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León XIV recibe el aplauso del director general de la UNESCO, Khaled El-Enany, a su llegada a la sede de la UNESCO

León XIV recibe el aplauso del director general de la UNESCO, Khaled El-Enany, a su llegada a la sede de la UNESCOAFP

«El sentido de la vida es el oxígeno de la mente»: el Papa alerta en la Unesco de que la IA jamás responderá a la búsqueda de la verdad

El Pontífice señala en París que la educación, cuando abandona la búsqueda de la verdad, termina degradándose en un «instrumento para manipular las conciencias»

Ante la asamblea mundial de la diplomacia cultural y rodeado por delegados de todos los rincones del orbe, el Papa León XIV ha pronunciado en la sede parisina de la UNESCO un contundente diagnóstico sobre la crisis antropológica de nuestro tiempo. Recibido por el director general de la organización, Khaled El-Enany, el Pontífice situó desde el primer instante el núcleo de su mensaje: la imperiosa necesidad de rearmar éticamente al mundo frente al azote de las contiendas bélicas, la tecnolatría y la desorientación moral.

Apoyándose en el documento fundacional de la propia institución —que exige a los países «contribuir a la paz y a la seguridad estrechando, mediante la educación, la ciencia y la cultura, la colaboración entre las naciones»—, el Santo Padre brindó el magisterio eclesial como un espacio de «mensaje y coloquio» incesante con la humanidad entera.

Un fiel sostiene un icono de la Virgen María mientras espera al Papa en la iglesia de Notre Dame

Un fiel sostiene un icono de la Virgen de Schoenstatt mientras espera al Papa en la iglesia de Notre DameAFP

El bien común como «forma social de la dignidad»

Siguiendo el itinerario del discurso, León XIV quiso recordar que la presencia de la Santa Sede en esta institución —que cumplirá 75 años en 2027— brota de la convicción de que todo futuro depende del respeto irrenunciable a la dignidad del ser humano, creado a imagen de Dios. Para el Papa, la UNESCO constituye un interlocutor clave al servicio del bien común, al que definió solemnemente como la «forma social de la dignidad» que la humanidad comparte de modo equitativo e inteligible.

Enlazando con el magisterio de sus predecesores, rescató la célebre formulación de Pablo VI sobre un desarrollo capaz de «promover a todos los hombres y a todo el hombre», así como la cita clásica evocada por Juan Pablo II ante esa misma asamblea en 1980: genus humanum arte et ratione vivit («el género humano vive del arte y de la razón»). A partir de este aforismo, el Pontífice subrayó que la cultura no es un mero barniz erudito, sino la forma de ser específica mediante la cual el ser humano dota de significado a cuanto realiza. Por ello, advirtió de que resulta imposible promover la ciencia o las artes si no se tutela, en primer lugar, la vida concreta de los hombres y mujeres que las protagonizan.

La gran pregunta del siglo XXI

Transitando de la cultura a la tarea formativa, León XIV puso en valor la milenaria trayectoria de la Iglesia en la apertura de escuelas y universidades en las periferias más golpeadas del planeta. Sin embargo, el Santo Padre quiso enfatizar no las estructuras, sino la convicción profunda que las sostiene: ninguna educación es plena si esquiva la cuestión del sentido. Educar, remarcó citando de nuevo a Juan Pablo II, consiste en ayudar al ser humano a «'ser' más y no sólo a 'tener' más», reconociendo la apertura a la trascendencia.

Es en este punto de su alocución donde León XIV ha cambiado del uso del francés al inglés para formular el eje central sobre el que ha orbitado todo su discurso: «¿Qué significa ser humano?». Lejos de considerarla una pregunta retórica o superada, el Papa aseveró que ni siquiera en pleno siglo XXI se puede dar por sentado que sepamos qué es la persona o cómo vivir humanamente, una urgencia que dramáticamente rebrota ante cada tragedia histórica.

El presidente francés, Emmanuel Macron (a la derecha), y el papa León XIV (a la izquierda) comparten una risa al término de su declaración conjunta tras su reunión en el Palacio Presidencial del Elíseo, en París, el 25 de septiembre de 2026, al inicio de la visita de cuatro días del papa a Francia.

El presidente francés, Emmanuel Macron y León XIV al término de su declaración conjunta tras su reunión en el Palacio Presidencial del Elíseo esta mañanaAFP

Un tríptico antropológico: filiación, fragilidad y libertad justa

Para dar respuesta a esta encrucijada, el Pontífice desplegó una cuidada arquitectura conceptual estructurada en tres dimensiones consecutivas:

Ser humano es, en primer lugar, ser hijo. Puesto que nadie elige su nacimiento, cuándo ni de quién nacer, esta realidad biológica encierra una lección ética primaria: todos somos hermanos. La existencia se recibe como don y responsabilidad, estableciendo un vínculo primordial cuya cuna y primer ámbito educativo es la familia.

Nacemos desnudos y necesitados. El ser humano es pobre de origen, dependiente del pan, de la palabra y del afecto. León XIV denunció que, al alcanzar la madurez, la sociedad corre el riesgo de olvidar esta indigencia nativa. Cuando se amputa la memoria del origen, la vida humana deja de comprenderse como un don y pasa a ser tratada como una mercancía o un producto explotable. Frente a esta deriva, recordó que el hombre es libre por naturaleza y que su libertad despierta como respuesta al acogimiento o al rechazo ajeno.

La belleza de la libertad se llama justicia. La libertad brilla cuando se orienta al bien y a la verdad, pero se desfigura si cae en el arbitrio, la violencia o el afán de dominio. El trabajo de la inteligencia y de las manos permite cultivar el mundo o destruirlo.

La ciencia sin sabiduría degenera en propaganda

Engarzando la crítica bélica con la génesis de la propia UNESCO, León XIV trajo a colación las palabras iniciales del Preámbulo de 1945: «Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz». El Papa explicó que la humanidad aprendió tras el horror de la Segunda Guerra Mundial que el progreso técnico separado de la sabiduría muta en arma destructiva, que la cultura sometida a la ideología degenera en falsedad y propaganda, y que la educación despojada de la verdad se transforma en un mero instrumento de manipulación.

Ochenta años después de aquella contienda, León XIV identificó la aceleración tecnológica y el auge de la Inteligencia Artificial como uno de los desafíos más delicados para la ciencia. Con agudeza, planteó una paradoja contemporánea: mientras se atribuye la facultad del pensamiento e «inteligencia» a sistemas computacionales, la sociedad contemporánea escatima el reconocimiento de la dignidad inalienable de las personas. Las vidas humanas corren el peligro de ser examinadas bajo la fría báscula de la eficiencia y, al ser juzgadas como improductivas, son marginadas y descartadas.

Frente a esta cosificación, el Pontífice enfatizó que el ser humano no solo nace, sino que también muere, y que la enfermedad o la vulnerabilidad jamás destruyen su dignidad. La dignidad no depende del rendimiento o de las capacidades prestacionales, sino que exige un cuidado amoroso en todas y cada una de las etapas de la vida. Para los creyentes, concluyó citando la constitución Gaudium et Spes, es Jesucristo quien revela plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.

Babel versus Pentecostés: dos modelos de sociedad

Para ilustrar el devenir histórico de la humanidad y sus riesgos actuales, el Santo Padre acudió a dos potentes imágenes bíblicas:

La Torre de Babel: Representa la unidad forzada mediante la dominación y el despotismo, un poder opresor que acaba desmoronándose y sembrando la dispersión y la incomprensión. León XIV identificó la tentación de Babel en la globalización sin fraternidad, en el neocolonialismo financiero, en las imposiciones ideológicas y en lo que definió como «contactos sin vínculos» que reducen la existencia al comercio.

Asimismo, advirtió contra la hiperinformación digital que no genera sabiduría y contra los sistemas informáticos que, si bien correlacionan datos, jamás darán respuesta a la búsqueda de sentido, al que calificó como «el oxígeno de la mente». Cuando se pierde la verdad, sentenció, el lenguaje queda a merced de la violencia y «la corrupción de la ley comienza con la corrupción del corazón».

A esta grave advertencia se suma su denuncia sobre cómo la ciencia, al despojarse de la moral, se pone al servicio de «una voluntad inhumana de destruir y matar» en las guerras, y su defensa explícita de los más indefensos, encabezados por «los niños en el vientre de sus madres y en los distintos escenarios de guerra».

La plaza pública de Pentecostés: Pentecostés representa todo lo contrario: una plaza pública donde conviven personas de distintas naciones y culturas. En el relato bíblico, cada grupo hablaba un idioma diferente, pero todos lograban entender el mensaje de paz en su propia lengua materna. Redimir la cultura significa sanar la forma en que los pueblos se relacionan. Frente a una sociedad fracturada por el egoísmo, la propaganda o la violencia, Pentecostés demuestra que las culturas no tienen por qué destruirse ni competir entre sí, sino que pueden encontrarse en una verdad común.

La laicidad positiva y la aportación de la fe al bien común

Retomando la necesidad de unir lo que jamás debió separarse —cuerpo y alma, persona y entorno—, el Papa unió el concepto etimológico de cultura como «acto de cultivar» con la «ecología de la persona humana» formulada por Benedicto XVI y la «ecología integral» trazada por Francisco en Laudato si’.

En este punto, León XIV fijó la piedra de toque para calibrar la altura moral de cualquier civilización, como ya ha mencionado en varias ocasiones: el trato dispensado a los más pequeños y pobres. Mencionó expresamente a los niños en el vientre materno y en los escenarios de guerra, a las personas con discapacidad física o intelectual, a los ancianos, a los migrantes y refugiados, y a todos aquellos excluidos por el orgullo utilitarista.

En el tramo final de su discurso, el Santo Padre abordó la crisis de eficiencia que atraviesan las instituciones internacionales cuando el diálogo es visto como un freno o una hipocresía en lugar de un cauce fecundo. Pidió inyectar la virtud de la confianza y renegó de un optimismo ingenuo para afianzarse en la esperanza de que el bien es siempre posible.

Refiriéndose al papel de la religión en la esfera pública y frente a las visiones más restrictivas de la laicidad, León XIV reivindicó que las tradiciones religiosas desempeñan un papel «culturalmente necesario e insustituible». Lejos de amenazar la convivencia o fragmentar la sociedad, el Pontífice afirmó que las religiones formulan las preguntas fundamentales sobre el origen y el fin de la existencia, orientando las decisiones de la vida cotidiana. «No caminamos hacia la nada», sentenció León XIV, rematando su alegato al afirmar que la apertura a Dios aviva en el alma humana «la llamada a cultivar la paz mediante una alianza entre pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre y como hermanos y hermanas».

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