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VertebralMariona Gumpert

Los idiotas de cada generación

Lo que no parece que vaya a desaparecer es el socialismo o el independentismo, el verdadero problema que nos aqueja a todos de forma transversal, sin hacer distinción de edad, sexo o clase social

Todo a mi alrededor me conecta con la juventud esta semana, un tema muy divertido. Divertido porque lo observo desde fuera, comiendo palomitas. Por un lado, andan los no-jóvenes criticando a adolescentes y veinteañeros a cascoporro: que si Bad Bunny, las pruebas de selectividad ridículas, el hedonismo, la superficialidad de las redes. Por otro lado, los criticados van a su bola. No se defienden, intuyo que apenas se enteran de los vituperios. Quienes sí recogen la pelota son gente un poco mayor –entre los 25 y 35 años– que se siente interpelada de una u otra manera.

De entre estos, el ejemplar más exótico es la feminista fija discontinua, como Inés Hernand, Ester Expósito o Carla Galeote. Si no sabe quiénes son estas personas, no le ponga remedio a la situación. Una de las formas de ser feliz es ignorar la realidad. Estas señoritas se han aprovechado, de una u otra forma, de la ola feminista del piropo callejero como violación mental. La del hombre es un violador hasta que se demuestre lo contrario. Las que consiguieron eliminar la figura de la azafata en la Fórmula 1.

Ahora bien, su mayor hazaña ha sido la de dominar el matiz, esquivar la contradicción. Un bonito ejemplo lo encontramos en su defensa de Bad Bunny, el «cantante» puertorriqueño cuyas canciones sobre la mujer dejan bastante que desear. Digo bonito, porque es en realidad un clásico: lo que define que algo es machista no es el contenido concreto de las palabras o los actos, sino quiénes los dicen o llevan a cabo. El fenómeno Cincuenta sombras de Grey: la dominación y humillación son excitantes cuando el macho es rico y triunfador. No hay mucho que comentar aquí, solo demasiada biología y poca humanidad y dignidad.

Lo problemático, ¡lo desconcertante!, es cuando el varón defendido por la feminista no solo no es triunfador, rico o siquiera guapo, sino que, además, tiene ideas denigrantes sobre el bello sexo. Sí, hay feministas defendiendo a hombres que piensan que la mujer es inferior, que debe someterse al varón, que no puede estudiar, que puede ser violada o que se le puede vender en matrimonio a un señor de cincuenta años teniendo ella doce. El truco consiste en no tener que afirmar de forma abierta que violar está bien bajo determinadas circunstancias, sino aludir a la «reeducación», al «antipunitivismo» o, más fácil que todo eso, sacar el comodín de la islamofobia. No sé qué es peor de estas mujeres, si lo insoportables, lo cínicas o el cero instinto de supervivencia que tienen. Solo una sociedad estúpida como la nuestra es capaz no solo de preservarlas de una muerte prematura, sino que, además, las erige en referente moral. Ya sabemos dónde andarían: en Mauritania o Irán.

No me gustaría ser adolescente o estar en la veintena hoy día y saber que, de la gente de mi edad, a quienes más bola se les da es a estas señoritas. Señoritas que, además, ¡oh, coincidencia!, resulta que están de muy buen ver. El patriarcado cosificador no les resulta tan inconveniente aquí. Me pregunto si cada generación aúpa a representantes peores que la anterior. De la mía fueron quienes capitalizaron el 15M. Niños pijos, Errejones, Clara Serra, Lilith Verstrynge de la vida hablando -y facturando- en nombre de los jóvenes mileuristas. Ojalá estas nuevas feministas tengan el mismo triste destino que Sumar o Podemos y caigan pronto en la irrelevancia.

Lo que no parece que vaya a desaparecer es el socialismo o el independentismo, el verdadero problema que nos aqueja a todos de forma transversal, sin hacer distinción de edad, sexo o clase social. Las feministas de Schrödinger o los podemitas existen porque en toda generación nace gente mediocre y gente con talento y, por tanto, toda generación encumbra a gente mediocre y a gente con talento. Pero el socialismo y el independentismo en España son un problema estructural que difícilmente se solucionará dejando envejecer a los líderes de turno. Podemos burlarnos de sus contradicciones en una columna de opinión —más vale reír que llorar—, pero ¿cómo solucionar estructuras clientelares y la dependencia electoral de quienes no quieren pertenecer a España? El tiempo nos lo dirá…o no.

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