Un frío definitivo que rompe todos los planes

Adamuz vive una jornada entre el dolor por la tragedia, el cansancio de una noche interminable y el revuelo mediático

Mantas y ropa de abrigo de la noche del domingo han quedado en el pabellón municipal de AdamuzSamira Ouf

Los familiares han sido trasladados a esa hora de la mañana en autocar hasta Córdoba, donde se ha habilitado el centro cívico Poniente Sur, junto a la plaza de toros, para atenderles mientras siguen esperando noticias de sus seres queridos. Son las 11 y media y apenas quedan algunos en el hogar del pensionista de Adamuz, donde se nos ha pedido que no se tomen imágenes. A poco que se accede al edificio se percibe una energía algo espesa. Huele a noche larga, a los restos agrios de la incertidumbre y la muda apresurada, si es que se ha podido coger quizá alguna. Fuera, los periodistas acudimos de testigo en testigo, guardando un turno no pactado pero eficaz entre las televisiones y sus directos. La esquizofrenia de la pantalla pide testimonios en primera persona que se suceden uno tras otro.

La entradilla en valenciano de la periodista de À Punt – esto es un Babel con muchos acentos- deja algo perpleja a la mujer cuyo marido se metió en uno de los vagones Alvia por el techo, como si no hubiera ni un terraplén, ni el dolor de las vidas quebradas, ni cadáveres -« cree que algunos de niños»- por el suelo. «No ha podido dormir» dice esa esposa que tampoco es que haya tenido muchas horas de sueño según desvela su cara. Ella es una de los numerosos vecinos que acudieron al lugar del impacto en cuanto se corrió la noticia para ayudar como pudieran, hasta que los servicios de emergencia y la Guardia Civil se hicieron cargo de la situación y acotaron el escenario.

Medios de comunicación junto al hogar del pesionista de Adamuz, donde un autobús espera para llevar a los últimos familiares hasta CórdobaSamira Ouf

Las mantas y la ropa de abrigo se acumulan ordenadamente algo más abajo de la calle, junto a una rotonda, en el pabellón municipal que ha servido de puesto avanzado, como lugar para las autoridades y las declaraciones. El obispo de Córdoba se acaba de marchar hace un momento de ahí, en esta mañana helada de lunes. Jesús Fernández ha ido a abrazar el dolor y la confusión de los que allí se encuentran y el pastor sigue para Córdoba porque, ya se ha dicho, han sido trasladados allí. Hoy tenía prevista la inauguración del nuevo centro de recepción de la Mezquita Catedral, pero la agenda se ha roto como anda fracturada la actualidad y solo toca estar con quienes sufren la pérdida y lloran a los suyos.

Adamuz está como escondido o al menos sus gentes no asoman salvo por las inmediaciones del hogar de mayores, donde las radios y las televisiones y los micrófonos. Pero se ve que el cansancio de la noche ha hecho mella y muchos se han vuelto a casa o a sus quehaceres en una localidad que vive fundamentalmente del olivar y la ganadería. De todas formas hoy el sector primario no mira a Europa, sino a otra tragedia más cercana.

Es imposible acercarse al lugar de los hechos. La Guardia Civil tiene colocados agentes de manera estratégica alrededor del pueblo, en determinados cruces de la carretera, para que no se pueda acceder hasta donde ya trabaja la policía judicial, entre otros cuerpos. Sí se muestra más cercano Juanma Moreno, un presidente andaluz que no para de atender a los medios en la caseta municipal y que, en efecto, hace de la proximidad virtud. Le acompañan algunos consejeros (Antonio Sanz, José Antonio Nieto) además de otras autoridades provinciales del PP. Su rueda de prensa es a viva voz, la que le sale del cuerpo a pesar de las horas que lleva al pie del cañón.

Juanma Moreno, durante la comparecencia a los medios en el pabellón deportivo de AdamuzSamira Ouf

Poco antes de su intervención en la entrada principal, donde aguardan otros periodistas, hay un policía local gritando que debíamos desalojar el edificio para después entrar otra vez. Orden del alcalde. El consejero de presidencia se acerca y le explica al agente que mire usted, es que hay un presidente de la Junta ahí atendiendo a los medios, y el policía insiste en que el pabellón ha sido ocupado sin pedir permiso y tenían que limpiar. Solo se puede entender esto desde un surrealismo tan español como el exceso de celo que algunos empleados ponen sobre todo si les manda el alcalde. Todo quedó en nada, afortunadamente, antes de que la comitiva del gobierno andaluz marchara hacia la zona del siniestro. Allí, en la catástrofe, estaría también Sánchez.

Sanchez comparece en el pabellón municipal de AdamuzSamira Ouf

Los medios se preparan para recibir al presidente del Gobierno, que tiene prevista su llegada al pabellón tras la visita al punto cero a la una y media. A Sánchez sí le habilitan megafonía que llega apresuradamente desde Córdoba («Me han avisado hace cuarenta minutos», confiesa el técnico azorado en voz baja) y se va acumulando media TVE en la entrada. Según las estadísticas, en ese momento hay tres redactores y dos cámaras de TVE por cada periodista de otro medio. Algunos curiosos se acercan hasta allí pero resultan ser clas que aplauden al presidente y su comitiva (Marlaska, Montero, Puente) cuando se bajan del coche que les deja casi en las puertas del recinto deportivo. Su aplauso suena pequeño, fuera de lugar, forzado. En su intervención Sánchez promete «dar con la verdad del accidente». Él, que no sabe lo que es la verdad.

Mientras, las escenas de dolor llegan desde Córdoba. Falta espacio en el anatómico forense. Faltan forenses. Se precisa sangre. Se buscan familiares. Los nervios afloran entre aquellos que se enfrentan al celo de la protección de datos y en hospitales como el Reina Sofía no les facilitan información porque no son «familiares cercanos». Uno de ellos es Juan Barroso, de Punta Umbría. Solo sabe que una niña de seis años, hermana de un sobrino suyo de 12, salió solita a pie de uno de los vagones siniestrados, pero del resto de la familia, hasta cuatro miembros, no se sabe nada. Justo antes de acabar esta crónica ya conocemos que esa chiquilla ha perdido a toda su familia en un domingo aciago, helador, de los que lo cambian todo. En un mes de enero que ha traído un frío definitivo, ese que rompe todos los planes previstos.