Lula Goce, con su mural
La artista Lula Goce convierte el espigón de Bayona en el mural más grande de España
Es un homenaje a la identidad marinera local y a su familia, dedicada por completo al mar
La artista gallega Lula Goce está a punto de culminar uno de los proyectos más ambiciosos de su carrera en la localidad que la vio nacer. La muralista ultima estos días los detalles del que será el mural más grande de España, una obra de dimensiones monumentales ubicada en el espigón de Bayona y en la que asegura haber volcado «el alma». Aunque las lluvias registradas durante el mes de mayo han obligado a retrasar ligeramente los trabajos, la inauguración está prevista para la próxima semana.
Aún con pinceladas por dar y sin tiempo que perder, la artista urbana traza en una entrevista con EFE las barreras de género que sigue percibiendo en el circuito del arte en pleno 2026, en festivales y, «sobre todo», en el salto del mural a las galerías de arte urbano".
Ve una «dilapidación de las artistas» que otros libros y exposiciones tratan de «contrarrestar» con «secciones paralelas» para mujeres, algo que le parece «triste» a estas alturas, cuando «todo tendría que estar más homogeneizado».
En Bayona, desarrolla en 1.400 metros cuadrados -400 metros en horizontal- en una actuación en que colaboran el Ayuntamiento, Puertos de Galicia y la Fundación Sabadell tras un proyecto previo de colaboración ciudadana.
«Como un parto»
Lula Goce puso su «creatividad a funcionar sin perder» su línea artística y, a la vez, guardar relación con «el urbanismo de la zona», con una actuación anterior que dejó líneas y dibujos geométricos que le parecen «superacertados».
El boceto, afirma, fue «como un parto». Intentó meter todo y tuvo que «empezar a retirar elementos en un formato tan horizontal» que supuso otro reto: «Funcionar bien de lejos y, a la vez, bien de cerca», por lo que recurrió a cuatro bloques y dos figuras principales, dos niños que aparecen «tumbados, durmiendo, como soñando este lugar». Quizás, sin saberlo, ella misma: «No lo había pensado, pero sí, podría ser yo», concede.
Lula Goce, con su mural
Es un homenaje a la identidad marinera local y a su familia. Cuenta que su abuelo tenía un barco de pesca, su madre fue redeira cuando era niña y su padre fue marinero, al igual que sus tíos. Es un «guiño» a toda esa historia.
La artista internacional que juega en casa
Goce, que ha dejado su huella en Nueva York, Miami o París, juega esta vez en casa y eso supone, dice, «más presión» porque lo quiere «hacer genial» para un público que conoce.
«He dejado ahí una parte de mi alma», confiesa ante un mural que es la parte visible de un «proceso tan grande y tan largo» que ha requerido cinco semanas de trabajo en este espigón sobre el que le dieron un «tocho de información brutal» al que ella aportó su «sentir, su experiencia propia», de cuando era «jovencilla».
Es ese lugar al que sigue yendo a caminar, aunque, bromea, va a «estar una temporada» sin pisarlo porque «ahora mismo» no lo quiere «ver delante» después de tantas horas que ha pasado frente al muro.
De niña, Goce ya era «muy lanzada» en los murales del colegio, en los que abordaba las figuras principales, como aquel Cristo crucificado que despertó la atención de una profesora que llamó a su madre para decirle que la alumna tenía «una capacidad brutal».
Más tarde, pintó en Nigrán, en Vigo, hacía murales en bares con 17 y 18 años, y se fue a estudiar Bellas Artes a Salamanca, donde «cualquier ocasión era buena» para salir a pintar. No se desvió de ese camino cuando se trasladó a Barcelona para el máster y el doctorado, fiel a lo que «realmente» le interesa: «intervenir espacios a través de la pintura».
La muralista Lula Goce posa junto a su mural durante una entrevista
Reconoce que la «línea» entre el arte y el gamberrismo del grafiti es «muy delgada» y a veces depende de las «leyes», el ojo del espectador y el lugar en el que se ubique. Aunque de joven recuerda ir a pintar alguna fábrica abandonada en El Poblenou de Barcelona, deja claro que dentro de su intencionalidad «no está la provocación ni estropear un espacio o fastidiar a alguien».
Lejos de eso, lo que pretende es «modificar un espacio para hacer «la vida más agradable» al que lo ve, provocar «una respuesta positiva» «en el espectador», convertirlo en «algo positivo para la comunidad y el entorno».
«Soy más procrear que prodestruir. Yo creo que mi mensaje político o feminista no entra dentro de la radicalidad sino dentro de una postura mucho más poética y más sutil», sintetiza.