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El último órsay

Los árbitros iban de negro, en plan viudos de sí mismos, y aguardaban en la banda la lluvia de almohadillas con la que se ponía fin a cada encuentro

Act. 21 oct. 2026 - 09:32

Ya nadie dice órsay. El único rastro que queda en Coruña es el letrero de una cafetería de Concepción Arenal. Justo entre La Cervecería y Pompas Fúnebres, que vienen a ser como el ying y el yang de la existencia, está el Orsay (sin tilde). Cuando la gente todavía barajaba esta palabra, había dos bandos: unos la pronunciaban órsay y otros, orsay.

Mi padre era de órsay. Estaba en la sala, viendo un partido, y de pronto le recriminaba al árbitro:

—¡Estaba en órsay!

Otras veces se dirigía al juez de línea:

—¿Pero no ves que era órsay?

En aquella época, finales de los setenta, todos los árbitros iban de negro. Vestían de luto riguroso, en plan viudos de sí mismos, y aguardaban pacientemente en la banda la lluvia de almohadillas con la que se ponía fin a cada encuentro.

Ni había árbitros de amarillo ni había VAR. Las jugadas se revisaban en el otro bar, el de la esquina, donde los parroquianos se ponían sesudos y explicaban el reglamento al dueño del local mientras pedían otro corto y una tapa de oreja.

—Jefe, eso no era tarjeta amarilla, ya verá la moviola.

Yo no sabía a qué se refería mi padre cuando reclamaba órsay al árbitro. Aquello me sonaba a algún idioma escrito en cirílico. Natural. Eran los tiempos en que en todos los tocadiscos había algún vinilo de los Coros y Danzas del Ejército Ruso. En una de sus giras, incluso habían parado en el Palacio de los Deportes. Entonaron Kalinka con tanto ímpetu que los de Monte Alto pensaron que había llegado el ataque preventivo de la URSS que cantaban Polanski y el Ardor.

Se notaba que aún no habíamos entrado en la OTAN, porque por el pabellón de Riazor lo mismo pasaban los Coros y Danzas que la selección de baloncesto soviética. Un día aparecieron con sus CCCP y sus estrellas rojas en las camisetas de asas y comprobamos que Tachenko era todavía más alto y peludo en persona. A medio partido, el entrenador lo sentó en el banquillo —que no era banquillo ni nada, sino una silla plegable— y, al estirar las piernas, casi le llegan a Mera.

El árbitro Carlos del Cerro Grande revisando una acción en el VAR durante la final de 2023

UEFA

Muchos años más tarde, averigüé que aquel órsay no era ruso, sino una de esas gloriosas deformaciones del inglés que a veces alumbramos (como cuando en los astilleros ferrolanos convirtieron full-speed en filispín). Resulta que el órsay era la versión castiza del off-side británico. Así comprendí, tantos años después, que lo que mi padre reprochaba a Guruceta y otros árbitros del Medievo era que no señalasen fuera de juego cuando el típico delantero chupón estaba plantado en solitario en el área rival.

No pasaba de los nueve años y en el recreo no se aplicaba el fuera de juego. En el campo de tierra del colegio disputábamos tres o cuatro partidos a la vez —todos sin árbitro, por supuesto—, así que ya era lo suficientemente complicado saber quiénes eran los nuestros como para encima andar mirando si había alguien más adelantado que la defensa.

Además, no había quien entendiese aquella regla. Nunca le hicimos demasiado caso, hasta que un tal Arrigo Sacchi entrenó al Milán y empezó a usar el fuera de juego como arma arrojadiza cuando se cruzaba con la Quinta del Buitre en la Copa de Europa. Parece que hasta que llegó Sacchi los futboleros estábamos sin civilizar y éramos todos unos cromañones, pero es que en aquellas pantallas antediluvianas ni siquiera se distinguían las isobaras del señor del tiempo. Como para pillar un off-side. Ahora, si hay dudas, te repiten la jugada fotograma a fotograma y hasta te ponen un vídeo con unos muñequitos y unas líneas de colores para que puedas ver si la nariz de Lamine Yamal está más adelantada que los pelos de la barba del central.

Si por mí fuera, volveríamos al fútbol libertario y sin fuera de juego de la escuela. Aunque seguro que estos sueños anarquistas me visitan porque, a mis años, yo también me he quedado en órsay.

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