Donald Trump, el director de la CIA, John Ratcliffe, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan CaineAFP

La retirada americana

La autonomía estratégica europea ha dejado de ser una idea de seminario para convertirse en una urgencia. Como casi todas las urgencias del continente, llega un poco tarde

«La historia no confía durante mucho tiempo el cuidado de la libertad a los débiles ni a los timoratos.» La advertencia es de Eisenhower, en 1952, al aceptar la nominación republicana. La firmaba el general que había comandado la mayor coalición militar de Occidente, no un orador en busca de aplauso. Setenta y cuatro años después, Europa empieza a leer aquella frase no como retórica de campaña, sino como un aviso. El continente lleva años hablando de autonomía estratégica: la fórmula sonaba bien, permitía matices, irritaba lo justo a Washington y ofrecía a París un vocabulario con el que vestir de doctrina lo que a menudo era una intuición. La de que ningún continente adulto puede delegar indefinidamente su seguridad en otro, ya no es una aspiración francesa ni una fórmula bruselense: es una urgencia. Y, como casi todas las urgencias europeas, llega un poco tarde, envuelta en sobresalto y con más declaraciones que municiones.

La sola posibilidad de una reducción de tropas estadounidenses en Alemania ha actuado como una bofetada pedagógica. Retirar 5.000 soldados de un despliegue mucho mayor parece un gesto limitado, pero en defensa las cifras rara vez hablan solas. Importa qué se retira, cuándo, qué señal se envía y qué vacío queda detrás. La presencia militar de Estados Unidos en Europa nunca fue solo una suma de brigadas: era un seguro político, una arquitectura de mando y una garantía psicológica. El continente no se sentía seguro porque tuviera medios propios suficientes, sino porque Washington estaba dentro del perímetro.

Ese es el verdadero descubrimiento. Durante décadas, Europa pudo permitirse una defensa incompleta porque la alianza atlántica completaba sus carencias. La OTAN era el marco; Estados Unidos, la columna vertebral; Europa, el cuerpo que se movía con dificultad sabiendo que no tendría que sostener solo el peso. La guerra de Ucrania ya había revelado parte del problema: arsenales escasos, producción lenta, dependencias críticas, defensa aérea insuficiente, industria fragmentada. La crisis de Oriente Medio y las tensiones con Washington añaden una lección más dura: el aliado imprescindible también tiene prioridades propias, ciclos políticos imprevisibles y una paciencia limitada.

Durante décadas, Europa pudo permitirse una defensa incompleta porque la alianza atlántica completaba sus carencias

En los documentos recientes de la Alianza ya no se habla solo de gastar más, sino de alcanzar el 5 % del PIB en defensa y seguridad relacionada antes de 2035, con al menos un 3,5 % en requisitos estrictamente militares. No es una cifra contable. Es el reconocimiento de que el viejo objetivo del 2 % se ha quedado escaso para una era de guerra industrial, misiles de largo alcance, drones baratos y defensa aérea saturada.

Europa gasta más, pero no necesariamente mejor ni con suficiente rapidez. La Agencia Europea de Defensa estima que el gasto militar de los Estados miembros alcanzó los 343.000 millones de euros en 2024, un 1,9 % del PIB, y rondó los 381.000 millones en 2025, en torno al 2,1 %. Es un salto importante. También una fotografía embarazosa: el continente empieza a correr cuando la distancia acumulada ya es enorme.

La ministra de Defensa, Margarita Robles, participa en la reunión de ministros de Defensa de la UEMinisterio de Defensa

La Comisión Europea ha intentado convertir el miedo en método. Su Libro Blanco para la Defensa Europea —Readiness 2030— plantea una oleada de inversión para reconstruir capacidades, sostener a Ucrania y alcanzar una postura suficientemente robusta antes de 2030. Identifica proyectos emblemáticos: vigilancia del flanco oriental, defensa contra drones, escudo aéreo y escudo espacial europeos. La dirección es correcta. El problema es que la defensa no se decreta: se fabrica. Y que ello lleva unos plazos, que son tal vez largos para evoluciones de las amenazas cada vez más veloces. Además, Europa ha pasado demasiados años subcontratando la dureza estratégica mientras perfeccionaba la retórica normativa.

El caso alemán es el más simbólico. Berlín, que durante décadas hizo de la contención militar una virtud histórica, se ve empujada a una transformación que incomoda a parte de su sociedad. El Gobierno ha aprobado planes de inversión gigantescos hasta 2030 y aspira a situarse por encima de los nuevos objetivos aliados. Pero entre aprobar partidas y producir poder militar hay un desierto de plazos, contratos, cuellos de botella, doctrina y legitimidad social. En las calles ya aparecen protestas contra el rearme; en los ministerios se impone la vieja máxima romana: si quieres paz, prepárate para la guerra.

La amenaza de retirada estadounidense expone otra carencia: el déficit europeo en capacidades de largo alcance. La guerra contemporánea exige encontrar y destruir objetivos a gran distancia, integrar sensores, satélites, drones, inteligencia artificial, mando y fuegos; sostener campañas de munición durante meses; disuadir a un adversario nuclear sin provocar una escalada incontrolable. La no llegada a Alemania de una unidad estadounidense de última generación una –Multi-Domain Task Force– pesa más que el número de soldados retirados, porque concentra misiles de largo alcance, armas hipersónicas y procesamiento avanzado de objetivos.

Ahí está el nudo gordiano. Europa no necesita solo gastar más: necesita aprender a producir disuasión. Y la disuasión no es una palabra abstracta. Es la capacidad de convencer a Moscú de que una agresión tendrá costes insoportables; de garantizar a Varsovia, Tallin o Helsinki que no están solas; de impedir que una crisis en Oriente Medio vacíe los arsenales europeos; de evitar que Washington vea el continente como un protectorado caro y Pekín como un mercado rico pero estratégicamente débil. La autonomía no consiste en separarse de Estados Unidos, sino en que la alianza deje de parecer una relación entre un proveedor de seguridad y unos clientes ansiosos.

La paradoja es que cuanto más seria sea Europa en defensa, más útil será para Estados Unidos. La autonomía mal entendida se presenta a veces como emancipación antiamericana. Es un error. Una Europa capaz de sostener el flanco oriental, producir munición, desplegar defensa aérea y proteger el Ártico, el Báltico, el Mediterráneo y el Atlántico no debilitaría la OTAN: la haría menos vulnerable al estado de ánimo de la Casa Blanca. El propio Mark Rutte lo ha dicho con una claridad poco habitual: la época en la que se dejaba cómodamente a Estados Unidos cargar con buena parte del peso de la seguridad común ha terminado.

Los soldados se preparan en Oirshot el 19 de marzo de 2024, durante los preparativos finales del ejército holandés para su contribución al Steadfast Defender 24, el mayor ejercicio militar de la OTAN desde la Guerra FríaAFP

Bruselas sabe sancionar, fijar estándares, abrir expedientes y redactar marcos jurídicos de extraordinaria complejidad. Todo eso importa. Pero un continente no se defiende con reglamentos. La defensa exige acero, pólvora, electrónica, astilleros, satélites, radares, reservas, personal entrenado y cadenas de suministro protegidas. Exige también una cultura política capaz de explicar a sus ciudadanos que el gasto militar no es un capricho belicista, sino una póliza de libertad. Sin esa pedagogía, el rearme europeo será vulnerable a dos enemigos internos: el pacifismo automático y el populismo presupuestario.

La autonomía no consiste en separarse de EE.UU., sino en que la alianza deje de parecer una relación entre un proveedor de seguridad y unos clientes ansiosos

Hay además un riesgo industrial. Si el aumento del gasto termina en compras nacionales descoordinadas o en una nueva oleada de adquisiciones a proveedores externos, el continente habrá financiado su propia dependencia con más dinero. Europa necesita interoperabilidad, pero también escala industrial, compras conjuntas, estándares comunes y prioridad a la base tecnológica europea cuando sea posible. Y cuando digo Europa, digo Europa, no algunos países de Europa. El viejo mosaico de sistemas nacionales y rivalidades industriales no sirve para una era en la que Rusia produce en economía de guerra y China combina músculo industrial, ambición tecnológica y paciencia estratégica.

La guerra de Ucrania ha enseñado una lección que Europa no debería olvidar: en una guerra larga, la industria es estrategia. Los discursos se agotan antes que los depósitos de munición. Las cumbres se olvidan antes que las líneas de producción. Un continente que no puede reponer interceptores, artillería, drones y misiles al ritmo que los consume no tiene autonomía: tiene inventario. Y el inventario, cuando no se repone, es una ilusión contable.

España no debería mirar este debate desde la grada. Su posición geográfica, sus bases, su proyección mediterránea, atlántica y africana, su industria de defensa y sus compromisos aliados la obligan a tomarse en serio esta nueva fase. La autonomía estratégica europea no es solo un asunto del Báltico o de Polonia. Afecta también al Sahel, al Magreb, al estrecho de Gibraltar, a Canarias, al Atlántico sur, a la seguridad marítima, a la ciberdefensa y a la protección de infraestructuras críticas. Una Europa más fuerte no será necesariamente más militarista. Puede ser, simplemente, una Europa menos chantajeable.

La conclusión es amarga, pero útil. Estados Unidos no ha creado la debilidad europea: la ha desenmascarado. La eventual retirada de tropas no inaugura la intemperie; la ilumina. La autonomía estratégica no se improvisa en una crisis, no se compra en una legislatura ni se proclama en una cumbre. Se construye durante años con dinero, industria, doctrina, alianzas, reservas y voluntad política. El continente tiene recursos, tecnología, población y experiencia. Lo que le falta es convertir todo eso en poder organizado.

Durante mucho tiempo, Europa creyó que su principal aportación al mundo era haber superado la lógica del poder. Fue una idea noble, pero incompleta. El poder no desaparece porque uno deje de mencionarlo: solo cambia de manos. La tarea europea no consiste en renunciar a su vocación civil, jurídica y democrática, sino en protegerla. Y eso exige algo que el continente había preferido olvidar: la libertad también necesita capacidad de fuego, resiliencia industrial y voluntad de resistencia. La autonomía estratégica ya no es un sueño de grandeza. Es la condición mínima para no vivir a merced de los sueños de otros.

Y por cierto, el complejo Rota-Morón no es un campamento que se levante de la noche a la mañana. Es mucho más. Pero de eso hablaremos en otro artículo.

José Antonio Monago Terraza es portavoz adjunto Grupo Popular en el Senado y miembro de las comisiones de Defensa y Seguridad Nacional.