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VertebralMariona Gumpert

La playa es sólo el principio

Tranquilidad a cambio de habitar espacios diminutos y de vivir con temor constante al transitar por lugares comunes, como calles o carreteras. Por supuesto, en este escenario basta con mirar el color de la piel para saber a qué mundo perteneces

Segunda semana de julio. Las calles de Pamplona están cubiertas por una marea blanca y roja. A simple vista diríase que todos van uniformados; basta con adentrarse en la multitud para que esa apariencia de homogeneidad se desvanezca. Siempre hubo clases, se dice. En este caso, sin embargo, no vienen dadas por la posición económica, sino por la forma de habitar un mismo código de vestimenta.

Vayamos a los extremos. Tenemos, por un lado, al votante de Bildu: aros en ambas orejas, camiseta de tirantes de tejido barato manchada de vino, pantalones pirata, zapatillas deportivas y una cresta coronando la cabeza. ¿Cómo confundirlo con el señor de derechas, abonado de sombra, que acude religiosamente a la plaza de toros cada tarde, vestido con camisa y pantalones largos y cinturón pese a los cuarenta grados? Hasta el borrachín australiano, recién desembarcado en Europa, capta la diferencia.

Alguien podría pensar que, para mimetizarse con un determinado grupo, basta con imitar sus códigos de vestimenta. Error. Un capítulo de The Crown lo muestra con claridad. Thatcher y su marido son invitados a pasar un fin de semana en Balmoral. Ella entiende que, cuanto más formal vista, más acertada estará. Comete un error estrepitoso. En esas circunstancias, el código no escrito es la informalidad campestre. Confunde elegancia con solemnidad, no entiende que esta no es un grado de formalidad sino una forma de adecuación a las circunstancias.

Hasta hace unas décadas esta ignorancia no te condenaba de forma definitiva. El musical My Fair Lady lo muestra bien. Un solterón de clase alta ejerce de Pigmalión con una joven de extracción muy humilde cuyo acento, forma de hablar y modales la delatarían en cualquier ambiente, por impecable que fuera su atuendo. Ser nuevo rico, o nuevo burgués, tenía remedio.

Tenía. Entre otras cosas, porque hasta hace apenas unas décadas España era un país fenotípicamente bastante homogéneo. Quien conozca países como Méjico o Estados Unidos sabe a qué me refiero. Pese al discurso políticamente correcto de este último, la cuestión racial ha sido siempre en el continente americano, por razones históricas, un nítido marcador de clase. Un marcador del que es muy complicado desprenderse. Puedes quitarte los pendientes de borroka y afeitarte la cresta; puedes aprender hasta el último código. Pero, ¿cómo te desprendes del color de tu piel o de tus rasgos faciales?

Una de las características de los españoles, al menos de las dos o tres últimas generaciones, es que la raza no ocupaba un lugar central en nuestra forma cotidiana de mirar a los demás. Por eso nos desconcertaban los rodeos de otros europeos para decir «negro». Quien no considera que ser negro tenga nada de peyorativo no siente la necesidad de recurrir a eufemismos; sí lo hacemos, en cambio, cuando decimos «robusto» para evitar decir «gordo».

Esto tiene fecha de caducidad como consecuencia de las políticas migratorias de las últimas décadas. Cuando la inmigración no se organiza de forma inteligente, ordenada y pensando en el bien de ambas partes —nativos y recién llegados—, se crean guetos, porque esa es nuestra tendencia natural: juntarnos con nuestros iguales. Y cuando nos agrupamos con quienes se nos parecen, perduran las costumbres y las formas de entender la vida.

A nadie le molesta que haya personas en España que coman arepas o tacos al pastor a diario. Lo que incomoda, y mucho, son determinadas actitudes. Ahora que es verano, muchos vamos a la playa cruzando los dedos, poniendo velas y rezando a todo el santoral para que no se nos plante al lado un grupo de sudamericanos con un altavoz enorme, convencidos de que nos hacen un gran favor al ponerle «sazón» a nuestro aburrido día de playa.

Por desgracia, este es el menor de los choques desagradables, y ya es decir. El problema es cómo empieza a percibirse al de fuera, pues no sólo te amarga un día de playa. Se le asocia con la saturación de servicios como el transporte público, la sanidad o la educación. Se le asocia con los salarios bajos, pues el inmigrante está dispuesto a hacer más por menos dinero. Tampoco tiene inconveniente en que varias familias compartan un mismo piso, lo que ha disparado los precios del alquiler y de la vivienda. Por último, está el aumento de la delincuencia, en particular de delitos graves como las violaciones. Como colofón, el español recurre cada vez más a la sanidad privada, donde también empieza a encontrarse con listas de espera debido al creciente trasvase de pacientes de un sistema al otro.

Si no ponemos pronto solución a esto, vamos camino de convertirnos en un país como Méjico, donde quienes viven en guetos son los ricos y muy mayoritariamente blancos. Personas que habitan jaulas de oro: enormes casas situadas en recintos con seguridad privada, y que se reúnen, también, en jaulas de oro como clubes de golf, el Centro Asturiano de Méjico o el Centro Vasco de Méjico. Son Balmorales transoceánicos. En ellos, una élite vive tranquila, sin gente pegando gritos ni altavoces inoportunos. Tranquilidad a cambio de habitar espacios diminutos y de vivir con temor constante al transitar por lugares comunes, como calles o carreteras. Por supuesto, en este escenario basta con mirar el color de la piel para saber a qué mundo perteneces. Mi pregunta a los políticos es: ¿de verdad es esto lo que queremos para España?

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