El aire acondicionado y el fascismo
Me pregunto en qué momento las causas abstractas se volvieron prioritarias, relegando al prójimo de carne y hueso al olvido
«¡Los andaluces son unos psicópatas!» Con esta frase se inaugura en mi casa la (siempre exigua) temporada de buen tiempo. La proclama cada año mi hijo, navarro de doce años, desde que descubrió hace cuatro la horquilla de temperaturas con la que se maneja la gente del sur.
Su madre, valenciana, sostiene que el verdadero psicopatilla es él: aunque las calles estén nevadas, se niega en redondo a que le compremos pantalones largos para el colegio. Es inmune al frío. En cuanto aparece un día soleado de 20ºC, empiezan los lamentos y las alusiones a la salud mental de gente de otras latitudes.
La tolerancia al frío y al calor tiene una gran variabilidad entre personas, pero, a partir de determinados contextos, la gente puede fallecer tanto por uno como por otro. Da la impresión de que lo primero es más obvio, aunque, en función de quién gobierne, se aparque más o menos el tema. ¿Hace cuánto que no oyen hablar de «pobreza energética» cuando bajan las temperaturas? Habremos de esperar a un gobierno de derechas para recuperar la tradición.
En el caso de los estragos causados por las olas de calor, no se suele plantear la cuestión como algo social y económico. A lo sumo, se utiliza como forma de recordarnos el cambio climático. Por lo visto, nos indignan mucho más las muertes por bajas temperaturas que las que causan las elevadas. ¿Se interpretarán estas últimas como un castigo de la diosa Gea, una especie de karma secular?
En Francia, el debate adquiere unos niveles surrealistas. Nada nuevo bajo el sol, por otro lado, aún andamos sin saber definir qué es una mujer. Por lo visto, la inclinación natural del galo medio es a pensar que el uso de aire acondicionado es fascista. Existe un rechazo natural francés al concepto de refrigeración doméstica que tiene que ver con una tradición de ahorro. Pero, cuando se debate sobre el asunto mediática y políticamente, el coste económico no entra en escena. Lo importante es que el aire acondicionado contamina. Y usar algo que contamina, aunque sea por motivos de salud, es fascista. Es fascista hasta un extremo en el que no importa que hablemos de la necesidad de que una planta de oncología o de maternidad infantil no esté a 40º o de que miles de enfermos y ancianos mueren a causa de este problema cada año.
Resulta fascinante. No se puede usar el aire acondicionado porque no hay suficiente electricidad ecológica para alimentar los aparatos, debido a que las turbinas y paneles eléctricos no funcionan bien en verano. Para poder enfriar las casas tendría que usarse gas -como, por cierto, hacemos en invierno, sin que nadie diga nada- pero queremos volar las nucleares y las centrales eléctricas de gas, carbón y petróleo. Y, a pesar de todos estos esfuerzos y sacrificios, sigue haciendo mucho calor en verano y mucho frío en invierno. Quizá habría que plantearse que existen países como China, India o EE.UU., entre otros.
Me pregunto en qué momento las causas abstractas se volvieron prioritarias, relegando al prójimo de carne y hueso al olvido. No ha sido un patrón inherente a la izquierda; más bien al contrario. Durante décadas, el obrero y el campesino concreto fueron —al menos de forma oficial— el centro de su reivindicación. Hoy, en cambio, el pobre con nombre y apellidos apenas importa, a no ser que pertenezca a otra raza o a algún «colectivo» protegido. Aún peor, se le desprecia y se etiqueta como «facha pobre» a quien decide votar al partido que le promete no asfixiar a impuestos y así poder sacar adelante su bar, su taller o su pequeña empresa.
Y, sin embargo, la izquierda insiste en el aspecto moral –de superioridad moral, se entiende– a la hora de venderse. Tenemos, por un lado, a Pedro Sánchez reivindicando su puesto porque el PSOE es quien trae «derechos, justicia social y progreso». Por otro, socios del gobierno justificando el no apoyar una moción de censura porque, por así decirlo, no pueden permitir que llegue la «extrema derecha». Hace unos días, Esther Palomera declaraba en el Festival de las Ideas y de la Cultura que «en esta vida es mucho más fácil ser de derechas que de izquierdas. Los de derechas no se preocupan del prójimo ni de lo que tienen en frente».
Quizá deberían haberlo llamado el «Festival de las ideas que yo decido que son buenas y de lo que yo entiendo que es cultura». Eso sí, explorando algunos conceptos nuevos, como la idea de que ser «progresista» nunca fue más sencillo: defender causas que no alteran en nada mi día a día, desde la comodidad de mi salón con aire acondicionado.