Cerdos volando
Es evidente que, para los políticos, el cambio climático sirve tanto para un roto como para un descosido: barrer para casa y deshumanizar al adversario
—Tonya, mira: los Urales.
No. Es el Moncayo.
En mi familia paterna, esta frase se repite en dos circunstancias: cuando vemos Doctor Zhivago y cuando recorremos los pinares de Navaleno, en Soria. Allí, hace más de setenta años, mi abuelo compró una casa con terreno para pasar los veranos junto a sus nueve hijos y, más tarde, con sus nietos y bisnietos.
El pinar de Navaleno forma parte de la gran masa forestal conocida como Pinar Grande, una de las más extensas y emblemáticas de España. Algunos de sus árboles resultan bastante sencillos de trepar. Por eso, entre los olores que conservo de mi infancia ocupa un lugar especial el de la resina, que se me adhería a la ropa y a la piel después de pasar horas encaramándome a los pinos.
Por motivos políticos obvios, Doctor Zhivago no pudo rodarse en sus localizaciones originales. España sustituyó a Rusia y el Pinar Grande de mi niñez sirvió de escenario para algunas escenas ferroviarias del viaje de Yuri y su familia.
Los pinos del Alto Palancia, de donde procedía mi abuelo materno, no se prestaban, por desgracia, a la escalada. Pero no faltaban alternativas: quedaban los bancales de dos metros y los tractores a los que subir en marcha sin que el dueño lo advirtiera. Las diferencias, por desgracia, no terminan ahí. Desde niña temí que ardieran los montes que rodeaban nuestro pueblo. No era un temor infundado: en la zona había cerros desnudos arrasados por incendios anteriores.
Hace unos años sucedió lo que tanto había temido: un incendio devastador arrasó 19.000 hectáreas en los alrededores de Bejís. La catástrofe no fue inevitable. A su magnitud contribuyeron tanto cierto ecologismo concebido desde urbanitas más de asfalto que El corte inglés como una burocracia desmesurada, lenta e ineficaz a la hora de conceder los permisos necesarios para mantener limpio el monte. En otros tiempos, los usos ganaderos, agrícolas y forestales mantenían los montes despejados. La despoblación rural y las estúpidas normas de pseudo protección ambiental favorecen la acumulación de matorral y ramas secas. Este abandono convierte así la vegetación en combustible para el fuego.
¿He temido o temo que desaparezca el otro escenario de mi infancia? En absoluto. Durante siglos, los pinares de Soria y Burgos se han regido por un sistema comunal conocido como la Suerte de Pinos. Mediante sorteo, los vecinos con arraigo obtenían el derecho a aprovechar una parte del monte y asumían, a cambio, el deber de cuidarla. El sistema hacía coincidir el interés particular con el bien común: el monte proporcionaba un beneficio, pero exigía atención y trabajo. Así se ha mantenido limpio y sano.
Habría que preguntar a quienes cada año repiten, de forma machacona, que los incendios son fruto del cambio climático por qué el clima no produce los mismos efectos en estos lugares. Corrijo: habría que preguntarles antes qué relación guardan con el mundo rural. Si han vivido en él. Si son ingenieros de montes o guardas forestales. Sospecho que, hecha esta criba, no quedaría ninguno.
En todo caso, convendría plantear dos cuestiones más. ¿Actuar sobre el clima es la única solución? Si la respuesta es afirmativa, además de señalarles su total desconocimiento del mundo rural, habría que preguntarles cómo pretenden que las medidas adoptadas por Europa tengan un impacto significativo, cuando la región genera el 6 % de las emisiones de CO₂, frente al 32 % de China, el 12 % de Estados Unidos y el 8 % de la India.
Es evidente que, para los políticos, el cambio climático sirve tanto para un roto como para un descosido: barrer para casa y deshumanizar al adversario. Pero ¿qué sucede en la cabeza de los ciudadanos corrientes que se aferran a la turra climática como a un clavo ardiendo? Las reacciones conspiranoicas de muchos aficionados argentinos tras la final del mundial nos dan la clave: puedes tener ante los ojos la realidad más evidente que, si esta amenaza con desmontar tu mundo, verás antes un cerdo volando que la verdad más obvia.