Custodiar la propia identidad
La repetición de la palabra, y el hecho de que vaya a visitar Canarias, hace sospechar que el tema de la «migración» está dentro de las preocupaciones fundamentales del papado. Es una localización curiosa, pues es donde ya ha tenido lugar lo inevitable: los emigrantes han logrado cruzar el mar y han pisado tierra
Viene el Papa a España y el momento no ha podido ser más adecuado, tan cercano a la publicación de Magnifica humanitas. La encíclica aborda gran variedad de temas, espero que esta visita a España sirva de ocasión para aclarar o desarrollar alguno de ellos. Personalmente, me gustaría que uno fuera la reinterpretación del principio de subsidiariedad, uno de los pilares fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia.
Hay una palabra que se menciona con bastante frecuencia en el texto: migrantes. Ignoro por qué la Iglesia se ha sumado a la moda de retirar los prefijos, cuando marcan una diferencia fundamental. Cuando Emigré a Inglaterra en España se lloró mi marcha. Sin embargo, y como Inmigrante allí, algunos me trataban como si fuera corta de entendederas por hablar con acento. Una matrona inglesa se empeñó en decirme –por teléfono– que debía pasarme por el centro de salud cuanto antes pues la fecha de mi parto era inminente. De nada le sirvió insistirle en que ya tenía a la criatura en mis brazos: hasta que no me planté allí con ella no dijo: «ah, pues es cierto, ya has dado a luz». ¿Ven? Inmigrante. El prefijo importa.
La repetición de la palabra y el hecho de que vaya a visitar Canarias hacen sospechar que el tema de la «migración» está dentro de las preocupaciones fundamentales del papado. Es una localización curiosa, pues es donde ya ha tenido lugar lo inevitable: los emigrantes han logrado cruzar el mar y han pisado tierra. Es un contexto un poco extraño para hablar de aspectos espinosos, pero necesarios, de la inmigración masiva. Por ejemplo, sobre cumplir la ley. Sobre las mafias del tráfico de personas. De la obviedad de que no cabe África en España, menos aun cuando los recién llegados es población de baja cualificación, condenados a vivir en la indigencia o por sueldos míseros.
León XIV advierte de lo que ocurriría si la IA copara la mayor parte del trabajo: «una sociedad que garantizara trabajo sólo a una pequeña parte de la población expondría a muchos a una situación de inactividad forzada, de ausencia de responsabilidades, de falta de compromiso y de estímulos cotidianos, con consecuencias de empobrecimiento humano y cultural en contraste con el elevado nivel de desarrollo técnico.» ¿No es ése el destino que le espera a muchos de los que llegan? Del empobrecimiento humano y cultural se deriva también el cívico, como pudimos observar hace unos días en París. Con la salvedad de que Francia –y también España– ha destinado y destina gran cantidad de presupuesto a la atención social y económica de estos colectivos.
La caridad no puede opacar nunca la verdad, y situaciones como las de París evidencian que el modelo hace aguas por todos lados. La violencia del sábado pasado fue espectacular, una manifestación de fuerza, acorde con las «pequeñas» violencias con las que nos levantamos todos los días. «Han acuchillado en, han violado a, tiroteo en». Nos hemos acostumbrado a ello como al café en el desayuno, pero obviamos el tema, pasamos de puntillas por encima. La caridad sin verdad cojea, nos lo recuerda el propio León XIV en la encíclica recuperando palabras de Ratzinger: «Benedicto XVI sitúa la caridad [como] la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia», siempre que vaya unida a la verdad». Coincido con ambos: toda actitud que no se atreva a mirar a la verdad de frente acaba en desastre, al margen de las buenas intenciones que se mantuvieren.
Por último, hay otro apartado de Magnifica humanitas con el que una mayoría de personas podemos coincidir: «la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones.» Convendrá tenerlo presente cuando se tache de fachas o nazis a quienes, ante la inmigración descontrolada, se lamentan de sentirse extranjeros en su tierra. Porque imagino que el derecho de los pueblos a existir no se refiere sólo a Uganda o Tahití, sino también a España o Francia, ¿verdad?