Atlantic CityLuís Pousa

El último inquilino de renta antigua

Hay momentos en que llegas a pensar que el de la inmobiliaria te va a pedir un análisis de sangre y otro de orina para darte el visto bueno como paganini

Una de las derivadas más insospechadas del desahucio de Maricarmen ha sido el odio súbito desatado en ciertos sectores contra las personas que vivimos de alquiler. Mientras uno de los dos bandos en los que se divide España para tratar cualquier asunto convertía a esta mujer de 87 años en poco menos que La libertad guiando al pueblo de Delacroix —«Es nuestra Rosa Parks», llegó a decir Pablo Iglesias—, la trinchera de enfrente declaraba la guerra a todos esos humildes inquilinos que hemos optado por pagar una renta mensual en lugar de una hipoteca. «Ahorra y cómprate una casa, no seas como Maricarmen», silbaban las balas perdidas en Twitter.

A partir de ahí, como ya es costumbre en unas redes sociales donde chapotean el mal gusto, los insultos y las faltas de ortografía, las barrabasadas empezaron a subir de tono para acabar, sin mayores matices, por identificar a todos los caseros con pérfidos fondos buitre que expulsan a las viejecitas de sus hogares y a todos los arrendatarios con inquiokupas tatuados y peinados con rastas. Entre el lobo de Wall Street que anda aparcando ancianas por las aceras y el perroflauta que se cuela en tu piso aprovechando que bajas a comprar el pan, por supuesto, no hay claroscuros. En estos debates de trazo tosco, desaparece por completo la escala de grises en la que habitamos la mayoría de los mortales.

Supongo que será porque los tuits de «no seas como Maricarmen» me pillaron algo mayor. Esos sabios consejos no llegaron a tiempo y, tal vez por eso, soy uno de los miles de coruñeses que viven de alquiler. Y no dejan de sorprenderme los mensajes apocalípticos que se lanzan a la cabeza las dos Españas —y también las dos Coruñas— con la excusa del desalojo de la señora y de la acampada de la Puerta del Sol. Quiero creer que existe una vía intermedia entre los que abogan por expropiar más de 300.000 viviendas para montar soviets de aroma castizo y los que atisban okupas melenudos hasta en los confesionarios.

Edificio de la sede del Banco Pastor, en La Coruña

Edificio de la sede del Banco Pastor, en La Coruña

Hace solo un mes que hice mi última mudanza y pude comprobar que la tarea de encontrar un piso de alquiler en Coruña se ha convertido en poco menos que misión imposible. El grueso de la oferta se dirige a estudiantes y turistas, lo que deja malparadas a las familias en busca de un lugar donde establecerse durante una larga temporada. Con ese repertorio menguante donde elegir, no somos los inquilinos los que escogemos al casero, sino que es el casero el que hace un casting entre los candidatos. En ocasiones, uno llega a pensar que, además de pedirte las últimas nóminas, la declaración de la renta y no sé cuántos certificados bancarios más, el de la inmobiliaria va a salir con que necesita un análisis de sangre y otro de orina para darte el visto bueno como paganini.

Ya me gustaría a mí ver a Hércules frente a semejante proceso de selección. Si le hubiesen ordenado buscar piso en Coruña como el trabajo número trece de su archifamosa lista, al cachimén no lo habrían salvado del entuerto ni todos los dioses del Olimpo. Menos mal que, por lo que se refiere a nuestra ciudad, lo único que le encargaron fue mangarle los bueyes a Gerión. En esas andaba cuando el asunto se le fue de las manos y acabó cargándoselo de un flechazo. Para disimular, como la vivienda ya por aquel entonces andaba escasa, a Hércules le salió el alma de emprendedor —se ve que los héroes son todos autónomos— y se le ocurrió construir su propia Torre para plantarla encima de la calavera del difunto. Y ahí debajo sigue el bueno de Gerión tantos años después. Porque Hércules tal vez fuese algo rencoroso como enemigo. Pero, como casero, era un tipo comprensivo. Que le pregunten a Gerión, el último inquilino de renta antigua de Coruña.

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