Salvar al soldado Peinado
Que se ponga escolta, que se bunkerice, que antes de comer o beber nada se lo dé antes a probar a un perro moribundo o al abogado de Zapatero. Vale, me he pasado. Sólo al abogado de Zapatero. Pero, por Dios, querido juez, ¡protéjase!
De adolescente aprendí –por voluntad propia y de forma amateur– a meterme en la mente de un criminal. No fue por friki, sino por autopreservación. Empezó todo con el 11S. Recuerdo a mi hermano mayor lamentarse, gimiendo: «¡oh, no! ¡Es la tercera guerra mundial!» Yo fui a lo práctico e inmediato. Decidí evitar multitudes. Soy de Valencia y había oído que, en los fuegos artificiales, cuando se escapa un cohete, la gente muerte no tanto por la explosión sino aplastados en la estampida humana. Decidí que una gran multitud es el escenario perfecto para ir varios barbudos con mochilas bomba y llevarse por delante a muchos.
Me sorprendió, de hecho, el 11M. Porque me esperaba más la técnica de la muchedumbre en estampida. Después comprendí lo evidente: en Atocha te revisan exhaustivamente para entrar en los andenes. Debe ser para dar apariencia de seguridad al viajero, porque puedes tomar un tren desde Pamplona a Madrid cargado de bombas ocultas, que no te va a revisar ni el tato.
He recordado esta parte curiosa de mi mente al enterarme de que el juez Peinado anda por ahí sin escolta, tan tranquilo. Como si viviéramos aún en un Estado de derecho normal. Como si el Partido Socialista no tuviera una historia criminal interrumpida sólo por los cuarenta años de vacaciones que les dio Franco. Se me ocurren mil formas de quitarse al juez de por medio y que parezca un lamentable accidente.
En esto peco de inocente, porque cada día contemplamos con estupor que a los políticos socialistas se les puede pillar en mil irregularidades más que groseras, que sus votantes seguirían justificándolos. No hay más que ver las encuestas de intención de voto. PS, el number one, podría degollar a un bebé en el Congreso de los Diputados y habría mil excusas para, no sólo no condenarlo, sino para loar la bondad de tal acción. El asesinato de ese bebé sería un aborto tardío justificado: los bebés alteran la salud física y mental de los padres con su molesta manía de llorar en plena noche. El presidente les habría hecho un favor a los progenitores y, además, daría visibilidad a lo que todo el mundo ya sabe: convertirte en padre te quita la libertad y te hace sumamente infeliz. Gracias, señor presidente. Por abrir el melón y por normalizar el infanticidio.
En todo caso, y por no abusar de la confianza y amor infinito de los votantes por el amado líder, se me ocurriría una forma muy sencilla de mandar a gozar de la visión beatífica a Peinado. Nos hemos acostumbrado a la plaga de coches y cuchillos fuera de sí. Andan filósofos e informáticos preguntándose si la IA cobrará algún día autoconsciencia y, consecuentemente, voluntad, cuando los instrumentos de cocina y los medios de transporte poseen ambas cosas desde hace tiempo. «Una multitud muere atropellada por un coche en un mercado navideño en Múnich». «Una mujer fallece después de recibir múltiples cuchilladas». Ya no se puede estar tranquilo entre fogones ni en el garaje. Es una plaga que va en aumento. Así pues, ¿cómo se le podría culpar al PSOE de que Peinado falleciera porque después de un «¿segarro, amego?» un cuchillo de cocina perdiera la cabeza y la emprendiera con el juez? Sería uno más de las víctimas de la revolución fraguada en multitud de cocinas.
Vivo en un pueblito navarro, soy sólo una humilde escribidora. Quien me conoce sabe que en mi barca no hay oro ni espadas, tan solo copas y bastos. No tengo poder alguno más que el que me otorga publicar estas líneas. Si alguien las lee y le parece que tienen cierto sentido, le ruego que contacte con el juez Peinado. Que se ponga escolta, que se bunkerice, que antes de comer o beber nada se lo dé antes a probar a un perro moribundo o al abogado de Zapatero. Vale, me he pasado. Sólo al abogado de Zapatero. Pero, por Dios, querido juez, ¡protéjase!