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La guerra híbrida contra España y la zapatilla de mamá

El presidente Sánchez puede comportarse como quiera en el ámbito privado. Pero, cuando se trata de España, siento que tengo derecho a exigirle que, si decide rendirse, no lo haga en mi nombre

Los conflictos híbridos se han convertido, a lo largo de las últimas décadas, en un problema real y difícil de solventar

Los conflictos híbridos se han convertido, a lo largo de las últimas décadas, en un problema real y difícil de solventarÁngel Ruiz

Pertenezco a una generación en la que las madres usaban la zapatilla para hacerle a sus hijos algo muy parecido a lo que hoy llamamos guerra híbrida.

A ninguno de los lectores de El Debate se les escapa el mecanismo de acción y reacción por el que la sombra de los furtivos drones de Vladimir Putin, todavía lejos de nuestros cielos, y la desesperación de los súbditos menos privilegiados de Mohamed VI, que llevan casi dos meses pisando impunemente las calles de Ceuta, obligan a nuestro presidente del gobierno a aceptar condiciones que están más allá de las que Rusia o, sobre todo, Marruecos podrían imponernos por los procedimientos diplomáticos habituales.

Más sencilla en sus efectos primarios, la zapatilla era el instrumento que conseguía que mis hermanos y yo –éramos trece, aunque creo que el paso del tiempo ablandó tanto a mi madre que las más pequeñas vivieron en un mundo muy diferente– aceptáramos condiciones que también estaban más allá de lo que ella podría haber logrado mediante el empleo de medios de persuasión equiparables a los de la diplomacia.

Continuación de la política educativa por otros medios, la zapatilla –como los hipotéticos drones de Putin y el hambre de los súbditos de Mohamed VI– era una herramienta propia de lo que los estrategas del siglo XXI conocen como «zona gris», siempre por debajo del conflicto armado. Los azotes, desde luego, no hacían mucho daño y si contribuían a imponernos las condiciones de nuestra madre era más por el deseo de evitar la vergüenza del castigo que por miedo al dolor.

Como ocurre con cualquier otra arma, incluidas las no letales, el uso de la zapatilla estaba sometido a sus propias reglas de enfrentamiento. Mi madre siempre mantuvo las suyas en secreto, como debe ser, porque las dudas sobre la posibilidad de una escalada, por remota que pudiera parecer, casi siempre contribuyen a la disuasión. Las mías, en cambio, estaban perfectamente claras. Huir nunca era la solución. Las madres corrían poco… pero tenían buena memoria. Valía protegerse de la zapatilla con las manos pero –no hace falta decirlo– no estaba permitido defenderse y mucho menos contraatacar.

Eran, desde luego, otros tiempos. Mis nietos seguramente no entenderían una sola línea de este artículo. El mundo ha cambiado mucho desde que yo era niño y ahora las cosas se hacen de otra manera, sin recurrir jamás a la violencia personal. Así, cuando el Gobierno de España se porta mal a los ojos del déspota que dirige el Kremlin o del otro déspota que domina el Majzén, los agraviados ya no cogen la zapatilla y se ponen a perseguir al presidente Sánchez. Una pena, ¿verdad?... pero es lo que hay: en lugar de seguir el ejemplo de nuestras sacrificadas madres, Putin prefiere asustar a nuestro jefe de gobierno con sus drones –que ese es, seguramente, el verdadero propósito de la advertencia filtrada a la CIA en los últimos días– y Mohamed VI le estropea sus vacaciones con avalanchas de inmigrantes.

Las reglas de este otro juego de poder son –ya es casualidad– muy parecidas a las del uso de la zapatilla y a las de cualquier otra herramienta de la guerra híbrida. El Gobierno de España, como los niños de mi generación, tiene derecho a cubrirse con los brazos para protegerse de las avalanchas de inmigrantes –curiosamente ese es, también, el único derecho que reclama la Unión Europea frente a los drones rusos– pero, por miedo a la escalada, no le está permitido defenderse de verdad y mucho menos contraatacar. Al final, al pobre presidente –lo de pobre es un decir– no le queda otra alternativa que la promesa de no volver a hacer más lo que quiera que no les haya gustado a sus maltratadores… y ocultar su vergüenza como hacíamos todos cuando éramos pequeños: negando el castigo, incluso cuando se producía a vista de todos.

¿Son como niños nuestros gobernantes? Sí y no. Nosotros teníamos más dignidad. Hasta donde puedo recordar, ni mis hermanos ni yo caímos nunca tan bajo como para agradecer los azotes. Al contrario, intentábamos rehabilitarnos a los ojos de los testigos con un «no me ha dolido» lleno del orgullo que a otros –ponga el lector el nombre que desee– parece faltarles.

Si es por mí, el presidente Sánchez puede comportarse como quiera en el ámbito privado. Pero, cuando se trata de España, siento que tengo derecho a exigirle que, si decide rendirse, no lo haga en mi nombre. Tengo grandes recuerdos de mi niñez; pero no quiero revivirlos con Vladimir Putin ni –por mucho que a nuestros gobernantes les parezca un aliado leal– con el rey Mohamed VI… porque, como el lector comprenderá, ninguno de los dos es mi mamá.

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