El Rey Felipe VI pasa revista a las tropas en el Palacio Real, en la Pascua Militar del año pasado
Defensa
Pascua militar y valores militares
Cada militar se consagra al servicio de España, no como una profesión, sino como una vocación, que tiene su expresión más palpable cuando se está dispuesto a afrontar el máximo sacrificio, el de la propia vida, en defensa de la Patria
El 6 de enero se celebra la Pascua Militar, festividad instaurada por el Rey Carlos III en 1782 para homenajear a sus ejércitos en agradecimiento por la recuperación de la isla de Menorca que había caído en poder de los ingleses con motivo de la Guerra de Sucesión española provocada por el conflicto de intereses entre la monarquía Borbónica y la de Habsburgo, ambas pretendientes al trono español. Esta tradición se ha mantenido a lo largo del tiempo y es muy celebrada por el estamento castrense que, en solemne ceremonia, se congrega para recibir el reconocimiento de S.M. el Rey.
En el acto interviene, en representación del Gobierno la persona titular del Ministerio de Defensa para hacer balance de lo acontecido a lo largo del año en el ámbito de nuestras Fuerzas Armadas; representa por tanto una magnífica oportunidad para reflexionar sobre el estado de las mismas.
Vivimos unos momentos convulsos a nivel mundial. El mundo globalizado que nos ha tocado vivir está, paradójicamente, más fraccionado que nunca. La paz idílicamente propugnada tras el final de la Guerra Fría, con la preponderancia in eternam del orden liberal occidental, se ha desmoronado como un castillo de naipes, y hoy puede decirse sin temor a equivocarnos, que vivimos uno de los momentos más convulsos en el orden mundial en el que, por primera vez tras la mencionada Guerra Fría, vuelven a sonar tambores de guerra en el mundo con más fuerza que nunca.
En este contexto, nuestras Fuerzas Armadas deben estar equipadas, preparadas e instruidas en las tácticas, técnicas y procedimientos que se requieran para hacer frente a la guerra que se nos pueda avecinar en el futuro y no a las libradas en el pasado, y dando por supuesto las imprescindibles dotaciones presupuestarias a la altura de nuestros aliados, la adecuada renovación y adquisición de materiales y la necesaria adaptación a las nuevas tecnologías, las Fuerzas Armadas siguen necesitando una esencial base moral sobre la que sustentar su recurso más importante, el humano.
Desfile de las Fuerzas Armadas
La formación en valores es una necesidad de cualquier sociedad, y no sólo privativa del estamento castrense, pero quizás deberíamos, para centrar el tema, comenzar clarificando lo que se entiende por «valores». Se podrían definir, tal y como indican los expertos, como: «El conjunto de buenas cualidades que distinguen a las personas y por tanto a las sociedades que rigen, y que sirven para que éstas convivan y se desarrollen en armonía. Son creencias fundamentales que nos ayudan a preferir, apreciar y elegir unas cosas en lugar de otras, o un comportamiento en lugar de otro».
Las organizaciones y sus componentes, como integrantes de la sociedad, asumen valores que son parte de su acervo cultural, y para ello, deben definirlos, describir los modos de actuación asociados a cada valor, comunicarlos, y lograr que sustenten la misión y la visión de las organizaciones.
Pero el militar además, en tanto que servidor público, como miembro de las Fuerzas Armadas, tiene conferida la enorme responsabilidad que la Constitución Española asigna a este estamento: «Garantizar la soberanía e independencia de España, su unidad e integridad territorial y su ordenamiento constitucional»; el estamento militar es, junto a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, el responsable de garantizar la paz, origen de la libertad, la justicia y los derechos de nuestra sociedad. Si se tiene en cuenta además, que para ello la nación le dota de armas y medios con una enorme capacidad destructiva, su compromiso en el desarrollo de sus misiones y cometidos, requiere un plus adicional de estructura moral, que no es exigible en otros estamentos del Estado.
Los miembros de las Fuerzas Armadas, desde su ceremonia de juramento a la Bandera, adquieren un compromiso personal, que viene refrendado en la fórmula de juramento o promesa y que no es otra que: «Soldados, ¿juráis o prometéis a España, besando con unción su bandera, respetad y obedecer al Rey y a vuestros Jefes, no abandonarles nunca, y derramar si es preciso en defensa de la Soberanía e independencia de España, de su unidad e integridad territorial y del ordenamiento constitucional, hasta la última gota de vuestra sangre?», contestándose con un sí rotundo. Tanto por ello, como por las condiciones y situaciones extremas a las que se verá sometido, el militar debe estar imbuido de una serie de valores que habrá que inculcarle a lo largo de su formación y que no se requieren en otras profesiones, tales como la abnegación, la bizarría, la disciplina, el compañerismo, la entereza, la ejemplaridad, la fidelidad, la honorabilidad, el sentido de la justicia, la lealtad, la nobleza, la obediencia, el patriotismo, el equilibrio, la responsabilidad, la subordinación, la capacidad de trabajo y el valor, entre otros.
Cada militar se consagra al servicio de España, no como una profesión, sino como una vocación, que tiene su expresión más palpable cuando se está dispuesto a afrontar el máximo sacrificio, el de la propia vida, en defensa de la Patria. Ser militar exige el sacrificio personal y colectivo de los que componen el estamento castrense también en el día a día, para perfeccionar y atemperar las pasiones y ser operativos hasta en las condiciones más extremas, más allá de condicionamientos sociales, familiares o de carácter. El soldado debe asumir que matará o morirá, si es preciso, en la misión encomendada.
Espectacular imagen de la bandera de España desplegada en las calles de Oviedo
Por esas, entre otras, causas, los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas necesitan ser depositarios de valores y cultivaros a lo largo de toda su vida, ser ricos en valores tales como: lealtad, generosidad, alegría, perseverancia, obediencia, humildad y valentía; pero esa sabiduría no debe cultivarse en beneficio propio, sino de todos.
El soldado puede llegar a tener que elegir entre desactivar una mina, abatir un objetivo, evitar daños colaterales a civiles, reconstruir escuelas, llevar alimentos o medicinas a zonas en conflicto, disparar y evitar que le disparen, proteger e incluso morir por salvar a un compañero o subordinado, vencer o ser derrotado, vivir o morir.
Tal y como dice un himno guerrero legionario, la muerte es una fiel y leal compañera del soldado, y dado que el bien más preciado que posee cualquier persona es la vida, en el código moral militar no pueden ni deben tener cabida la envidia, el «trepismo», el «carrerismo», la mediocridad, el egoísmo, la cobardía, la falta de honestidad, la mentira, la falta de integridad y tantas y tantos defectos comunes en las sociedades consumistas y yermas de valores.
Los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas no son unos extraños en su entorno, proceden de todos los segmentos de una sociedad a la que sirven y de la que forman parte, pero sí deben ser ejemplo de esos valores que les deben ser inculcados desde el primer día que acceden a la condición militar y cultivados a lo largo de toda su estancia en filas formando parte del estamento castrense.
Solo así podrán seguir siendo la referencia que son en el cumplimiento de sus tareas y obligaciones a las que les obliga el cumplimiento de su deber, renunciando a aspiraciones y comodidades personales, para poder seguir siendo así el estamento más valorado y reconocido por los españoles.
Ningún momento más oportuno para reflexionar sobre ello que nuestra Pascua Militar.