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Milicianos durante la cruenta batalla del Ebro, de la Guerra Civil española

Milicianos durante la cruenta batalla del Ebro, de la Guerra Civil españolaGetty Images

90 años de los primeros mártires de 1936

El fusilamiento conjunto de casi 200 católicos españoles: «Los torearon y mataron como si fueran toros»

El 12 de agosto de 1936 un grupo de milicianos anarquistas les arrebataron la vida por practicar su fe cristiana

Cuando el día ya estaba llegando a su fin, a las 23.00 horas del 12 de agosto de 1936, un tren con 245 reclusos partía de la ciudad de Jaén. Su destino: la capital del país, Madrid. El único motivo de su encarcelamiento: practicar la fe católica.

Lo que aquellas pobres personas no sabían es que, casi al final del trayecto, un grupo de milicianos anarquistas pararía el tren, haría bajar a los prisioneros y fusilaría a 193 de ellos. La gran mayoría de los 52 supervivientes acabaron también asesinados en Paracuellos del Jarama.

Entre los numerosos fieles asesinados se encontraban el obispo de Jaén, Manuel Basulto y su hermana, la única mujer entre las víctimas. Todos fueron proclamados beatos y mártires en 2013 por el Papa Francisco.

El obispo de Jaén, monseñor Manuel Basulto

El obispo de Jaén, monseñor Manuel Basulto

Los cruentos episodios se vivieron por parte de los republicanos como si de una representación teatral se tratara: una multitud de casi 2.000 personas presenció la escena con ostensible alegría.

El fusilamiento más feroz e inhumano

Para poder conocer con la mayor veracidad los acontecimientos de aquel trágico 12 de agosto, lo mejor es remitirse a las crónicas de la época. Uno de los supervivientes del suceso, Andrés Portillo Ruiz, declaró años después en la Causa General lo sucedido aquel día, todo bajo sagrado juramento. El sobreviviente cuenta cómo se sucedieron «escenas de padres que presenciaron la muerte de sus hijos y viceversa».

El listado de los presos católicos que viajaban en el tren

Parte del listado de los presos católicos que viajaban en el trenMinisterio de Cultura

Antes de morir, el obispo de Jaén perdonó en voz alta frente a los presentes a todos los milicianos: «Perdona, Señor, mis pecados y perdona también a mis asesinos». Sigue narrando Portillo Ruiz: «Cuando faltaban unos cuarenta, se adelanta al grupo Leocadio, joven de 19 años, y, encarándose con el jefe de milicias, le dice que él responde con su vida por todos los del grupo restante». Milagrosamente, el que dirigía las ejecuciones frenó en ese momento los fusilamientos y dejó a 52 personas vivas.

«Los asesinatos fueron seguidos por el despojo de los cadáveres de las víctimas, efectuado por la multitud y por las milicias, que se apoderaron de cuantos objetos tuvieran algo de valor, cometiendo actos de profanación y escarnio», declara también el superviviente.

Según otro testimonio, el de Ángel Aparicio Alonso, quien convivió con otros que presenciaron los fusilamientos, el trato que se dio a los católicos en los últimos momentos de su vida fue salvajemente feroz e inhumano. Recoge así el asesinato de uno de los sacerdotes presentes: «Lo torearon y mataron con un estoque, como si de un toro se tratara».

Esta matanza provocó que buena parte de la sociedad internacional dejase de considerar a la República española como un Estado de Derecho con legitimidad para reclamar la solidaridad de las democracias occidentales.

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