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VertebralMariona Gumpert

Esto con Franco no pasaba

Los primeros eran adolescentes cuando murió Franco, pero, de alguna forma que se me escapa, nos quieren hacer creer que corrieron delante de los grises

Ya hay vacaciones de verano en El Corte Inglés. Pero solo ahí. Ahí y para niños, adolescentes y universitarios. Llega la discusión de todos los años: ¿qué hacemos con los pequeños mientras los padres trabajan? ¿Dónde queda la conciliación familiar? Es un debate muy interesante… en el que no voy a entrar, porque me da pereza. Y me gusta hablar de lo que me interesa. Y lo que me interesa es el paso previo a la liberación de los niños de las cárceles. (Porque sí, un colegio es una cárcel, pienso en estar en un sitio parecido, pero para adultos, y me da un ataque).

El paso previo es… la fiesta de fin de curso. Cada colegio lo celebra de formas muy distintas, he estado en muchas y todas me han parecido interesantes. A los críos les hace mucha ilusión. En el centro de mis hijos les ponen unos hinchables unas horas antes de la ceremonia. Ya me habría gustado a mí tener unos hinchables, es una gran actualización. Una gran actualización… acompañada de una grandísima degradación: la maldita e inevitable música que ameniza toda la jornada. Del tipo de canciones nada diré, aunque sonaran The Beatles, odiaría el concepto de igual forma. Porque el problema, el auténtico problema, es que parece que no se puede celebrar nada en esta vida si no se usan altavoces a cien decibelios. Imagino mi castigo eterno con alguien rompiéndome los tímpanos con música de Bad Bunny.

Y, sin embargo, habría aceptado gustosa esa tortura si hubiera tenido lugar en la graduación de bachillerato de un instituto de Valencia, a la que me habría encantado asistir. Nos lo contaba @iconico_mar en Twitter. Los alumnos, ya sin filtros, sabiendo que no tomarán represalias contra ellos, sueltan las siguientes perlas en sus discursos:

Alumno 1: «Vamos a disfrutar este día porque a partir de hoy solo podemos ir a peor con la España que nos estáis dejando».

Alumno 2: «Hemos aprobado aún sin entender muchas cosas, como por ejemplo cómo convocáis una huelga un mes antes de los exámenes finales».

Alumno 3: «Una última cosa, aunque hemos empatado con Cabo Verde aún podemos ganar el mundial, ¡ARRIBA ESPAÑA!».

Y, siempre según el tuitero, los alumnos jaleando, encantados.

No entraré en juicios morales sobre estos alumnos. Porque para eso ya está la progredumbre levantando el dedito y rasgándose las camisetas del Ché. Prefiero el análisis sociológico. Uno ajeno al contenido de lo proclamado por los alumnos. Pienso en esos profesores, en un rango de edad de los 65 a los 25 años. Los primeros eran adolescentes cuando murió Franco, pero, de alguna forma que se me escapa, nos quieren hacer creer que corrieron delante de los grises. Incluso, si me apuras, te dirán que vivieron con intensidad mayo del 68, aunque el mayor de ellos tuviera siete años y anduviera entonces chutando pelotas en un descampado. Por supuesto, hablo de los profesores progres, que son los que suelen tener dominado el discurso en la educación pública. Honor y ánimo a los que no lo son.

No se interprete como crítica mi descripción de los profesores más añejos. Lo natural es que los jóvenes se rebelen frente a lo que consideran errores e injusticias de la generación anterior. Estos jóvenes rebeldes están a punto de jubilarse y, en esa transición, ha ocurrido algo natural y dos cosas muy llamativas que no lo son. Lo natural es que se hayan escandalizado con la reacción de sus alumnos. Implantaron una nueva moral y forma de ver las cosas y, en consecuencia, se indignan frente a la indigencia mental y moral de la juventud. Es un clásico.

Lo que me resulta inusual es, por un lado, que esa nueva moral que impusieron haya permanecido durante tanto tiempo, hasta el punto de que el resto del claustro, incluyendo a algunos jovencitos recién incorporados, sigan en esa misma línea. Hay una explicación a este fenómeno, pero la dejamos para otro día más sesudo. Hoy solo quiero reírme con el otro fenómeno curioso que mencionaba. Los abuelos y padres de los boomers renegaban de sus retoños, llamándolos modernos, es decir, se autopercibían –por usar lenguaje actual– como conservadores o «carcas». Con los boomers el problema es a la inversa: consideran carcas a los jóvenes. Y, en lugar de considerar qué puede haber hecho su generación para que un alumno acabe gritando «¡Arriba España!», solo sabe fruncir el ceñito desde lo alto de su superioridad moral y refunfuñar: «Esto con González no pasaba». Sin ver ningún paralelismo con su viejo abuelo y su «Esto con Franco no pasaba».

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