Juan Ignacio Pombo en su avioneta “Santander” poco antes de iniciar el vuelo Santander-Madrid

Juan Ignacio Pombo en su avioneta «Santander» poco antes de iniciar el vuelo Santander-MadridMuseo Nacional de Aeronáutica y Astronáutica

Gestas del Ejército del Aire y del Espacio: vuelo Madrid-Méjico del «Santander»

Con los primeros héroes de la aviación española el lector se plantea qué vida interior alimenta su alma para desafiar con la técnica de su época la ferocidad de mares, montañas, desiertos, selvas, huracanes y galernas, nigérrimas noches donde la única guía son las constelaciones, la soledad, la inseguridad y el misterio de adentrarse en lo inexplorado. Vida interior que el mariscal Von Clausewitz en su tratado «De la Guerra» fundamenta como esencia del valor del soldado. Valor y vida interior del joven santanderino Juan Ignacio Pombo Alonso-Pesquera, hijo del también aviador montañés Juan Pombo Ibarra, cuando apostó a vida o muerte volar desde Santander hasta Méjico para, por una parte, honrar la memoria del capitán Barberán y del teniente Collar desaparecidos dos años antes con el «Cuatro Vientos» entre La Habana y Méjico; y, por otra, «poner un lazo de unión y afectos entre el alma española y el espíritu de los países iberoamericanos».

La gris mañana del 13 de mayo de 1935 el «Santander» despegó desde La Albericia rumbo a Brasil y Méjico, pintado de rojo y blanco como la bandera de Cantabria y con las palabras «Santander» en ambos lados del motor y «Costa Esmeralda de España» en el fuselaje. Era un frágil monoplano «British Eagle 2» de ala baja, construcción de madera, tren de aterrizaje retráctil, y cabina de tela y metal. Rasgó las nubes propulsado por un motor de unos escasos 130 caballos de fuerza que apenas daban de sí para despegar con los depósitos llenos, ampliados para el reto. Y se alzó en soledad absoluta, con un rudimentario tablero de instrumentos con nivel de combustible y presión del aceite, cuentarrevoluciones, termómetro exterior, brújula, anemómetro, altímetro, inclinómetro y reloj; y sin equipo de radio, chaleco salvavidas, paracaídas o botes de humo caso de amerizaje forzoso sobre las infinitas aguas.

Supuso ya una hazaña por fallos mecánicos alcanzar Bathurst, colonia británica de Gambia, donde se despidió por carta de sus seres amados. Reparó la avioneta, la repostó tanto que casi no remontó desde el pequeño aeropuerto, fue engullido por la obscuridad y desde África lanzó sus alas sobre el Atlántico. Pronto como piloto necesitaría la ayuda de Dios al enfrentarse a una gran borrasca oceánica. En su seno, para aminorar el impacto de las turbulencias de los alisios que ente rayos y lluvias zarandeaban su monoplaza como una cometa en manos de un niño, Pombo bajó hasta sólo 50 metros sobre el mar, donde cualquier error en el pilotaje le hundiría en el seno de olas cuyas blancas crestas intentaban desgarrar el rojiblanco lomo del «Santander».

En sus palabras: «En aquellos momentos hice las consideraciones sobre la satisfacción de mis creencias y de la grandeza de Dios. Pensé en mis padres, en mis hermanos, en España y en mí. Sostuve la lucha hasta que amainando el viento encontré los normales alisios y, poco a poco, con la mirada clavada en el reloj y, a pesar del exceso de gasto del combustible, pude encontrar el optimismo dentro de mi espíritu, preparado siempre para cualquier eventualidad, tranquilo y sereno en el puesto de mando». Y el joven Pombo, veintiún años, renació sobre la muerte como el sol sobre las nubes, los alisios normalizaron su soplo de cola, sobrevoló la remota y paradisíaca isla de Fernando de Noronha cumpliendo a pesar de la galerna los cálculos de su rumbo estimado, hasta que, al límite del combustible, aterrizó el 21 de mayo en Natal, Brasil, tras 3160 kilómetros sobre el océano Atlántico, 17 horas de vuelo… ¡y 14 horas de tempestad!

El 26 de mayo reinicia su aventura, y casi fallece Pombo al estrellarse su «Santander» en Camocín. La fábrica aeronáutica British Aircraft Manufacturing Co., reparó con celeridad el «Santander», Pombo tornó al cielo, hizo escalas en distintos destinos hispanoamericanos, fue operado de apendicitis en San José de Costa Rica, despegó convaleciente, y aterrizó en el aeródromo «Balbuena» de Méjico el 16 de septiembre ante una multitud asombrada por su gesta: 15.970 kilómetros en 76 horas de vuelo desde su salida de la capital de La Montaña.

Medio siglo después, el 5 de diciembre de 1985 Pombo presentó novedades al Creador, a Quien, como él relató, tanto rezó durante su vuelo. Durante su funeral cristiano los C-101 de la patrulla «Águila» le rindieron honores militares y aeronáuticos. En su lápida del panteón de hombres ilustres del santanderino cementerio de Ciriego fue tallado: «Juan Ignacio Pombo, aviador. Héroe del vuelo en solitario Santander-San Luis de Senegal-Méjico en avioneta monomotor-1935». Y Santander concedió su nombre a la calle «Aviador Juan Ignacio Pombo», además de una placa en el Paseo de Pereda donde nació. Aviador y héroe, hoy su gesta sigue enorgulleciendo a nuestro Ejército del Aire y del Espacio, y a España.

  • Alberto Gatón Lasheras es teniente coronel capellán.
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