Coruña de Afuera
Antes de mentarle a alguien su barrio, hay que andarse con cuidado: la cuestión de las fronteras urbanas desata pasiones encendidas entre los coruñeses
Hay quien piensa que los marcos solo preocupan en la aldea. Nada de eso. Hasta el más urbanita enloquece si le mueves los marcos en plena ciudad. Andaba yo el otro día por la calle Cultura, y se me ocurrió preguntar a un vecino en qué barrio situaría la vía. La que se armó. Estoy seguro de que hasta los armisticios que redibujaron los mapas de Europa fueron más pacíficos y civilizados.
En cuestión de lindes, da igual lo que digas. Nunca acertarás. Si le sueltas al nativo que estás pisando Labañou, se subirá por las paredes del Instituto Masculino.
—¿Pero cómo que Labañou? ¿Tengo yo cara de ser de Labañou?
Si reculas y te aferras a ese ente indefinido llamado Ciudad Escolar, tampoco quedará satisfecho.
—¿Acaso tengo pinta de estudiante?
Como no atines a la primera con el distrito, se monta la marimorena. Porque el parroquiano, ofendido como si le dijesen que lo han inscrito a traición en la peña celtista Iago Aspas, enseguida levanta de un banco a tres o cuatro colegas para que descuarticen al impostor que anda por ahí confundiendo un barrio con el de al lado.
Lo que no suele fallar es invocar a San Roque. Ya no digamos si te encomiendas a San Roque de Afuera. ¿Afuera de dónde? De Coruña, claro, que es donde caía este pedazo de ciudad hasta principios del siglo XX.
Recuerdo un capítulo maravilloso de las Memorias de un estudiante liberal, del gran Emilio González López. Se titula Los límites culturales de San Roque y la Huerta de Espiñeira. Cuando don Emilio era niño, San Roque estaba tan afuera que pertenecía todavía al antiguo Ayuntamiento de Oza, separado entonces administrativamente de Coruña por un «aprendiz de río». La cuestión fronteriza no era menor, ya que de ello dependía el pago del impuesto de consumos, que había que apoquinar en la caseta correspondiente si uno quería pasar mercancía de un municipio a otro (aunque Trump crea lo contrario, no ha inventado los aranceles).
Pasado el campo del Deportivo en Riazor, estaba uno de esos fielatos —a la entrada de Peruleiro— y había tres merenderos: dos bautizados a la francesa, el Bosque de Bolonia y los Campos Elíseos, y el favorito de la clase trabajadora: la Huerta de Espiñeira, donde los lugareños echaban la tarde jugando a la rana y trasegando refrescos.
«La Huerta de Espiñeira era el límite cultural que separaba San Roque de La Coruña. El gato de mi abuela, Elvira López Corgo, que, como buen gato, tenía un sexto sentido del mundo suprasensible, así lo sabía; y, por eso, todas las tardes, al anochecer, se llegaba hasta ese límite para recibir a su dueña, que regresaba de sus labores en la Fábrica de Tabacos de La Coruña», evoca don Emilio.
Con ese instinto que todos los de su especie parecen haber heredado de los alienígenas, el felino sabía que los humanos —y ya no digamos los humanos coruñeses— somos muy sensibles a los mapas. Por eso no osaba cruzar aquella línea imaginaria que separaba Coruña de Oza, no fuera a ser que su dueña tuviese que pagar luego las tasas aduaneras por llevarlo de regreso a casa. Aunque yo prefiero pensar que, como todos los mininos, era un ser profundamente territorial y no se le ocurriría poner una pata más allá de San Roque.
Confirmo mi teoría del terruño con un vecino de la cola del pan en Comestibles Monforte. Le pregunto por sus excursiones al espacio exterior:
—¿Y usted sale mucho a Coruña a hacer recados?
—¿Qué se me ha perdido a mí ahí fuera? Aquí tenemos de todo. Hasta playa.
Cierto. Llevamos toda la vida mirando la ciudad del revés. El gato de la abuela de don Emilio tenía razón al no asomar sus bigotes más allá de la Huerta de Espiñeira. Porque, pasado San Roque, todo es Coruña de Afuera.