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José Iribas S. de Boado

No basta con detectar trampas en la PAU

Decían los antiguos que las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. Hoy podríamos añadir que el mal ejemplo también arrastra, aunque… hacia abajo

Un año más, la PAU nos llega acompañada de grandes titulares. Una noticia repetida es cómo en varias comunidades autónomas se están utilizando detectores de frecuencia y otras medidas especiales para evitar el uso de dispositivos ocultos.

Aunque no sea tanta noticia, parto de que la inmensa mayoría de los alumnos se presenta a la PAU con honestidad, llena de nervios, tras un gran esfuerzo y con muchas ganas de hacerlo bien.

Pero ante ese «blindaje tecnológico» me viene a la cabeza una sencilla idea: no basta con detectar trampas. A veces queremos erradicar el síntoma y no el problema de fondo: Hay que educar en la virtud de la honradez.

Durante años se les ha repetido a los chavales que deben competir, destacar, ser los mejores, no quedarse atrás. A veces, sin querer, hemos puesto más énfasis en el resultado que en el proceso. Más en la nota que en el aprendizaje. Más en conseguir la plaza que en merecerla. Más en el fin que en los medios. Y luego nos sorprende que algunos intenten tomar atajos…

No olvidemos nunca que también educa la sociedad, la «cultura» que nos preside. Educan las redes. Y educan -o deberían hacerlo- quienes mandan y tendrían que responder de sus actos.

Y, sinceramente, no siempre el ejemplo que reciben los jóvenes «desde arriba» ayuda demasiado. Basta asomarse a un telediario.

Cuando la vida pública se llena de mentiras, conductas indecentes, enriquecimientos injustos, responsabilidades que nunca se asumen, dimisiones que nunca llegan y explicaciones victimistas, resulta más que difícil pedir a un chico de diecisiete o dieciocho años que entienda, de verdad, que hacer trampas está mal.

Una cosa no justifica la otra. Nunca. Pero el ejemplo pesa. Y a veces mucho.

Decían los antiguos que las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. Hoy podríamos añadir que el mal ejemplo también arrastra, aunque… hacia abajo.

Una sociedad que tolera tanta picaresca adulta (por decirlo suavemente) de quienes deberían ser ejemplares en su conducta no debería extrañarse si después tiene que comprar detectores para proteger la limpieza de un examen.

La honestidad no se improvisa en junio. Se aprende mucho antes. En casa, cuando decimos la verdad, aunque cueste. En clase, cuando no se copia un trabajo. En política, cuando se asumen responsabilidades. En la vida ordinaria, cuando se hace lo correcto aunque nadie mire.

Por eso la PAU no evalúa sólo conocimientos. También nos examina como sociedad. Nos pregunta qué entendemos por mérito o capacidad, qué valor damos al esfuerzo y a la igualdad de oportunidades real...

La educación no puede consistir sólo en evitar «agujeros», hermano. Tiene que formar conciencias.

Por eso a los estudiantes hay que ofrecerles adultos creíbles. Personas e instituciones que no les digan sólo «ojo, si te pillo…», sino que puedan mostrar con cierta autoridad moral el porqué de la honradez.

Quienes exigen ejemplaridad deben procurar, al menos, practicarla. No basta con detectar trampas en un aula. Hay que dejar de normalizarlas fuera de ella.

  • José Iribas S. de Boado es director de Relaciones Institucionales de CampusHome y exconsejero de Educación de Navarra
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