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«Quién muestra rasgos de maldad a los cinco años, si no se le educa, será malo a los veinte»
Bruno Francés publica el 21 de septiembre Poesías K-Natillas. Revoltillos casi sobrenaturales, un poemario que combate con ironía los absurdos cotidiano
Aparece con una mochila a la espalda. Quizá sea una versión terrenal de esa mochila para el universo que teorizó Elsa Punset. Bruno Francés (Alicante, 1971) transporta en ella las herramientas necesarias para educar a los adultos del mañana. En las aulas imparte las lecciones fundamentales a sus pupilos; en su faceta como escritor, resulta difícil determinar si pretende aleccionar a las nuevas generaciones o, más bien, poner un espejo frente a sus progenitores. El próximo 21 de septiembre publica Poesías K-Natillas. Revoltillos casi sobrenaturales, un poemario ilustrado por Noemí Ibáñez Alcaraz que combate con ironía los absurdos cotidianos: desde desmitificar la ingesta de mocos hasta cuestionar esa peligrosa familiaridad con la que los niños abren la puerta al repartidor de Amazon.
Dedica su libro lanzando un llamamiento a la lectura. ¿Ha dejado de leer la sociedad?
Sí, se lee menos que nunca. Y cuando digo «leer», me refiero al libro físico, a la lectura reposada, no al consumo frenético en pantallas. Hoy se lee por imperativo. Es harto difícil encontrar a un niño que se acerque a las páginas por puro deleite; la batalla contra los móviles y las tabletas está siendo encarnizada.
¿Falta pedagogía lectora en las aulas?
En el currículo contamos con una hora adicional de Lengua Castellana destinada íntegramente a la lectura. El problema de fondo no es el tiempo, sino la comprensión: muchos alumnos son incapaces de entender la mitad de lo que leen.
¿A qué achaca ese analfabetismo funcional?
La dictadura de la inmediatez. Todo el entorno digital está diseñado para que la capacidad de atención colapse tras unos pocos minutos; cualquier esfuerzo continuado los satura. Una hora de lectura escolar poco puede hacer si no se cultiva el amor por los libros en el hogar.
Leyendo el poemario da la impresión de que las rimas van dirigidas a los padres más que a los hijos...
Es un libro con doble filo. Vivimos en una sociedad que no lee y que podría interpretar erróneamente que estos versos incitan al disparate. Es todo lo contrario. No hay un sermón al uso, pero cada pieza incluye una apostilla pedagógica. Por ejemplo, al tratar la manía de comerse los mocos, no la justifico: al final explico con rigor las consecuencias fisiológicas de ese hábito. Requiere una lectura compartida en familia.
Esas notas correctivas del final llaman la atención. ¿No deberían aplicarse directamente en casa? ¿Se ha dimitido de la función educadora?
Los padres conocen perfectamente la frontera entre el bien y el mal. Lo que ocurre es que resulta más cómodo evitar la confrontación. Sometidos al estrés diario, capitulan y dejan a los hijos a su libre albedrío. Este libro busca ser un salvavidas para educadores y progenitores. Incluye, por ejemplo, un poema sobre el autismo que creo que puede abrir muchas mentes.
El personaje que protagoniza esa pieza se llama Bautista...
(Risas). Si le quitas la «B», la intención queda al descubierto.
¿Existe una empatía real hacia el alumnado con autismo?
Hay un despliegue de profesionales y aulas específicas que antes no existía. Pero es una carrera de fondo con distintos grados de complejidad. El esfuerzo en la escuela es inútil si no hay continuidad en el hogar; nosotros los tenemos solo cinco horas al día. Y esto se aplica por igual a los casos de TDAH.
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A raíz de los flojos resultados del Informe PISA, algunas voces atribuyen la caída del nivel a un sobrediagnóstico generalizado.
Es un terreno resbaladizo. Ciertamente hoy disponemos de más herramientas y el análisis es más fino. Sin embargo, no todo niño distraído padece TDAH. Hay alumnos que simplemente son nerviosos, desatentos o que, sencillamente, necesitan estudiar más.
En uno de sus versos ironiza con la figura del repartidor de Amazon, a quien los niños ven casi como a un familiar.
Es una paradoja fascinante. Se infunde a los pequeños un temor atávico al desconocido, pero al repartidor de paquetería lo integran en su círculo de confianza porque lo asocian al entorno digital de casa. Se le abre la puerta sin dudarlo a alguien que sigue siendo un extraño.
Trata también el acoso escolar. ¿Se actúa con rotundidad en los centros?
Hay un protocolo riguroso. Sin embargo, a veces nos falta perspectiva: cualquier conflicto entre iguales se tilda de acoso. A mí de pequeño me martirizaban por tener sobrepeso y era algo que se relativizaba; hoy hemos pasado al extremo opuesto. Con todo, el verdadero bullying es el silencioso. Quien más sufre es el que calla.
¿Por qué no piden ayuda?
Por vergüenza, por el pánico a ser señalados como los «raros» o los débiles de la clase. Muchos reproducen la doctrina que escuchan en casa: «no te pelees», «no hagas caso». Esa pasividad los convierte en blancos perfectos.
¿La sobreprotección parental crea niños más vulnerables?
Absolutamente. Hay padres que le llevan la mochila a la puerta del colegio a niños de diez años. Esa mutilación de su autonomía provoca que cualquier roce fortuito en el patio se perciba como una agresión sistemática. Se proyecta un miedo desmedido a lo que ocurre fuera.
Es un contraste llamativo: sobreprotección en lo emocional y desatención en la autonomía básica.
Totalmente. Ves a niños que no saben atarse los cordones o que se quedan sin almuerzo porque sus padres no se lo han preparado. Se crean personalidades absolutamente dependientes. Y en el momento en que un niño muestra esa vulnerabilidad, el acoso encuentra su caldo de cultivo. Un niño que no sabe ser autónomo es una presa fácil.
¿Sigue creyendo en la inocencia infantil?
Los niños son adultos en miniatura. Quien muestra rasgos de maldad a los cinco años, si no se le educa, será despiadado a los veinte. Hay niños nobles y niños crueles. Disfrutar con el sufrimiento ajeno denota una falta total de nobleza. A veces esa violencia es mero reflejo de lo que mamaron en casa: tuve a un alumno que estampaba la cara de su mejor amiga contra la pared porque era la única forma de afecto que conocía.