Juan Ignacio Pombo en su avioneta «Santander» poco antes de iniciar el vuelo Santander-MadridMuseo Nacional de Aeronáutica y Astronáutica

Defensa española  Gestas del Ejército del Aire y del Espacio: Los vuelos de Pombo de Santander a Madrid

Al embarcar el pasajero actual en una línea comercial desde la capital de La Montaña a la de España, lo normal es que no imagine cómo fueron los primeros trayectos aéreos entre Santander y Madrid. Y no estime el mérito del santanderino Juan Pombo Ibarra, quien efectuó los dos primeros vuelos entre ambas ciudades. Sendas hazañas aeronáuticas, una con escala en Burgos, Sacedón en Guadalajara y Arganda los días ocho, nueve y diez de junio del año mil novecientos trece; y la segunda, desde La Albericia en Santander hasta Colmenar Viejo y la Base de Cuatro Vientos en Madrid, sin escalas, el veintiocho de enero del año mil novecientos dieciséis. Proezas de la aviación española logradas en su origen por pilotos civiles, como Juan Pombo Ibarra y su hijo Juan Ignacio Pombo Alonso-Pesquera, quienes contribuyeron al presente prestigio de nuestro Ejército del Aire y del Espacio.

Sueños de Ícaro que sí concluyeron bien, porque ser el primero en volar desde Santander a Madrid a inicios del siglo XX suponía adentrarse, casi como el héroe griego, en una apuesta personal, mecánica y científica a todo o nada, muerte o vida y, siempre, honor y gloria. Los militares de hoy agradecemos y admiramos su temple y ejemplo al afrontar los problemas geográficos, físicos, tecnológicos y psicológicos de sus vuelos, y, asimismo, su contribución al perfeccionamiento, investigación, y progreso material y técnico de nuestro actual Ejército del Aire y del Espacio.

Juan Pombo Ibarra, tiene una calle en Santander, donde nació. Y fue padre del también aviador montañés Juan Ignacio Alonso-Pesquera, quien, con el apoyo familiar y profesional, y la admiración, enseñanzas, experiencia y amor de su progenitor, culminó otra aventura formidable al atravesar el Atlántico Sur desde Santander hasta Méjico el año mil novecientos treinta y cinco en un monoplano bautizado como «Santander». Hazaña de la que me ocuparé en otro artículo, porque hoy estas líneas se centran en quien fue insigne miembro del denominado club «Los locos del aire».

Pombo fue deportista, aventurero, estudioso ingeniero y, sobre todo, piloto. Y con seguridad en sí mismo se subió en su segundo vuelo a un aeroplano que hoy sería una maqueta de juguete al albur de la naturaleza. Había que ser templado y valiente para entregar el existir a un avión tipo Morane-Saulnier tipo G, evolución mecánica y aerodinámica de su pariente Bleriot «Canal de la Mancha», monoplano biplaza de ala alta con estructura de fuselaje de tela con enrejado de madera, dotado de un motor Gnome de ochenta CV de potencia, tan potente como complicado de manejar en los giros. Aeroplano que bautizó como «San Ignacio IV».

A Dios, Señor de los cielos y de los vientos, de las nubes y de las estrellas, se encomendó Pombo en su aventura: despegar desde la costa al nivel del mar para cruzar sin escalas las agrestes cimas de la Cordillera Cantábrica en demanda de las planicies castellanas; derrotar los vientos (el feroz Sur y la traicionera galerna del Norte hubieran batallado con el delicado pájaro de tela y madera hasta destrozarlo contra las brañas y hayedos); afrontar tempestades, celliscas, lluvias y nieblas; resistir gélidas temperaturas con una anticuada equipación contra el frío; confiar en la fragilidad del fuselaje, la cabina y el tren de aterrizaje; sustentar, controlar y dirigir el aparato cuando la ausencia de alerones exigían la técnica del alabeo retorciendo con cables y cuerdas la punta de las flexibles alas para maniobrar la aeronave; y, con la rudimentaria instrumentación de tacómetro, brújula, altímetro y termómetro, suplir con la vista fija en las vías del tren y los caminos la falta de radio, GPS y cartas actualizadas de navegación: todo valía esa encomienda de su alma al Creador.

Avioneta de Juan Ignacio Pombo en el hangar nº1 del Museo del Aire de Cuatro Vientos en Madrid.Museo Nacional de Aeronáutica y Astronáutica

Su primer vuelo con su amigo Enrique Bolado, incluso sin culminar su singladura al tomar tierra cerca de Guadalajara, demostró un coraje personal, una capacitación mental y una pericia aeronáutica excepcionales. Y le permitió en este segundo intento, en solitario, despegar desde La Albericia en Santander hasta aterrizar exitosamente en el aeródromo de Cuatro Vientos, protagonizando una hazaña memorable para la época, que instauró un nuevo hito en la entonces prehistoria de la aviación española. Estableció una marca de altura, porque la niebla castellana le obligó a superar los tres mil metros de altura para sortear las montañas del Sistema Central del puerto de Somosierra. Consiguió otro récord de duración en el aire. Pero lo más importante, con su prudencia, operatividad, valor y fe, al confrontar y vencer los objetivos más difíciles y retadores realzó los valores y virtudes castrenses de nuestros aviadores militares, según veremos en la próxima entrega dedicada a las gestas de los héroes de la aviación española que surcan eternamente los cielos del orbe.