Bibiana Campos

Bibiana Campos

Entrevista para El Debate

Bibiana, doctora en Química y diagnosticada con autismo a los 48 años: «Ahora me permito mis rarezas»

Bibiana es usuaria de Asperga, una asociación gallega que ayuda a las personas autistas y a sus familias para crear una red de apoyo para la sensibilización y la inclusión

Bibiana Campos es doctora en Química. Su vida laboral ha estado marcada por dos aspectos: el primero, la vida en el extranjero, ya que ha pasado 27 años trabajando en Reino Unido, Estados Unidos y México; la segunda, el autismo y su diagnóstico tardío. En una entrevista con El Debate, Bibiana nos habla de su vivencia, de la neurodivergencia y de cómo a ella le ha afectado en todos los campos de su vida.

– Tu diagnóstico llegó cuando tenías 48 años, una edad en la que uno, a lo mejor, no se espera que le diagnostiquen con autismo. ¿En qué cambió esa manera de entenderte a ti misma después del diagnóstico?

– Cambia mucho. Supuso una mayor aceptación de lo que soy, cómo soy, las cosas que hago. Y es curioso porque para mí fue un alivio recibir el diagnóstico. Para mí explicó muchas cosas como ciertas dificultades en relaciones laborales, personales, con mis hijos, mi familia y ese tipo de cosas. Para mí fue revelador.

Y lo cierto es que fue un proceso gradual porque mi hijo es autista. Le diagnosticaron con cuatro años. Aprendí de él y me di cuenta de que nos parecíamos en muchas cosas. Mi diagnóstico vino después.

Aprendí mucho de mi hijo que también es una persona con autismo

Estoy en un momento muy bueno en ese sentido de aceptación de mí misma y con ganas de hacer cosas y también de permitirme mis “rarezas".

– Con tu hijo, además, entiendo que el tipo de autismo que tiene –de altas capacidades– quizá no era tan fácil de detectar. ¿Cómo os disteis cuenta de que podía haber algo?

– Tuvimos mucha suerte porque mi hijo es mellizo. Tengo un hijo y una hija. A medida que iban creciendo la diferencia se hacía mayor.

A los dos años y pico, ella hablaba y contaba de todo y él no decía casi nada. No pedía cosas. Cogía, empujaba una silla y se subía encima de ella para coger los cereales en vez de pedirlos, porque era más fácil.

Bibiana con sus hijos

Bibiana con sus hijos

Después ya vimos cosas como, por ejemplo, a la hora de jugar, la manera en la que ordenaba los coches: todos del mismo color, en un orden muy específico, todos apuntando en la misma dirección.

Nos ayudó mucho tener un parámetro, que era la hermana, con la que compararlo.

– ¿Has sentido la necesidad de camuflar ciertas conductas?

– Sí, casi sin darte cuenta. Es un poco como una reacción inmediata.

Camuflar conductas es una reacción inmediata

Al ver a mi hijo, eso fue muy revelador. Yo me empecé a dar cuenta de cuando él, por ejemplo, dice algo que realmente no quiere decir, pero se ve forzado a decir que sí. Lo hace sin pensar.

Te voy a dar un ejemplo más específico. En la escuela le daban un papelito con una pegatina y tenía que poner una carita sonriente o triste dependiendo de cómo le había ido el día. Y él siempre, siempre, siempre ponía la sonrisa, aunque llegase a casa llorando o se hubiese peleado.

Y yo igual. Para mí siempre todo está bien. Y no es que no tenga capacidad crítica, que sí la tengo, pero siempre la minimizo.

– ¿Qué cosas te permites ahora que antes no hacías?

– Son cosas curiosas, pequeñitas. Como por ejemplo la preferencia por comidas secas. Ahora me digo: «Pues sí, me gusta la parte de fuera de la pizza, que es la parte más dura y más seca».

O cosas como la intensidad. Yo me describiría —y a mi hermana le pasa también— como una persona intensa. Si tenemos algo que nos interesa y de lo que queremos hablar, nos encerramos mucho en ello.

Antes lo ocultaba porque decía «la gente se va a aburrir de mí» y ese tipo de cosas. Y ahora lo comunico más a otra gente para que entiendan que puedo ser un poco diferente.

– En cuanto a tu carrera profesional, entiendo que la química exige mucha concentración, patrones, precisión… ¿Sientes que tu manera de pensar ha influido positivamente? ¿Crees que incluso te ha beneficiado?

– Yo creo que en la ciencia hay muchísima gente neurodivergente, con rasgos autistas. Muchísima. Quizás es porque nos atrae la independencia y el poder estar horas investigando procesos, materiales… Tiene una parte práctica, de innovación, muy atractiva.

Yo creo que somos capaces de ver ciertas tendencias, mirar los datos, identificar patrones y ver anomalías. Eso a mí me fascina. Y creo que a la gente que tiene autismo también.

Creo que en Ciencia hay mucha gente neurodivergente

Además, estamos muy cómodos solos. Yo estoy súper contenta cuando estoy sola en el laboratorio. A otra gente eso le parece solitario y a mí no.

– ¿Crees que sigue existiendo una imagen muy limitada de cómo debe ser una persona autista?

– Sí, sí. Yo creo que hasta cierto punto los modelos que vemos en la televisión o en las series, como «Rain Man» o «The Good Doctor», ayudan y no ayudan.

Ayudan en el sentido de que se normaliza que son personas con capacidades excepcionales, pero al mismo tiempo la gente espera ciertos comportamientos o patrones exagerados. Son casos muy aislados y no son realistas.

Por otro lado, está la parte del autismo más severo, donde hay más gente no verbal, pero eso tampoco se suele mostrar.

Yo creo que es importante aceptar que hay un espectro y que somos divergentes. De hecho, en la conferencia de Asperger ya se hablaba de que el perfil del autismo está cambiando de «joven masculino» a «mujer de mediana edad», precisamente por lo que decíamos antes del enmascaramiento.

– Si pudieses cambiar algo en universidades, centros educativos o centros de investigación para las personas neurodivergentes, ¿qué cambiarías?

– Sobre todo cambiaría la manera de hacer los exámenes. Es algo que a mi hijo, por ejemplo, no se le da bien. Y sin embargo a mi hermana sí se le daba muy bien. Creo que habría que dar adaptaciones a la gente autista para que puedan hacer los exámenes en un entorno que facilite que den lo mejor de sí mismos.

Por ejemplo, a mi hijo le dan todas las preguntas juntas. Si tiene cinco, diez o veinte preguntas, se las dan todas de golpe. Y eso es muy contraproducente.

Lo que deberían hacer es darle una pregunta cada vez o bloques pequeños, porque no administra bien el tiempo y entra en pánico.

Mi hermana, por ejemplo, escribe muy mal. Tiene una letra fatal. Pero en los exámenes orales es brillante. Aunque no estaba diagnosticada, le facilitaban hacer exámenes orales. Los pedía una persona de cada quinientas y ella era una de esas personas. Y sacó unas notazas.

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