en los partidos a la izquierda del PSOE. Se ha erigido como una especie de vaca sagrada de cuyos senos sigue mamando la progresía nacional y periférica.

No sólo de Podemos, sino de todos aquellos organismos vivos que habitan en la izquierda del sistema político. Empezando por Sumar y pasando por los regionalismos desde el río Guadalquivir al Turia. Se erigen así todos estos proyectos plurinacionales como afluentes de las cascadas de las que cada vez cae menos agua. Mientras Podemos y Sumar cierran sus sedes, aparecen nuevas siglas o sucedáneos de estas con sucursal en los últimos pueblos de la España desconocida. Lo apuestan todo a tejer una red que se hilvane desde las regiones y que lo envuelva todo hasta la capital. Por eso Gabriel Rufián quiere convertirse en el celestino de esos acuerdos de sangre.

Todos estos proyectos alternativos quieren aprovechar el caos para construir una escalera cuyos cimientos serán las ruinas del sistema. Compromís está subiendo como la espuma porque se siente a gusto nadando en el mar revuelto, presentándose como una balsa en la que, si nos subimos, nos salvaremos todos (espero que no nos lleven a Palestina en una expedición con una flotilla). Joan Baldoví está encantado de que los profesores estén de huelga; él lleva sin dar clase treinta años. Una protesta que, por cierto, los profesores también tendrán algo que reprochar al nacionalista Vicent Marzà cuando fue titular de Educación durante ocho años. Digo yo que algo de culpa tendrá de la situación de los docentes. Enarbolan la bandera outsider los mismos que han provocado parte de la crisis.

Imagen de archivo de Pablo Iglesias

Imagen de archivo de Pablo IglesiasEP

En Madrid ocurre algo parecido con el curioso caso de un Más Madrid que está viendo en las protestas de la sanidad una oportunidad para medrar. El otro día, Manuela Bergerot, diputada de este partido en la Asamblea de Madrid, dijo en un programa de televisión que su colega Mónica García, ministra de Sanidad, había sido la artífice de que hubiera una sanidad universal en España. Es mentira; fue la ministra socialista Carmen Montón en el año 2018. La «médico y madre» lo único que ha hecho es generar el caos en la sanidad y desesperar a un gremio al que ella también pertenece.

Aquellos que son los culpables de nuestras maldiciones prometen ser nuestros curanderos. Si hay algún médico en la sala, por favor, que no sea como estos.

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