¿A quién nos cargamos?
La ética en general, y la ética aplicada, no resultan un área sencilla, lo cual está lejos de validar el relativismo moral. Sólo implica el reconocimiento de que la moral no es un conjunto de normas que aplicar en bloque, sino un aprender constante a discernir con prudencia cada situación
A raíz de la encíclica Magnifica Humanitas ha resurgido con más fuerza la reflexión sobre la necesidad y alcance de la doctrina de los derechos humanos. Resultó conmovedor y gratificante, además de histórico, recordar el origen cristiano y español de dicha doctrina por la boca de León XIV, en un sitio como el Congreso de los Diputados.
Magnifica Humanitas nos habla de dos horizontes que, en ocasiones, resultan difíciles de combinar cuando se llevan a la práctica, en especial en escenarios complejos: el bien común y los derechos individuales. Sobre el papel no son conceptos opuestos, sino complementarios: no se puede dar el uno sin el otro. En la práctica, la cosa se pone más compleja. La ética en general, y la ética aplicada, no resultan un área sencilla, lo cual está lejos de validar el relativismo moral. Sólo implica el reconocimiento de que la moral no es un conjunto de normas que aplicar en bloque, sino un aprender constante a discernir con prudencia cada situación. Quien ha tenido más de un hijo lo sabe: ante idéntico escenario, uno puede requerir un poco de corrección y el otro mucho apoyo y cariño. El hijo que va confiadísimo al examen y rinde peor por no haber estudiado más, frente al que va aterrado y después saca un 9’5.
Llevado a un escenario político real, tenemos El Salvador de Bukele. En 2015, era considerado uno de los países más peligrosos del mundo, con un nivel de violencia cercano al de una guerra. El Estado existía en muchas zonas sólo en apariencia; en la práctica estaba dominado por las Maras. En marzo de 2022 se declara el estado de excepción: detenciones masivas de presuntos pandilleros o colaboradores, ampliación de los poderes policiales, debilitamiento de garantías procesales, posibilidad de detener con mucha menos exigencia probatoria, endurecimiento penitenciario extremo y macroencarcelamiento como instrumento central de seguridad. El Salvador pasó de símbolo continental de homicidio a exhibir tasas oficialmente bajísimas.
Entre atentar contra la dignidad de un presunto delincuente y proteger a quienes objetivamente no lo eran, se eligió lo primero sin cortapisas. ¿Es cuestionable? Sobre el papel sí; quizá con más medios económicos que facilitaran más inversión en funcionariado no corruptible (policías, miembros de la judicatura, etc.). En la práctica, uno se acuerda de Sodoma y Gomorra o de la plaga que se llevó por delante a los primogénitos en Egipto en época de Moisés. Sí, es el Antiguo Testamento. Pero, sin ser una experta, tampoco el Evangelio ilumina mucho en ese aspecto. O no de forma definitiva. Y por eso es importante no sólo la Palabra de Dios, sino toda la tradición patrística, escolástica y magisterial.
Estamos ahora inmersos en los casos más evidentes de corrupción del PSOE y se nos escapa algo todavía más escalofriante: la penetración progresiva del narcotráfico en España. Estoy bastante segura de que investigaciones judiciales venideras –si no se las entorpece– nos mostrarán un vínculo entre un fenómeno y otro. Pero no es el tema ahora. Vayamos al escenario actual. El Mundo ha entrevistado recientemente a Xavier Torrens, experto en seguridad. Torrens explica que estamos ya en la fase uno, la de focalización: el país ya es productor y distribuidor de droga. La discusión entre expertos ya no es cómo revertir este primer escenario, sino si todavía estamos a tiempo de evitar el segundo (donde el narcotráfico corrompe políticos, policía, jueces y fiscales) y el tercero (las grandes mafias han penetrado ya en el núcleo del Estado, es entonces cuando se habla de Estado fallido o narcoestado).
Si, como muchos nos tememos, resulta que estamos ya en la fase dos, ¿cómo toca actuar? El primer problema al que nos enfrentamos no es de tipo ético (¿a quién sacrificar, al ciudadano de a pie o al posible delincuente?) sino procedimental. Los Padres de la Constitución la redactaron, entre otras cosas, con unas salvaguardas que presuponían cierta altura moral a los políticos o, al menos, miedo al escándalo. Y, en cierto sentido, es normal y hasta deseable que así fuera. Es más deseable una sociedad sana, en la que el buen comportamiento se presupone y no hacen falta muchas normas, a una en la que se considera al ciudadano como a un salvaje o un oligofrénico; es entonces cuando se le pone un hilito al tapón de las botellas de plástico, entre otras cosas.
Volviendo a Magnifica Humanitas, lo que está en juego es la vieja disyuntiva agustiniana entre la Ciudad de Dios y la ciudad terrena. De ahí el famoso proverbio de San Agustín, Dilige et quod vis fac («ama y haz lo que quieras») que no significa «haz lo que te dé la gana sobre la excusa de lo que malinterpretas como amor» sino que, cuando el amor está ordenado (a Dios) la ley se cumple desde el interior de cada uno.
Si llega a caer este gobierno, no sólo en las urnas, sino también ante la ley, el nuevo habitante de la Moncloa tendrá que ser bien consciente de esta situación, y su relación con la inmigración ilegal. Deberá asumirla sin miedo al qué dirán (cosa harto difícil cuando los políticos viven literalmente de esto), saber comunicarlo con claridad y discernir qué medidas drásticas tomar para revertir esta situación. Algo me dice que, por desgracia, esto no va a ocurrir en el corto y medio plazo. Espero estar equivocada.