Un eurofighter español del destacamento Vilkas sale del refugio en Lituania tras ser activado por una incursión de drones en Polonia
El «ejército europeo»
Rusia, mientras impone sin provocación alguna una guerra a Ucrania, está librando al tiempo una guerra híbrida contra el resto del continente
Polemos pater panton (La guerra es la creadora de todo)
Heráclito
En toda su larga, belicosa y turbulenta historia, Europa no ha tenido seguramente una situación de peligro colectivo tan acusada como la actual. Sí, ha tenido innumerables conflictos internos, dos de ellos en el siglo pasado de tal gravedad que acabaron siendo mundiales, pero de las amenazas exteriores es difícil identificar alguna que afectara a toda la, como se ve, no siempre bien avenida comunidad subcontinental. Los otomanos fueron por dos veces lo más parecido a ello (por cierto que la segunda de aquellas invasiones, el llamado sitio de Viena de 1683, fue instigada por los húngaros, y derrotada gracias en gran medida al esfuerzo de Juan III Sobieski, Rey de Polonia y Gran Duque de Lituania; la historia no se repite, pero a menudo rima, como dijo Mark Twain). Pero la amenaza que el actual zar de Rusia ejerce sobre este subcontinente es tan notoria, indiscriminada y repartida que los líderes europeos occidentales están exhibiendo una rara coincidencia en el señalamiento de la naturaleza del problema.
Rusia, mientras impone sin provocación alguna una guerra a Ucrania (felizmente con visos cada vez más negros para el agresor), está librando al tiempo una guerra híbrida contra el resto del continente: drones que caen en Rumanía, Polonia o las Repúblicas Bálticas, o que sobrevuelan bases militares alemanas y británicas, o aeropuertos civiles, alguno tan alejado como Schiphol, obligando a interrumpir vuelos; vuelos tripulados de aeronaves militares invadiendo el espacio aéreo ajeno sin permiso; cables submarinos de comunicaciones o energía que son «accidentalmente» cortados por el ancla de un descuidado buque ruso o controlado por Rusia (Balticconnector, Estlink 2 y otros); jamming y spoofing de las señales GPS en el Báltico y Mar del Norte; ciberataques a sistemas informáticos de las administraciones; diseminación de falsas noticias; influencia indebida en elecciones en países vecinos… un sinfín de situaciones de autoría denegable, cada una de ellas por debajo del umbral de las hostilidades, pero alarmantes en su conjunto.
Un eurofighter español del destacamento Vilkas sale del refugio en Lituania tras ser activado por una incursión de drones en Polonia
De entre las muchas que se han propuesto, la OTAN (Allied Command Transformation, enero 2017) acuñó hace unos años una excelente definición de Guerra Híbrida: «El uso sincronizado de múltiples instrumentos de poder adaptados a vulnerabilidades específicas a lo largo del espectro de funciones sociales para lograr efectos sinérgicos», no sin antes advertir con loable sentido del humor que «el consenso internacional sobre la guerra híbrida es claro: nadie la entiende, pero todos, incluida la OTAN y la UE, coinciden en que es un problema». Pero el calificativo «sinérgico», que otras definiciones formales no usan, es crucial para comprender lo que sucede, más allá de las dificultades de atribución de cada acción individual.
El Artículo 2 del Tratado de Washington
Pero no solo Rusia está librando una guerra convencional no provocada y otra híbrida en Europa, sino que el principal aliado de Europa, EE.UU., está mostrando lo que sólo benévolamente podemos calificar de monumental desinterés por lo que aquí ocurre. Peor que eso: incumple flagrantemente el Artículo 2 del Tratado de Washington, fundacional de la OTAN, que reza: Las Partes […] intentarán eliminar los conflictos en sus políticas económicas internacionales y estimularán la colaboración económica entre cualquiera de ellas o entre todas.
No parece, pues, que podamos confiar en la llegada, esta vez desde fuera de Europa, de un nuevo Juan III Sobieski para ayudar a defendernos del, por ahora, presunto agresor. El Artículo 5 del Tratado es suficientemente flexible como para no estar seguro («…asistirán al atacado tomando […] las acciones que estimen oportunas, incluido el uso de la fuerza…»). Ello sin contar con que la guerra híbrida puede, como hemos visto, componerse de muchas acciones que individualmente están por debajo del umbral de lo que puede considerarse ataque armado, y acordar si la sinergia de todas ellas consideradas en conjunto sí lo supera, es algo muy arduo que puede poner a prueba los mecanismos de decisión de las estructuras colectivas europeas. La diferente percepción del nivel de amenaza entre los europeos próximos y los más alejados de la frontera con Rusia es otro evidente factor que complica las decisiones.
El fantasmal remedio: «ejército europeo»
Pero a pesar de esas diferencias que producen las distancias, además de la dependencia de energía barata de algunos de los próximos, y en algún caso la mutua adoración de los autócratas, en rara unanimidad las naciones europeas están de acuerdo en que la situación requiere tomar medidas extraordinarias. Así pues, no sólo están de acuerdo en el diagnóstico, sino en la necesidad de poner remedio. El problema es determinar cuál es ese remedio, y esta Europa de comerciantes, no sorprendentemente, ha llegado a la conclusión de que lo que hay que hacer es gastar más dinero en armamento, producir más, hacerlo en Europa, y, si es posible, cooperando entre los miembros de la Unión Europea (y unos pocos asociados, singularmente el Reino Unido, Noruega, Canadá y alguno más).
Bien está, nada que objetar. El armamento es indispensable, y a más abundamiento, el ritmo al que, en las guerras de este siglo XXI, se gasta el material y la munición en combates es algo que era inimaginable hace bien pocos años, por lo que no solo la calidad, sino también la cantidad son cruciales. Hay que producir, innovar, volver a producir y repetir el ciclo. Pero ello no nos debe hacer olvidar los otros componentes de la capacidad de combate: el personal (incluido su adiestramiento) y la organización.
100.000 soldados
Y en una aparente, pero solo aparente, demostración de que no lo olvidan, las mismas voces políticas que proclaman la necesidad de reactivar la industria de defensa dejan caer el sintagma «ejército europeo» como destinatario y usuario de ese material. En ello coinciden todos los principales dirigentes de las naciones europeas, como deseosos de que, si esa carga ha de caer sobre ellos, mejor colectivizarla y así evadir la responsabilidad, incluido el presidente del Gobierno español, cuya desafección por lo militar es notoria, pero también el Comisario Kubilius, encargado de las cuestiones de defensa en la Comisión (lo que implícitamente limita sus responsabilidades a las cuestiones industriales, pues la defensa per se es asunto del Consejo) que ha cifrado su entidad en 100.000 soldados.
El Ejército de Tierra participa en Strong Lineage 26, el ejercicio de la OTAN en Eslovaquia
Dejando aparte la posibilidad de que esa alusión al «ejército europeo» esté contaminada por la costumbre española de usar «ejército» como sinónimo de fuerzas armadas, lo que incluiría a las fuerzas navales y aéreas, quisiera analizar cuál es el significado y alcance de ese supuesto ejército europeo. Juzgando por los comentarios periféricos a la enunciación de ese deseo (no lo puedo llamar proyecto por falta de concreción) parece que sería una fuerza multinacional acuartelada allá por las llanuras centroeuropeas, dotada de carros de combate, vehículos de combate de infantería, artillería, en fin, toda la parafernalia necesaria, pero eso sí, uniforme para todos los participantes, y con cuadros de mando de procedencia común. Ausente de todas esas expresiones de deseo está una referencia a la imprescindible estructura de mando, la capacidad de planeamiento, la dependencia política, en fin, todo lo necesario estructuralmente para que una fuerza militar pueda operar.
Las nada fantasmales fuerzas multinacionales
Lo cierto es que Europa, a falta de esos elementos, ya cuenta con fuerzas multinacionales que hacen claramente innecesario ese «ejército europeo». La fuerza terrestre multinacional más notoria, y de mayor solera, es el Eurocuerpo, que tiene contribuciones, varias de ellas de nivel divisionario (aunque ahora está configurado de otro modo) de Alemania, Bélgica, España, Francia, Países Bajos y Polonia, además de la brigada franco-alemana, la fuerza multinacional más integrada que existe. Pero también está el Cuerpo de Ejército Multinacional Nordeste, con cuartel general en Szczecin, Polonia, y contribuciones de Alemania, Polonia y Dinamarca; o el componente terrestre (nivel división) de la Fuerza Conjunta Expedicionaria, liderada por el Reino Unido, a la que contribuyen nada menos que diez naciones del norte de Europa; y, en fin, varios cuarteles generales de niveles de cuerpo de ejército (entre ellos el español en Bétera) y de división, así como un cierto número de grupos de combate, todos ellos con fuerzas nacionales o multinacionales permanentemente asignadas y con las que se ejercitan periódicamente. Es preciso señalar que la mayor parte de estas fuerzas, particularmente los cuarteles generales de cuerpo de ejército (llamados NATO Rapid Deployment Force) están primariamente ofrecidas a la OTAN, pero casi todas ellas están compuestas por fuerzas exclusivamente europeas y no existe impedimento legal para asignarlas a otro fin.
En el ámbito naval existen la Fuerza Anfibia Anglo-Holandesa y la Fuerza Anfibia Hispano-Italiana, así como la Euromarfor (España, Francia, Italia y Portugal), el mando BENELUX (Bélgica y Países Bajos) y el componente naval de la Fuerza Conjunta Expedicionaria antes mencionada. Estas fuerzas, junto con la permanente contribución de unidades navales casi exclusivamente europeas a los Standing NATO Maritime Groups y Standing NATO Mine-Countermeasures Groups, permiten asegurar que los buques de las marinas europeas operan a la perfección encuadrados en una fuerza multinacional.
En la fuerza aérea, desafortunadamente, los mandos multinacionales solo se han acordado para la aviación de transporte, pero la capacidad de las fuerzas aéreas de combate para operar bajo mando internacional está siendo demostrada a diario.
No se ve muy bien, por lo tanto, qué se desea ver en ese «ejército europeo» que no exista ya. La doctrina es común, el adiestramiento avanzado casi siempre en ambiente multinacional. Solo la logística es deficiente a causa de la fragmentación de la industria de defensa, pero esto no lo arregla el declarar europea a una fuerza.
Unidades de la OTAN del Grupo Marítimo Permanente 1 (SNMG1) participaron en el ejercicio liderado por Francia Polaris 25
Quien esto escribe tuvo en su día el honor de mandar un barco en la Fuerza Permanente de la OTAN del Atlántico (STANAVFORLANT) y, pocos años después, de mandar la otra fuerza permanente (STANAVFORMED). En ambos casos hubo ocasiones delicadas, pero las órdenes llegaban de los mandos superiores de la OTAN y simplemente se cumplían. Claro que primero se habían debatido en el Comité Militar y Consejo Atlántico, donde las naciones habían tenido su oportunidad de objetar hasta alcanzar el consenso. Solamente pude ver a EEUU retirar en varias ocasiones a su barco de la fuerza, por razones banales o incomprensibles, pero nunca ví a ningún barco europeo o canadiense (solían ser 8 ó 9 en total) abandonar la fuerza por órdenes nacionales. No se ve, pues, desde el punto de vista de llevar a cabo misiones de la defensa colectiva, la necesidad, ni siquiera la conveniencia, de un «ejército europeo».
El caso legal
En un reciente y excelente trabajo (Fuente Cobo, Ignacio y Castilla, Juan C. Europa o nada: cómo evitar la tormenta perfecta y construir un pilar militar europeo. Documento de Análisis IEEE 43/2026) citan los autores al anterior Alto Representante Josep Borrell diciendo «no hay ejército sin Estado y la UE aún no es un Estado», lo que parecería excluir la mera posibilidad legal de un «ejército europeo», tanto fuera como dentro de la Unión Europea.
Sin embargo, no faltan contraejemplos. El escuadrón NATO Airborne Early Warning and Control Force, crucial para la defensa de Europa, es propiedad de la OTAN, no de las naciones aliadas. Y el hecho de que la Unión Europea sea signatario de pleno derecho de la Convención de las Naciones Unidas para el Derecho del Mar (UNCLOS) la habilita para arbolar su bandera en cualquier barco, incluidos los de guerra, aunque este derecho no haya sido ejercido hasta ahora. Y si buscamos en la historia desde que existe la nación-estado, la británica East India Company, una compañía estrictamente comercial, llegó a tener un ejército de 200.000 soldados, absolutamente independiente de la Corona.
Izado de la bandera española en el Camp Slavia de Lest (Eslovaquia), en misión de la OTAN
Contentémonos pues con las razones de orden práctico sin necesidad de argumentar la imposibilidad legal, pues como vemos tiene agujeros. De hecho, la discusión actual entre conocedores de estos entresijos se centra principalmente en las estructuras políticas y militares que ampararían y utilizarían esta fuerza, no en la existencia de la fuerza en sí. Y por supuesto, como hemos advertido anteriormente, sobre el material y su procedencia.
Los mecanismos de toma de decisiones
Uno de los aspectos que suscita controversia es el mecanismo de toma de decisiones. Tanto en la OTAN como en la UE en asuntos de defensa el procedimiento normalizado es el consenso, que suele ser confundido con la unanimidad, pero que es diferente. En la unanimidad (como ocurre en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero solo para los miembros permanentes) cuando un asunto se somete a decisión, si alguien discrepa la iniciativa muere. En el consenso, la iniciativa se modifica para satisfacer al discrepante, se vuelve a modificar si alguien está en desacuerdo con la anterior modificación, y así sucesivamente hasta la aprobación. El sistema es laborioso, pero muy raramente falla. Su lentitud, no obstante, irrita, y para superar el problema se proponen otros mecanismos más expeditivos, como la votación mayoritaria, simple o cualificada.
Sucede, sin embargo, que en asuntos militares esto es delicado: los que han votado en contra, si su objeción nacional es de entidad, podrían sentirse forzados a no participar (suponiendo que estamos hablando de un plan de operaciones o similar), privando así a la fuerza de capacidades tal vez cruciales. Para ello, y en la hipótesis razonable de que, si el consenso es imposible de alcanzar, es a causa de un número muy reducido de participantes, existe en este sistema un mecanismo llamado «abstención constructiva» por el que quien no desea participar puede ser excluido de la fuerza y de todas las decisiones relacionadas con ella. Este mecanismo fue ejercido, por ejemplo, por Grecia en la OTAN en la guerra de Kosovo, acción en defensa de la perseguida minoría albanesa de la que Grecia discrepaba por su afinidad cultural/religiosa con Serbia, el agresor. Por similares razones, Chipre no reconoció la independencia de Kosovo, y ha usado el mismo mecanismo en la UE para abstenerse en la misión EULEX.
Dos aviones SU-24D Fencer de la Fuerza Aérea Rusa interceptados que volaban en el espacio aéreo internacional cerca de las fronteras de la OTAN
En aquel caso la hipotética contribución griega habría sido genérica, simplemente más fuerzas de lo mismo. Pero podría ocurrir que una nación tenga «fuerzas-nicho», especialidades que posee en exclusividad o de más calidad que las de los demás. Las naciones, con razón, huyen de la especialización de sus fuerzas: todas, por fieles que sean a la organización multinacional a la que pertenecen, quieren tener algún grado de autosuficiencia. Pero inevitablemente, sobre todo las más pequeñas, acaban cultivando una especialidad donde alcanzan excelencia. Así, Estonia es un referente en ciberdefensa, o Eslovenia en intervenciones subacuáticas. Estos casos, y otros que hay o aparecerán, se avienen mal con la votación mayoritaria y el implícito riesgo de que una especialidad crucial se quede fuera.
No hay duda, como se apuntaba más arriba, de que esas fuerzas europeas no deben ser privativas de la UE, sino que han de integrar otras naciones europeas que no son miembros, como mínimo el Reino Unido y Noruega. Ello proporciona a los proponentes de la votación mayoritaria una oportunidad para introducirla, ya que el mecanismo de decisión sería externo a la UE y a la OTAN. Creo, sin embargo y por las razones aludidas, que se debe conservar el consenso.
Conclusiones
Debemos, pues, concluir que las referencias a un «ejército europeo» no son sino una falacia tendente a difuminar en una hipotética organización colectiva las obligaciones nacionales, ciertamente incluidas las de contribuir a la defensa de Europa. Pero estas deben por el momento centrarse en el espinoso asunto de cómo organizar una defensa europea, tal vez una Unión de Defensa Europea formal, en presencia de una OTAN que está siendo despreciada, tal vez en el futuro abandonada, por su principal aliado, precisamente cuando la necesidad de una defensa colectiva en Europa es más acuciante.
En esa organización se presentan como más difíciles de solventar las dificultades teóricas y prácticas de reunir a la Unión Europea y sus 27 Estados Miembros con Aliados que no lo son, particularmente el Reino Unido y Noruega. Entre esas dificultades están la maraña de acuerdos entre OTAN y UE, como los llamados Berlin Plus, la deseable presencia de la propia UE representándose a sí misma en la OTAN, y sobre todo la total carencia de una estructura de mando que, desde la Unión Europea o desde esa hipotética Unión de Defensa Europea, permita planear, organizar y mandar las fuerzas que Europa posee, estructura que es imprescindible crear de manera permanente y no improvisar.
A resolver esos y otros problemas se están aplicando diversos organismos: la Comisión Europea por medio del Comisario Kubilius, diversos think tanks, organizaciones externas plurinacionales, como Eurodefense, y otros. Sigamos con atención sus trabajos, pues la seguridad futura de Europa depende de su acierto, pero no tratemos de interferirlos con propuestas inanes y frívolas como la del «ejército europeo».
Y si hay dudas sobre la capacidad europea para resolver el problema, recordemos lo que dijo Samuel P. Huntington: «Occidente conquistó el mundo no por la superioridad de sus ideas, valores o religión, sino más bien por su superioridad en la aplicación de la violencia organizada; los occidentales suelen olvidar este hecho, los no occidentales nunca».
Fernando del Pozo
Analista de Seguridad Internacional en el Instituto para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria.
Almirante (Ret)
Miembro de Eurodefense-España