Elecciones y Defensa Nacional
Como consecuencia más directa de este anacronismo, hemos tenido que ver cómo, en los últimos años, los intereses nacionales iban siendo reemplazados por los del propio Pedro Sánchez
Soldados españoles muestran la unidad de defensa antiaérea NASAMS desplegada por España en junio de 2022
En los actos solemnes, el protocolo militar exige que el más antiguo de los presentes levante su copa para brindar por S.M. el Rey como lo que es: «El primer soldado de España». ¿Es el monarca, capitán general de los Ejércitos, un soldado? Sí. La primera acepción de la palabra que da la RAE es la de «persona que sirve en la milicia», y eso vale para todos los miembros de las FAS. También para los marinos como yo, que siempre me he sentido honrado de que, para la historia, sólo seré un soldado más en las filas de España.
Desde esa perspectiva, la del soldado español –en su inmensa mayoría, buenos vasallos a la espera de un buen señor– creo que el peor error de la legislatura que ahora termina ha sido confundir España con la persona que preside su Gobierno. El Estado soy yo, decía Luis XIV… pero eran otros tiempos. Como consecuencia más directa de este anacronismo, hemos tenido que ver cómo, en los últimos años, los intereses nacionales iban siendo reemplazados por los del propio Pedro Sánchez.
Por desgracia, no faltan en nuestra dilatada historia precedentes de la situación que ahora toca a su fin. En 1921, hace ya más de un siglo, Ortega y Gasset publicó su ensayo España invertebrada. En él describía a una nación profundamente dividida por lo que él llamaba particularismos. «Cada grupo» –escribía el pensador– «deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás». No hay mejor diagnóstico para explicar lo que ocurre hoy en nuestras redes sociales, en las cabeceras de muchos de nuestros diarios y en los platós de casi todas nuestras televisiones.
En el terreno de la Defensa Nacional, el particularismo del presidente –y de su vergonzante entorno de idólatras, obligado a aplaudir cada uno de sus desatinos– se ha reflejado sobre todo en dos graves equivocaciones que el próximo Gobierno que salga de las urnas tendrá que esforzarse en corregir.
El bando equivocado
La primera de ellas es la elección de bando. En lugar de unirse a las naciones con las que España comparte intereses vitales –derrotado Orbán en las urnas, ya solo queda Sánchez para poner palos en las ruedas de Europa– el Gobierno ha preferido asociarse con los líderes que comparten su ideología. Como de estos cada vez quedan menos –la caída de Maduro y los resultados de las últimas elecciones en Colombia, Chile y Perú deben de haber sido duros de digerir para nuestro presidente– Sánchez se ha pasado a la oposición global. Su reciente denuncia en la ONU contra las «fuerzas reaccionarias» que «se quitaban las caretas y se hacían con el poder en muchos lugares» –por el peculiar procedimiento de ganar elecciones limpias, aunque esto olvidó decirlo quien se decía representante del pueblo español– es la que, por mucho que se esfuerce en negarlo, le pone en el lado de Irán o de Hamás.
Si los ayatolás iraníes y los terroristas de Hamás aplauden a Sánchez no es porque nuestro presidente apoye su causa directamente. ¡Solo faltaba! Pero todo el mundo sabe –menos, por desgracia, quien tiene que saberlo– que los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Sin llegar a bendecir los horribles crímenes de la República Islámica y de sus proxies, nuestro Gobierno prefiere dejarlos a un lado en nombre de lo que nos une: la hostilidad frente a Benjamin Netanyahu y Donald Trump, príncipes guerreros a los que la historia pondrá en su lugar… pero también frente a Giorgia Meloni, igualmente reaccionaria porque ¿cómo se le ocurre ganar unas elecciones siendo de derechas?
Nuestro peculiar ministro de Exteriores, que por comparación convierte al torpe Fernando Morán en un excelso diplomático, se declara cada día leal a la Unión Europea. Debe de pensar que somos estúpidos, porque luego se pone del lado de Marruecos frente a quienes nos ofrecen apoyo político y jurídico para lidiar contra los ataques dirigidos por Rabat contra las fronteras comunes. También se declara leal a la Alianza Atlántica, pero no tanto como para compartir los recelos que nuestros socios sienten hacia la expansión de China ni, mucho menos, para pagar a escote la factura económica y política de la disuasión contra la amenaza de Vladimir Putin.
La estrategia equivocada
La segunda equivocación grave es la de la estrategia. El presidente se ha presentado en la reciente Asamblea General de la ONU como un luchador. «En los últimos ocho años mi país se ha opuesto a todas las guerras de agresión allí donde se han desencadenado», aseguró a los que se quedaron para escucharle. Objetivamente, es verdad; pero, poco a poco, ese hombre pequeño se fue viniendo arriba para terminar dejándoles a los niños del futuro un mensaje sorprendente, el de que él –debe de creerse un Mandela o un King– se ha dejado la piel para legarles un mundo más pacífico: «No dejamos de luchar. Nosotros no».
¿Qué entenderá nuestro presidente por luchar? Lo que él se ha dejado no es la piel, sino la lengua. Condenamos las guerras –aunque unas más que otras porque, después de la invasión de Ucrania o la masacre del 7 de octubre en Israel, el «no a la guerra» se lo hemos reservado a Donald Trump– pero ¿qué hacemos para evitarlas? Fueron otros países europeos, no nosotros, los que mandaron tropas a Groenlandia para frenar al presidente de los Estados Unidos.
Fueron otros países europeos, no nosotros, los que enviaron buques de guerra al mar Rojo para proteger de los hutíes a los buques que llegaban a nuestros puertos. Fueron otros países europeos, no nosotros, los que ofrecieron sus Fuerzas Armadas para garantizar la seguridad de Ucrania si se llegase a alcanzar un alto el fuego. Fueron otros países europeos, no nosotros, los que señalaron a Rabat cuando cien mil marroquíes cruzaron la frontera de Marruecos para entrar en Ceuta frente a los complacidos ojos de las fuerzas de seguridad del reino alauí… mientras nuestro presidente daba las gracias a los agresores y culpaba a Rusia o Israel.
La solución de nuestro Gobierno para los problemas del mundo es, en esencia, infantil
Por desgracia, en el mundo que vivimos no basta con condenar el mal. Hay que hacerle frente. La solución de nuestro Gobierno para los problemas del mundo es, en esencia, infantil: que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU renuncien voluntariamente a su derecho de veto, que las potencias nucleares renuncien también voluntariamente a la ventaja que supone serlo y que las naciones sean voluntariamente respetuosas con las decisiones de la mayoría… siempre que, como acaba de ocurrir en la UE con el nuevo reglamento para acelerar las deportaciones de inmigrantes ilegales, no vayan contra los intereses políticos de Pedro Sánchez. Y ¿por qué habría el resto del mundo de aceptar estas condiciones? ¿Para evitar las duras palabras condenatorias del presidente del Gobierno de España? ¿Por miedo a los tweets de Óscar Puente? No, no creo que una estrategia así sirva para otra cosa que para conseguir aplausos ocasionales –tampoco muchos, la verdad– en los medios que apoyan al Gobierno.
Votar por España
Por los motivos equivocados –no ha sido el gravísimo ataque a nuestra integridad territorial que se ha producido en Ceuta y para el que nuestro Gobierno no tiene respuesta, sino el anecdótico desahucio de una anciana lo que nos ha traído hasta aquí– el pueblo español volverá a tener la palabra el próximo 29 de noviembre. La Defensa Nacional, a pesar de ser el más importante de los deberes del Gobierno –la seguridad es el primero de nuestros derechos– no suele ser un factor decisivo en nuestras elecciones. No me hago ilusiones en ese sentido pero, desde esa perspectiva del soldado de que les hablaba al comenzar la columna, me gustaría pedirle a mis superiores –cada uno de ustedes, en virtud del primer artículo de la Constitución– que no caigan en el mismo error que nuestro presidente. Que, cuando voten, cualquiera que sea su ideología, olviden toda forma de particularismo y lo hagan por España.