El submarino Galerna (S-71) regresando a Cartagena, tras más de 500 horas en inmersión
Mi primera inmersión
Y al final llego el momento, después de tanta preparación, de tanta repetición ante situaciones de riesgo, de reducir el tiempo de respuesta ante eventos de riesgo, la teoría dio paso a la necesidad de su puesta en práctica
Soy eso que dicen un submarinista veterano, no por nada, simplemente porque el tiempo, los años, me ha convertido en eso. Toda esta historia comenzó en el año 1981, hace ya 45 años, nada más y nada menos. Hoy me he desperado pensando en aquellos momentos y me gustaría compartirlos con ustedes.
Lo primero que debería explicar es el motivo por el que decidí convertirme en submarinista y unirme a esta gran familia que representa el Arma Submarina y que siempre llevas en tu corazón, estés o no estés allí. Y he afirmado que yo elegí este camino porque así fue, un chiquillo de Redondela, con vinculaciones familiares al mar por muchos miembros de su familia, decidió que él quería navegar por las profundidades.
Mi padre, en aquella época, era el dueño y patrón de un pesquero dedicado al «arte del cerco», que operaba principalmente en la Ría de Vigo, aunque también se desplazaban al norte de Portugal y a las rías gallegas de más al norte. El nombre del barco era Isabel y Jorge I, en honor de sus dos hijos y que anunciaba los sucesivos barcos con ese mismo nombre. Mi abuelo materno fue uno de los primeros «Patrones de Altura de Galicia», hombre muy respetado entre los de su gremio, en el puerto pesquero de La Guardia. Desde que nací estuve rodeado de mar y de marineros, aunque no tenía vinculación alguna con los marinos. El único vínculo con el mundo militar, con la Armada de aquel momento era mi padrino, Alfredo Torres, suboficial mecánico destinado en el Arma Submarina, formando parte de la dotación del Submarino S-62 (Tonina). De su boca escuche por primera vez la palabra «submarino» y desde ese momento decidí que mi vida como marino estaría ligada a esas máquinas poderosas.
En 1981 me trasladé a Cartagena para realizar el Curso de Submarinos, al final del cual obtenías tu maravilloso distintivo de submarinista, una silueta dorada de un submarino que ya siempre luciría en mi uniforme, en la parte derecha de mi pecho. Obtenerla se convirtió en uno de los momentos más felices de mi vida militar. La primera vez que la colocaron en mi pecho se convirtió en un momento que siempre tendrá un lugar especial en mis recuerdos.
El curso de submarinos se componía de dos fases, una teórica, en las instalaciones de la Escuela de Submarinos, que se complementaba con un breve periodo embarcado en prácticas en un submarino. Pero antes de llegar a ese momento, permítanme describirles mi primer día, mi llegada a la Base de Submarinos de Cartagena. Nunca había visto un submarino y aquel día pude observarlos atracados en sus fosas. En aquel momento la Flotilla de Submarinos estaba compuesta por 8 submarinos, 4 submarinos de procedencia estadounidense, los Guppy, y cuatro de patente francesa, los Daphne. También los conocían como los de la Serie 30 y los de la Serie 60, por sus numeraciones identificativas de color blanco. En aquel momento histórico también estaba en construcción el primer submarino de la Serie 70, el Galerna, que sería botado en ese mismo año.
Estar allí me produjo una emoción especial y también un cierto nerviosismo. Ya había llegado a donde había elegido, pero resultaba algo preocupante pensar en el momento en el que, ya como dotación de uno de ellos, se produjese ese viaje a las profundidades marinas. En aquel momento yo desconocía si eran muy operativos o poco, pero es primera visión es otro recuerdo imborrable. A simple vista, los Guppy eran mucho más grandes que los Daphne, que realmente parecían muy pequeñitos y no quería imaginarme el interior, aunque el tiempo me permitió muy rápido despejar mis dudas.
El submarino Galerna regresa al Arsenal de Cartagena
Lo primero que descubrí en el curso de submarinos fue que la tripulación (dotación) de un submarino es un equipo tremendamente especializado, los errores en inmersión se pagan muy caros, es necesaria una rápida respuesta ante cualquier evento hostil, proceda del exterior o de la propia máquina, debe solventarse con rapidez y es por ello por lo que los simuladores ubicados en la escuela eran herramientas fundamentales en la preparación de estas dotaciones. Cualquier miembro de la tripulación debe conocer los sistemas generales de aire, eléctricos, hidráulicos y muchas cuestiones generales, que nada tienen que ver con su especialidad, pero una válvula vital puede tener que cerrarla el cocinero y no puede esperar a que se persone el mecánico. Así es la vida a bordo, todos dependemos de todos y así te formaban en aquel curso.
Y al final llego el momento, después de tanta preparación, de tanta repetición ante situaciones de riesgo, de reducir el tiempo de respuesta ante eventos de riesgo, la teoría dio paso a la necesidad de su puesta en práctica. Por fin embarcaríamos para vivir y trabajar realmente en un submarino. Nos reunieron para comunicarnos en qué submarino teníamos nuestras prácticas. Escuche con atención cuando el instructor dijo «Jorge Gómez, al S-62» (Tonina). Nos presentaríamos a la mañana siguiente en el submarino que correspondía a cada uno.
Aquella noche no dormí bien, solamente pensaba en el momento de embarcar y en mi primera inmersión, ese momento que iba a consagrar mi profesión a la navegación por los fondos marinos para la protección de unidades de nuestra armada o para la vigilancia de nuestras costas. Estaba inmensamente feliz, pero algo preocupado, si digo lo contrario estaría mintiendo y si alguno de mis compañeros no lo estaba no era por una cuestión de valentía sino más bien por alguna cuestión relacionada con la inconsciencia.
Aquella mañana, después de las presentaciones de rigor, caminé por el portalón que daba acceso al S-62, me detuve y giré para saludar a la bandera y me encaminé hacia la escotilla de popa. Al bajarla me percaté que estaba en un momento esencial en lo que sería mi vida como marino, mi vida como submarinista, estaba entrando en la realidad, que habíamos ensayado mil veces, pero que ahora era verdad.
Nada más embarcar me comunicaron que estábamos preparándonos para salir a la mar para realizar un ejercicio de lanzamiento de torpedos, que me incorporase al puesto que me habían indicado y que procurase fijarme en todo y no molestar en nada. Me dirigí a la zona de propulsión, donde me presenté al suboficial jefe de propulsión y allí me quedé, atendiendo a todo lo que se movía, o al menos intentándolo.
Aquella máquina, en sus entrañas tenía una actividad tremenda, había profesionales, todavía no me atrevía a decir compañeros, que se movían o que estaban sentados en sus puestos de control, unos accionaban válvulas, otros interruptores, otros comprobaban manómetros o indicadores de todo tipo. Todos sabían lo que tenían que hacer, todos funcionaban como si fuesen un reloj, todo se comprobaba para llevar a cabo el momento final, la inmersión, en el lugar adecuado y con el objetivo ordenado.
De repente aquella máquina comenzó a moverse, algo que anunciaba que nos hacíamos a la mar. Después de un tiempo navegando, no soy capaz de decir cuánto, aunque creo que dos horas o más, un marinero se acercó a propulsión para decirme que el comandante había ordenado que me acercase a la Cámara de Mando. Recorrí el poco espacio que separaba la Cámara de Propulsión, el corazón del submarino, para llegar a la Cámara de Mando, el cerebro de la máquina, el lugar desde el que se dirigía. Un poco más adelante estaba la Cámara de Torpedos, que eran los puños del submarino, el lugar desde el que se golpeaba al enemigo.
El comandante Baturone Santiago había ordenado que me llamasen para que fuese testigo de mi primera inmersión desde aquel lugar de privilegio, algo que le agradezco porque constituye nuevamente un recuerdo imborrable de mi vida profesional. Creo que algo tuvo que ver que el Jefe de Central para aquella inmersión era mi padrino, Alfredo. Ese era un puesto clave que era ocupado por un suboficial con mucha experiencia, que había superado el curso que lo habilitaba y que estaba encargado de supervisar los sistemas de control de los lastres, la estabilidad, la compensación de pesos y tomar decisiones iniciales ante emergencias en inmersión.
En mi caso no se podía sentir más orgullo, mi primera inmersión, en un puesto de privilegio y observando la maestría de mi padrino, no se podía pedir más. De repente desperté de aquel embobamiento cuando sonaron las alarmas características que anunciaban la inmersión. El oficial y todos los que estaban en la vela procedieron a cerrar la escotilla y bajar a la cámara de mando para dar la novedad al comandante y este ordenó «inmersión a cota 50 con 5 grados de inclinación a bajar». De repente se escuchó un estruendo importante cuando el jefe de Mando ordenó abrir los lastres y el agua comenzó a sustituir el aire que contenían. El submarino se comenzó a inclinar y comenzó mi primera inmersión y, aunque tenía un ligero cosquilleo en el estómago, comencé a disfrutar de aquel maravilloso momento.
Cuando llegamos a los 50 metros de profundidad comenzaron a hacer comprobaciones, a realizar mediciones y a prepararnos para algo que venía después, la inmersión a más profundidad con una inclinación mayor. Una vez estuvimos preparados, no sabría decirles después de cuanto tiempo, el comandante volvió a dar una orden: «Cota 150 con 30 grados de inclinación a bajar». Aquello ya fue otra cosa diferente, esa inclinación es mucha y solamente aciertas a agarrarte a lo que puedes para no salir disparado. La verdad era impresionante observar lo que aquella máquina con sus tripulantes era capaz de hacer.
Durante toda la experiencia sentí que era un ser privilegiado por poder estar allí, por aprender de mis futuros compañeros, por no sentir miedo al estar seguro de su profesionalidad, de «rey a paje» eran un equipo perfecto que permitía que en circunstancias como aquellas no sintieses miedo. Bueno, si soy sincero, solamente una cuestión me hizo sentir un poco de preocupación, el ruido que hacían las mamparas de separación de compartimentos a partir de cierta profundidad. Eran unos ruidos secos que no supe identificar y que estaban relacionados con la compresión que sufría el casco del submarino. Sería algo largo de explicar, pero no me permití poner ni una sola mueca de miedo, si ellos no la ponían era porque todo era normal y no sería yo el que fastidiase aquella normalidad.
Aquella fure mi primera inmersión de muchas que vendrían después, aquel fue mi inició y hoy, 45 años después, sigo sintiendo el orgullo de haber estado allí y de esa insignia que luce en el pecho de mi uniforme y en la mente de este militar, que eligió ser marino, pero la vida le llevo también por otros derroteros. Muchas de aquellas acciones, de aquella vida en un ambiente hostil, con poco espacio, con aires no muy bien depurados, con humedad y refrigeración solamente pensada para los equipos y no para las personas, con muchas tomas de café, durmiendo mal y poco, hoy pasan factura en la salud de algunos compañeros y va por ellos este artículo, por su valentía y el esfuerzo que realizaron y realizan para estar preparados para defender nuestro país.
Con el final del curso, y la obtención del distintivo que ya me reconocía como miembro del Arma Submarina, recibí otra gran alegría que también forma parte de mis grandes recuerdos. Junto con otros compañeros había sido elegido para formar parte de la dotación de quilla del S-71 (Galerna).