Los infantes de marina españoles desplegados en Rumanía efectúan ejercicios de tiro
El hombre puerta
Me asomo por mi escotilla, me giro hacia él, le saludo con la mano en mi sien derecha, y él me saluda de vuelta. En cuestión de segundos, me siento invadir de camaradería y gratitud
Me cuesta explicar qué me mueve a la hora de sentarme a escribir sobre el hombre puerta. De dar a conocer su callada serenidad, su confianza ciega en alguien a quien no conoce, su sentido del deber, que le mantiene anclado a su puesto, como si sus pies fueran las raíces de un roble centenario, ni un paso atrás. Es, a lo mejor, un sentimiento de gratitud nunca lo bastante expresado, plasmado solamente con un saludo, la mano a la sien al pasar a su lado a toda la velocidad que da mi vehículo, en un gesto que, dada la fugacidad del momento, podría interpretar un observador externo como un «¿estás loco? ¡apártate!». Un sentimiento de deuda, una admiración sin límites.
A los asaltos de la Infantería, a la cual la Inmaculada me ha concedido pertenecer, siempre les precede una serie de hitos más o menos repetidos en lugares diversos: siempre hay frío, siempre hay sueño, pintura verde y negra emborronada en los rostros, mapas consultados, largas marchas, comprobaciones –para la Infantería mecanizada– del combustible, de la tensión de la cadena, del estado de las armas. Inspección de puestos defensivos en los altos, salto y seña, sector de tiro, caras de cansancio, un cigarrillo a escondidas, una caricia cariñosa en el casco a un soldado ilusionado, la constatación de que un buen teniente ha hecho los preparativos aún mejor de lo que se esperaba de él, voces bajas, en susurros, en la oscuridad. Mucho silencio en la radio; a veces, sonido de estática. Comida fría sacada de una lata. Galletas en el bolsillo.
Una orden transmitida por un enlace: «inicie movimiento», más kilómetros hacia la mañana, jalonadores impertérritos en los cruces difíciles, casi invisibles en la oscuridad de la noche. Paradas breves, un café compartido en una parada algo más larga de lo normal, con un Sargento de la Sección de Reconocimiento que ha impedido que me equivoque de camino.
Sin moverse; sin quitarse; sin abandonarnos, el hombre puerta nos enseña el camino a la victoria
Todos esos hitos van guiando a una compañía de Infantería a un momento decisivo y tremendo, que es el asalto a una posición defendida por el enemigo, fortificada en mayor o menor medida por un obstáculo que sólo los zapadores pueden abrir.
Siempre hay una línea de alturas que nos protege de lo que hay al otro lado de la colina, y desde ahí, de repente, empieza todo. Unos vehículos que nos habían pasado inadvertidos, los vehículos de combate de zapadores, se lanzan hacia la vanguardia; se rompe el silencio de la radio y de las armas. Las explosiones de la artillería son seguidas por otras más próximas, de los morteros del batallón, y el fuego de los cañones de los vehículos y sus ametralladoras se hace ensordecedor. El corazón late aprisa y el sueño acumulado de varias noches desaparece de pronto. De repente, unas explosiones nítidas, cercanas, que retumban como en el cuerpo, nos dan la orden de avanzar antes incluso de que lo haga la radio: «Brecha abierta». Llega el momento de lanzarse por la brecha que acaban de abrir los zapadores y cruzamos la línea de alturas.
Y de pronto, a pesar de los ensayos y de las coordinaciones previas, nada está claro. No hay nada más que humo, ráfagas, rugidos de motor y urgencia. Hay que cruzar, casi a ciegas, por el pasillo abierto en un campo de minas pero ¿dónde está? Nos cuesta situarnos, a veces no está donde los imaginábamos, y la distancia se va cerrando: quinientos metros, cuatrocientos… voces por la radio, incertidumbre y nervios. Y, de pronto, entre el humo, vemos unas banderolas que nos marcan el lugar: doscientos metros, cien, cincuenta… En ese momento siempre me pongo a rezar y le pido a Dios que abra mis ojos. Porque junto a la primera banderola hay un zapador. Apenas se le ve, mimetizado a la perfección, rodeado de humo, dándonos paso: poniendo su cuerpo entre el peligro y nosotros, orientándonos, salvándonos de nuestros propios errores. Despreciando el peso de nuestras treinta toneladas y nuestros setenta kilómetros por hora. Sin moverse; sin quitarse; sin abandonarnos, el hombre puerta nos enseña el camino a la victoria. Me asomo por mi escotilla, me giro hacia él, le saludo con la mano en mi sien derecha, y él me saluda de vuelta. En cuestión de segundos, me siento invadir de camaradería y gratitud.
Seguía tan invisible como en el momento previo a mi cruce de la brecha, cuando se jugaba la vida ante nuestro paso arrollador. Nuestro asalto se consideró un éxito, pero sin él, no habríamos pasado
El hombre puerta no ha dormido, apenas ha comido; antes de abrir la brecha para nosotros, protegió nuestro flanco creando un obstáculo para el enemigo. Cuando yo dormitaba un rato bajo el avance de mi vehículo o en mi asiento de la torre, él ponía un obstáculo para proteger mi sueño: tendió alambradas, allanó caminos, levantó puentes, reconoció rutas, construyó refugios… y desapareció.
En los años que repetí en multitud de ejercicios esta liturgia del frío, el sueño, la pólvora y el cruce desenfrenado de una brecha, me felicitaron muchas veces. «Buen trabajo, os ha salido bien, muy nutrido ese fuego, muy preciso ese asalto…», pero el hombre puerta ya se había ido. Mientras yo tomaba un café ya caliente, o me entregaba a un rato de descanso, él recogía alambradas, desenterraba minas, tapaba fosos… y seguía tan invisible como en el momento previo a mi cruce de la brecha, cuando se jugaba la vida ante nuestro paso arrollador. Nuestro asalto se consideró un éxito, pero sin él, no habríamos pasado.
Les he visto trabajar muchas veces; he compartido con ellos largos meses de lluvia y barro en operaciones fuera de España; me han escoltado cuando había peligro real; he conocido y admirado la escuela creada por sus extraordinarios jefes, que se alarga año tras año con nuevos oficiales que siguen la estela de sus mayores. Y, a pesar de toda mi admiración, creo que nunca he agradecido como se merece la figura tan real y tan simbólica, ni un paso atrás, del hombre puerta. Hasta hoy.