Dos militares vigilan la frontera entre España y Marruecos, en Ceuta
Ceuta: aquella cuna de La Legión
Aquel grito de auxilio, el socorro del «¡A mí la Legión!» de antaño, se ha visto ahogado por la desidia, desafección y dejación de los que, en su privilegiada atalaya y poltrona, han hecho de la traición y la indignidad la antítesis de la otrora resolutiva capacidad de prevención, acción, respuesta y gestión del conflicto.
Este domingo 20 de septiembre no es una fecha cualquiera en el calendario de las efemérides militares de España. Se conmemora el 106° (CVI) aniversario de la fundación del Tercio de Extranjeros, nuestra actual Legión Española.
Hace más de un siglo, allá por 1920, comenzó a forjarse una de las unidades más icónicas, aguerridas, laureadas y respetadas de nuestro Ejército con la llegada a Ceuta de los primeros contingentes de hombres procedentes de diversos puntos de la Península, aunque con orígenes de toda condición, clase y nación.
Sin embargo, este aniversario no puede limitarse a una mera mirada nostálgica a pretéritas glorias y anónimas intrahistorias de aquellos valientes que, sin duda, dieron el primer y decidido paso para alistarse al Tercio de Extranjeros por la gloria de la Patria y, seguramente sin saberlo, el rescate de decenas de miles de compatriotas que evitaron tener que ir a combatir en Marruecos por conscripción. Ese gesto, sin duda, serviría para salvar numerosas vidas de aquellos bisoños e inexpertos quintos que se presentaban en sus destinos africanos como carne de cañón para la mira de los tiradores rifeños. El constante goteo de muertos desde la Guerra de África en 1859 a la Guerra del Rif iniciada en 1909, pasando por el Desastre de Annual en agosto de 1921, había dado fe y dejado el trágico y alarmante legado de bajas que, con la irrupción del Tercio y sus combatientes «profesionales», quedaría recortado y sanado como venda que cubre la sangrante herida causada por nuestro enemigo norteafricano.
Hoy, en este nuevo aniversario, el sagrado grito de auxilio del Credo Legionario, el «¡A mí la Legión!», si cabe, cobra mayor fuerza y urgencia con el desgarrado eco de una población ceutí –esa que por primera vez dio la bienvenida al Tercio en 1920– que, olvidada, asediada y restringida en sus libertades, sufre el vil acoso y derribo de sus invasores tras los traumáticos acontecimientos originados por la consentida invasión y la posterior crisis desencadenada desde finales del pasado mes de julio.
Para comprender la esencia del auxilio legionario es preciso remontarse a las raíces de su creación. Durante aquel verano de 1920, la propaganda del recién gestado Tercio de Extranjeros había inundado paredes y fachadas de innumerables ciudades españolas con carteles que llamaban a la aventura, pero también al posible olvido: «¡ESPAÑOLES Y EXTRANJEROS! ¡AL TERCIO!», rezaba el texto en mayúsculas de una invitación cursada a todo aquel que quisiera correr un tupido velo sobre su pasado como luego recordaría y refrendaría La canción del legionario, uno de los primeros himnos, con aquello de «cada uno será lo que quiera, nada importa su vida anterior».
En los muelles de Algeciras se fueron concentrando grupos de hombres de diferente calado, visible en su heterogeneidad en la vestimenta, el color de su piel o, incluso, el dialecto o idioma que hablaban. Como en botica, había de todo. Aquella primera reunión del puerto algecireño contaba con la presencia de algo más de doscientas almas. También, se detectaba a la legua el que, por sus manos o tez curtida y morena, trabajaba en la obra, el campo o había ejercido tal o cual oficio. Así era la inmensa mayoría. De ahí, su pobre indumentaria compuesta por una camisa blanca, pantalón oscuro de tergal con un cinturón –no siempre– de loneta, viejos zapatos desgastados por el uso o alpargatas negras y la presencia de un sombrero de paja o boina raída sobre cabezas que no parecían haber pensado en lo que les depararía el destino.
Había otra camarilla que, a simple vista, imponía una cierta distancia por su chulería, la forma de coger el cigarro o fumar y las carcajadas e historias que contaban en un círculo ciertamente exclusivo para, como decían en las horas de espera, todo aquel que había pisado «talego». Era muy numeroso y se componía de ex-convictos de la Cárcel Modelo de Barcelona, muchos con condenas pendientes tras las revueltas anarquistas de años antes en la propia Ciudad Condal. El Tercio les había brindado la posibilidad de alcanzar su libertad, de redimirse, de expiar sus culpas en defensa de la Patria y muchos habían aceptado la suculenta oferta en busca de la preciada libertad perdida.
Ni que decir tiene que el eco de la flamante y atractiva cartelería invitando al alistamiento al Tercio de Extranjero había cruzado nuestras fronteras; principalmente, con franceses –por proximidad y la existencia previa de la Legión Extranjera– y alemanes o ingleses, por su reciente experiencia en el frente francés durante la Gran Guerra. Además, había algún voluntario procedente de América, del otro lado del Atlántico: de los Estados Unidos –los menos– y un divertido grupo de cubanos que, bailando y cantando, contagiaban su alegría ante el panorama de incertidumbre que allí se respiraba junto al fuerte olor a salitre, pescado y combustible de los barcos. Lógicamente, estaban en un entorno marinero, en un muelle con la lonja muy próxima y esa costa más meridional de España que, prácticamente, permitía asomarse al norte de África y otear Ceuta, la perla del Mediterráneo que aguardaba la llegada de sus nuevos hijos.
La primera jura de bandera de La Legión española en octubre de 1920 en el llano de El Tarajal, Ceuta
Todos, ya en cubierta, tenían una vida pasada, algo que contar sobre su celda, su novia, su amante, su vecina, su abogado, su juez, su reyerta, su crimen, su deuda, su víctima, su trabajo, su sueldo, su pueblo, provincia o país de origen...Todos tenían un pasado que ocultar o, en algún extraño caso, del que sentirse orgulloso para relatar al resto. Y, por supuesto, había venturas, desventuras, fracasos, desengaños, traiciones, promesas, sueños, ajustes de cuentas y la esperanza del estipendio ofrecido por el Tercio. Indudablemente, este suponía un seguro de vida desde un punto de vista económico si, ¡claro está!, la Muerte permitía más días de vida de ventaja una vez enfundado el sarga hasta sibilinamente embaucarte con su fantasmal presencia antes de sucumbir a sus encantos. No había Novia más letal.
Y así lo anunció en una hipnótica arenga un tal Millán-Astray, enérgico y seguro, teniente coronel de los recién desembarcados en el muelle ceutí: «Habéis venido aquí para morir», fueron algunas de sus primeras palabras delante de una estupefacta formación en la que muchos parecían desperezarse ante la proximidad de la inminente pesadilla advertida por el jefe del Tercio de Extranjeros en su primer «aviso a navegantes».
Así, a bocajarro, sin anestesia ni cortapisas, alto y claro, resonaba esa primera frase cuando, alentados y aplaudidos por desconocidos, subían en columna de a tres acompañados de sus nuevos paisanos por calles repletas desde el puerto hasta las dependencias del Cuartel del Rey para firmar su compromiso con el Tercio y, por ende, con una España necesitada de valientes que no dudasen en dar su vida con un aparentemente antagónico «¡Viva la muerte!».
Era la acometividad y versatilidad del Tercio, la disposición y disponibilidad de los primeros «legías»: ¡Legionarios a luchar, legionarios a morir!; luchar para vivir o morir, según el caprichoso criterio de la parca y su guadaña, cuando la Amada, irresistible y arrebatadora, se presentase para desposarse y, así, ser fiel a su promesa como leal compañera.
Y, casualmente, es esa dualidad la que nos dejan las inmediaciones del Tarajal ceutí: a finales de octubre de 1920, hace 106 años, aquellos hombres besaban la enseña nacional en aquel llano. Era cuestión de cumplir con el noble juramento de servir y defender la Patria con un plus añadido: el dictado de los doce espíritus del Credo Legionario redactado por Millán-Astray. Hoy, en 2026, el espigón del Tarajal, paradójicamente, no ofrece la seguridad y presencia de hombres que buscaban la gloria en defensa de su Nación.
Aquel grito de auxilio, el socorro del «¡A mí la Legión!» de antaño, se ha visto ahogado por la desidia, desafección y dejación de los que, en su privilegiada atalaya y poltrona, han hecho de la traición y la indignidad la antítesis de la otrora resolutiva capacidad de prevención, acción, respuesta y gestión del conflicto. Del nacimiento en aquella cuna legionaria a una actualidad marcada por el presente lecho del sufrimiento de Ceuta.