Campaña del Rif, 1921

Soldados españoles durante la Campaña del Rif en 1921

Cuando la guerra se detenía: las noches de los legionarios en el Rif

Entre las montañas del Rif, mientras el viento golpeaba las tiendas de campaña y los disparos resonaban a lo lejos, aquellos legionarios descubrieron que la mejor defensa contra el miedo no siempre era un fusil

En la memoria colectiva, las campañas de Marruecos suelen evocarse como una sucesión de combates, desembarcos y acciones heroicas. Sin embargo, quienes participaron en aquella guerra dejaron también testimonios de una realidad mucho menos conocida: las largas horas de espera entre combate y combate.

En esos momentos de aparente calma, lejos de las grandes operaciones militares, afloraban las emociones, los recuerdos y las pequeñas rutinas que ayudaban a soportar una existencia marcada por la incertidumbre.

Uno de esos testimonios nos permite asomarnos a la vida cotidiana de los legionarios españoles durante la campaña del Rif en los años veinte. Sus páginas hablan de trincheras, vivacs y montañas, pero sobre todo de hombres que intentaban conservar su humanidad en medio de un conflicto que parecía no terminar nunca.

Las noches eran el momento más difícil. Cuando desaparecía el ruido de la actividad diaria y el silencio se extendía por las posiciones avanzadas, comenzaba una batalla distinta. No era el enemigo quien más preocupaba a muchos legionarios, sino sus propios pensamientos.

El autor de estas memorias, el alicantino Pepe Bordera Furió, describe aquellas horas como un enfrentamiento con los recuerdos. La oscuridad obligaba a muchos hombres a encontrarse consigo mismos.

Durante el día existían distracciones: marchas, trabajos, ejercicios, conversaciones o combates. Pero la noche imponía una pausa inevitable. Entonces regresaban imágenes de la infancia, de los amores perdidos, de los errores cometidos y de las vidas que habían quedado atrás.

Para combatir esa sensación de aislamiento surgieron formas espontáneas de convivencia. Una de las más curiosas era la costumbre de reunirse alrededor de un brasero o de una hoguera para escuchar historias.

En aquellos improvisados círculos de narradores aparecían personajes de toda condición. Algunos relataban aventuras reales; otros transformaban su propia biografía en auténticas novelas por entregas. Los oyentes seguían aquellas narraciones con la misma expectación con la que un lector moderno espera el siguiente capítulo de una serie.

Había historias de viajes, de tragedias familiares, de amores frustrados y de episodios vividos en lugares remotos. El campamento se convertía durante unas horas en un pequeño teatro donde cada hombre podía olvidar temporalmente la guerra.

La lectura también desempeñaba un papel fundamental. En las posiciones aisladas circulaban libros, periódicos y cuadernos manuscritos. Algunos legionarios escribían poemas; otros redactaban diarios; unos cuantos se aventuraban incluso a componer novelas. El acto de escribir permitía ordenar pensamientos y mantener un vínculo con una vida diferente.

Pero nada tenía tanta importancia como el correo. Las cartas constituían uno de los acontecimientos más esperados. Su llegada podía transformar por completo el ánimo de una unidad.

Los hombres que recibían noticias de sus familias o de sus madrinas de guerra experimentaban una alegría difícil de describir. Aquellas hojas de papel representaban una conexión tangible con España. Las madrinas de guerra ocuparon un lugar especial en este universo emocional. Mujeres que escribían a soldados desconocidos enviándoles palabras de ánimo, fotografías o pequeños regalos.

Para muchos combatientes aquellas cartas suponían una fuente de esperanza. Incluso cuando idealizaban la realidad o alimentaban ilusiones imposibles, cumplían una función esencial: recordar al soldado que alguien pensaba en él. No todos tenían esa suerte.

El mismo testimonio describe la tristeza de quienes observaban cómo sus compañeros recibían correspondencia mientras ellos permanecían olvidados. Era una de las formas más silenciosas de sufrimiento. La ausencia de cartas se convertía en una confirmación dolorosa de la soledad.

El humor constituía otro mecanismo de supervivencia. Los legionarios desarrollaban una capacidad extraordinaria para reírse de sí mismos y de las circunstancias más adversas. El aburrimiento de los días lluviosos daba lugar a competiciones improvisadas, juegos infantiles y bromas constantes.

En ocasiones aplaudían la aparición del sol como si se tratara de una celebridad. Otras veces convertían una caída en el barro en un espectáculo colectivo. Aquellos hombres, endurecidos por la campaña, recuperaban durante unas horas comportamientos propios de la infancia.

No era una contradicción. Precisamente porque convivían a diario con la muerte, valoraban más que nadie esos pequeños momentos de despreocupación.

Entre las presencias más queridas del campamento figuraban las mascotas. Perros, monos o incluso jabalíes acompañaban a las unidades y se convertían en auténticos miembros de la comunidad.

Sus travesuras rompían la monotonía y ofrecían una forma sencilla de afecto en un entorno donde escaseaban los vínculos familiares. La relación con esos animales revela un aspecto poco conocido del mundo militar. Muchos combatientes encontraban en ellos una lealtad incondicional que mitigaba la sensación de desarraigo.

En cierto modo, representaban un fragmento de normalidad trasladado a las montañas del Rif.

La vida en los campamentos tampoco carecía de momentos de camaradería intelectual. Algunos legionarios compartían relatos de viajes, experiencias coloniales o conocimientos adquiridos antes de alistarse.

En un mismo refugio podían coincidir aventureros, campesinos, aristócratas arruinados, emigrantes retornados o veteranos de otras guerras.

La Legión reunía trayectorias vitales extraordinariamente diversas. Por eso las conversaciones se convertían a menudo en una ventana abierta al mundo.

Frente a la imagen estereotipada del soldado reducido exclusivamente a la disciplina y al combate, estos testimonios muestran individuos con inquietudes, recuerdos y aspiraciones muy distintas.

Quizá esa sea la principal enseñanza que ofrecen estas páginas casi un siglo después. La historia militar suele centrarse en las operaciones, las estrategias y los resultados.

Sin embargo, la experiencia de la guerra también está formada por largas horas de espera, por amistades nacidas en circunstancias extremas y por la necesidad de encontrar sentido a la rutina cotidiana.

Entre las montañas del Rif, mientras el viento golpeaba las tiendas de campaña y los disparos resonaban a lo lejos, aquellos legionarios descubrieron que la mejor defensa contra el miedo no siempre era un fusil.

A veces bastaba una carta llegada desde España, una historia contada junto al fuego o una carcajada compartida entre compañeros. Y quizá por eso algunos recuerdos han sobrevivido al paso del tiempo con más fuerza que muchas batallas. Porque hablan menos de la guerra y más de quienes tuvieron que vivirla.

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