León XIV y Macrón en su reunión a puerta cerrada antes de que el Papa se encontrara con el cuerpo diplomático
León XIV advierte ante Macron que «la protección del derecho a la vida es el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho»
En el Palacio del Elíseo, León XIV ha abogado por una «justa laicidad» que no margine la fe del espacio público en el inicio de su viaje a Francia
En la deslumbrante Salle des fêtes del Palacio del Elíseo, ante el presidente de la República, Emmanuel Macron, las altas autoridades del Estado, la sociedad civil y el cuerpo diplomático acreditado en Francia, el Papa León XIV ha pronunciado este viernes su primer discurso en ocasión de su Visita Apostólica a Francia.
Con la mirada puesta en una nación que ha sido marcada por el reciente blindaje del aborto en su Constitución en 2024, el Santo Padre ha desplegado una profunda y densa reflexión antropológica y espiritual. A lo largo de su intervención, el Pontífice ha situado la defensa incondicional de la dignidad humana como el hilo conductor capaz de iluminar desde la ética tecnológica hasta la libertad religiosa y la construcción de la paz internacional.
En sus primeras palabras, León XIV expresó su gratitud por la acogida presidencial y saludó al pueblo francés, resaltando que la diversidad de orígenes de sus habitantes enriquece la convivencia y la vida democrática. El Papa no dudó en confiar un matiz personal al asegurar que Francia ocupa un lugar constante en sus oraciones, recordando además sus propias raíces familiares normandas y bearnesas.
El expresidente francés Nicolas Sarkozy llega para asistir a la ceremonia oficial con el Papa y el presidente de Francia en el Palacio Presidencial del Elíseo
Una esperanza renacida entre las piedras de Notre-Dame
Iniciando su recorrido temático por la capital francesa, tradicionalmente denominada la Ciudad de la Luz, el Pontífice evocó el esplendor histórico del país como faro cultural y espiritual. Destacó cómo sus escuelas catedralicias, universidades y academias contribuyeron a forjar la inteligencia de los pueblos mediante la búsqueda de la verdad, demostrando que las ciencias, las artes y la filosofía alcanzan su plenitud cuando se orientan «hacia la búsqueda de lo bello, lo bueno y lo verdadero, para que el mundo tenga vida», haciendo alusión al lema del Viaje Apostólico al país galo.
Esta maestría francesa ha encontrado una manifestación reciente en la reconstrucción de la catedral de Notre-Dame de París. León XIV agradeció el esfuerzo de las instituciones públicas y privadas, así como la labor abnegada de los artesanos y gremios que permitieron su reapertura al culto y a los visitantes del mundo entero. Para el Santo Padre, este hito trasciende la hazaña técnica: es el «símbolo de una esperanza recuperada, la prueba de que lo que se creía destruido para siempre puede renacer gracias a la colaboración de todos» y un testimonio de unidad que debe inspirar a la vida política y social del país.
Del humanismo a los Derechos Humanos: la aportación del alma francesa
Explicando la evolución histórica de la nación, el Papa remarcó las profundas raíces cristianas de Francia, que se desplegaron desde san Ireneo y el bautismo de Clodoveo para nutrir su genio cultural y misionero. Recordó cómo en el siglo XVI floreció un humanismo capaz de sintetizar la herencia grecorromana con la fe cristiana, abriendo paso a las aportaciones del Gran Siglo y de la Ilustración. Entre las verdaderas conquistas de ese proceso, el Pontífice situó el reconocimiento de los Derechos Humanos inscritos en la naturaleza humana, con especial énfasis en la libertad religiosa.
En este marco, León XIV abordó el lema nacional galo —Libertad, Igualdad, Fraternidad— para subrayar que no se trata de meras palabras grabadas en los frontones públicos, sino de exigencias éticas universales que hallan en el Evangelio una fuente inagotable de inspiración. Al recordar la proclamación en París de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 —con el papel destacado del jurista René Cassin—, el Santo Padre citó a san Juan Pablo II para advertir que «toda amenaza a los derechos humanos, bien sea en el ámbito de los bienes materiales, bien sea en el de los bienes espirituales, es igualmente peligrosa para la paz».
Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte Macron, acompañan a León XIV
Frente al «Paraíso de las Máquinas»: ética ante la inteligencia artificial
Vinculando la protección de los derechos con las transformaciones de nuestra época, León XIV advirtió sobre el carácter ambiguo del desarrollo tecnológico, capaz de causar daño si no se orienta al bien. Valiéndose del pensamiento del escritor Georges Bernanos, el Papa denunció el riesgo de que la obediencia ciega y la irresponsabilidad conviertan a la sociedad en un sometido «Paraíso de las Máquinas».
Para evitar esa deshumanización, el Pontífice reveló el motivo central que lo llevó a dedicar su primera carta Encíclica a la Inteligencia Artificial: «Volver a situar a la persona humana en el centro de toda reflexión». Reclamó con urgencia formar las mentes en un discernimiento ético que respete la libertad interior y la dignidad sagrada del ser humano. «Una sociedad verdaderamente libre no impone la uniformidad, sino que protege la diversidad de conciencias, previniendo las tendencias autoritarias y promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social», enfatizó León XIV, señalando la apremiante necesidad de dicho diálogo en la Francia de hoy.
El derecho a la vida, cimiento irrenunciable de la dignidad
A partir del análisis de la cohesión social, el Santo Padre conectó la tradición de solidaridad francesa con la misión caritativa de la Iglesia católica. Desde las obras de san Vicente de Paúl hasta las instituciones de salud actuales, el Papa elogió el servicio de quienes acompañan el sufrimiento como una auténtica «escuela de humanidad».
Esa atención al frágil sirvió al Pontífice para formular el enunciado más contundente de su discurso, pronunciado en el corazón político de una Francia que recientemente elevó el aborto a derecho constitucional. León XIV hizo un llamamiento a acoger la vida sin condiciones y a defender a quienes no tienen voz, reafirmando «con fuerza que la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano».
Animó a «aprender a acoger la vida sin condiciones, a sostener la fragilidad con ternura, a acompañar con respeto y confianza mutua cada etapa de la existencia y a defender, con valentía y compasión, a quienes no tienen voz o no se sienten lo suficientemente apoyados».
La ilusión de una ciencia sin conciencia
Inmediatamente después, el Papa profundizó en los peligros de buscar en la ciencia una consolación ilusoria desprovista de criterio moral. Constató con viva preocupación cómo las sociedades contemporáneas corren el riesgo de degradar la tecnología en empresas lucrativas.
León XIV enumeró las derivas que amenazan a la humanidad actual, señalando explícitamente las manipulaciones genéticas, la gestación subrogada, la compra de órganos o la oferta de una muerte programada. Frente a estos desafíos, recordó que la protección de la vida humana exige una profunda conversión de la inteligencia y del corazón.
Una «justa laicidad» que suma y no excluye la fe de la plaza pública
Transicionando hacia el encaje institucional de los creyentes, el Santo Padre sostuvo que este compromiso por el bien común representa la mejor expresión de la «justa laicidad de la ciudad terrenal». El Papa fue claro al afirmar que el cristiano que participa en la vida pública según su fe «no puede ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria».
Citando sus intervenciones magisteriales, defendió que «el auténtico laicismo no excluye la dimensión religiosa, sino que, por el contrario, sabe atesorarla como un recurso educativo». Ello justifica la plena legitimidad de la escuela católica en la educación francesa. Una laicidad bien entendida, concluyó, no consiste en relegar la religión al ámbito privado, sino en lograr que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello. Puso como ejemplo positivo la Instancia de Diálogo entre la Santa Sede, la Iglesia en Francia y el Gobierno francés, en sintonía con la sana cooperación entre la comunidad política y la Iglesia proclamada por el Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et spes.
Una alianza entre lo temporal y lo espiritual
Expandiendo su mirada hacia la acción exterior compartida, León XIV celebró la secular cooperación entre Francia y la Iglesia en favor de los cristianos de Medio Oriente. El Pontífice destacó en particular el impacto del Fondo para las Escuelas de Oriente, creado en 2021, que ha permitido respaldar a más de 260 centros educativos, incluidas siete universidades en el Líbano y la Universidad de Belén. Para León XIV, esta alianza demuestra cómo la fe y la cultura se erigen en pilares insustituibles para la concordia entre pueblos y religiones.
Al evocar la tierra «donde nació el Príncipe de la Paz», el Santo Padre dirigió su atención a los conflictos bélicos que asuelan el mundo. Tras apelar a una verdadera conversión del corazón para edificar la «civilización del amor», el Papa condenó con firmeza la carrera de armamentos.
Apoyándose en la encíclica Pacem in terris de san Juan XXIII, el Pontífice denunció la convicción errónea de que las armas nucleares garantizan la seguridad, advirtiendo de que la paz no es un mero equilibrio de fuerzas, sino una construcción diaria basada en la justicia y el diálogo. Exhortó a los mandatarios a no resignarse ante la guerra como si fuera «inevitable» y pidió que Francia, especialmente en el seno de Europa, asuma su vocación como incansable artífice de multilateralismo, abriendo el surco de una «paz desarmada y desarmante».
En este tramo final, León XIV reinterpretó el lema francés bajo una luz integradora: pidió que su libertad crezca en la búsqueda del bien común, que su fraternidad abrace a toda la humanidad y que su igualdad se asiente sobre la justicia y la caridad, haciendo fructificar las diferencias individuales.
Para concluir, el Santo Padre recurrió de forma elocuente a las propias palabras que Emmanuel Macron dirigió a los obispos franceses en el Collège des Bernardins en 2018. El Papa recordó que «una Iglesia que pretende desinteresarse de las cuestiones temporales no completaría su vocación; y un presidente que pretendiera desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber».