Paco Ruiz, fundador de El Rincón del Cante
El portalón de San Lorenzo
A pesar del fútbol aún resuenan ecos flamencos de Córdoba
«Paco de Lucía alabó la calidad de las guitarras de este hombre sencillo y gran artista de Córdoba»
A principios del mes de junio de este año, se celebró en la iglesia de San Lorenzo el entierro de Paco Ruiz que fuera fundador de la Peña el Rincón del Cante, y al preguntarle a un familiar del Queco el porqué el entierro de Paco Ruiz en la iglesia de San Lorenzo, (Ya que él nació en Barrionuevo, vivió en plaza de Colón y terminó viviendo en Villarrubia), el citado familiar nos diría: Según sus hijos, que de pequeños llegaron a vivir en la casa en donde está el Bar el Artista, de la calle María Auxiliadra, nos confirmarían que por una especie de testamento oral y permanente de su padre, este les solía decir:
«Hijos que mi entierro sea en San Lorenzo, pues en ese barrio hay recuerdos para mí imborrables. Allí empecé a jugar al futbol en el Colegio Salesianos, también allí, en aquel barrio, y en la calle Juan Palo, surgió mi primer amor, en una chica de nombre Carmen Rubio, que había sido nombrada por su espléndida belleza “La Rosa de San Lorenzo» en aquella verbena de 1954 que organizada por la Peña los Minguitos por la festividad de San Lorenzo.
También como no, quiero recordar que mi madre fue María la lechera, puesto que heredó de su hermano El Candy y que durante años estuvo al servicio del barrio de San Lorenzo, (con su despacho de leche entre las tabernas de Gamboa y Minguitos), y según me decía ella, fue una mujer siempre muy respetada y querida por todo el barrio. Teniendo un recuerdo muy especial, para aquellas chiquillas de entonces, Soledad de la Haba y Mercedes Morales, que con su simpatía y su agilidad juvenil en el reparto de la leche, supieron trasladar la grandeza y el respeto a mi querida madre de todas sus clientas. Y todo eso es muy difícil de olvidar”.
Nosotros por nuestra parte, no queremos olvidar aquella simpática casualidad en 1976 de aquel día en que Paco Ruiz quiso acercarse para saludar a su amigo Pepe Reus, presidente del San Lorenzo por su excelente campaña en aquella Regional Preferente, Y allí en plena plaza de San Lorenzo coincidió con Rafael López Recio ‘El Grajo’, que acompañado como siempre de su esposa Antoñita, habían salido de la iglesia de escuchar la misa a la que solían asistir todos los domingos. El saludo de estos dos amigos (Paco Ruiz y Rafael López), fue muy efusivo y prolongado, pues les unía su gran afición al cante flamenco y su pertenencia a la Peña el Rincón del Cante desde sus raíces en la taberna del Pisto en Santa María de Gracia.
Cuando se marchó el matrimonio de Rafael López Recio y señora, sería Paco Ruiz el que nos quiso contar la vivencia vivida en la despedida de soltero de su amigo Rafael López que tuvo lugar en la taberna Los Moriles de la calle María Cristina (esquina con la Cuesta de Luján), y en donde para más detalles nos diría, que allí estaba la sede de Club de Futbol Marín que era una vocación de los hermanos Redondo.
Y nos diría que en aquella despedida de soltero acudieron muchos amigos, aficionados al cante y gente muy preparada culturalmente. Y entre ellas don Luis Melgar Reina, que al hablar del flamenco nos diría:
“Córdoba históricamente ha sido frontera de muchas cosas. Fue frontera de Tartesos; lo fue de la ciudad Bética romanizada; artísticamente sigue siéndolo, en tono mayor, del arte Califal, y militarmente lo fue también de Castilla en la conquista de la Granada Nazari. Córdoba lo sabe. Sabe que ser frontera es ser a la vez punto clave, defensa, ataque, paso, avituallamiento, límite. Córdoba por ser frontera, tenía que defender, Y solo se defiende lo propio, no lo ajeno, No hay otra explicación para que se haya alzado y armado con las melodías apasionadas de las soleares y con la grandeza sobrecogedora de la seguiriya en sus noches olorosas del mes de mayo.
Y este hombre terminaría diciendo: “Hay que agradecer al Concejo de Córdoba el querer resucitar los cantes antiguos que para muchos ya estaban olvidados, y supo hacer que salieran a flote en sus Concursos Nacionales de Cante Jondo en donde entendidos y cantaores de solera han querido recogerlos desde sus bases más auténticas para sacarlos a flote y por ello, no tengo más remedio que decir. ¡¡Viva Córdoba!!"
El buen paño en el arca se vende
Y por otra parte, hace pocos días concluyó, casi escondido ante la vorágine del mundial de fútbol, el Festival de la Guitarra de Córdoba. Este evento, que se extiende normalmente durante dos semanas, consiste en la celebración de conciertos con presencia de artistas reconocidos en la materia, tanto españoles como extranjeros. Originalmente, el festival se basaba sobre todo en lo que entendemos por guitarra clásica y guitarra flamenca, si bien se ha ido progresivamente abriendo a otros tipos, incluidas las eléctricas de grupos modernos que, por supuesto, también tienen su público.
En todo lo relacionado con el eco de nuestra guitarra de toda la vida es de justicia reconocer a una figura que, por desgracia, es casi desconocida para el gran público: Miguel Rodríguez Beneyto (1888-1970), que desde su taller de la calle Alfaros número 15 marcó una época de esplendor en la guitarra cordobesa, famosa gracias a él por todos los rincones del mundo. No había un coleccionista o concertista que se precie que no haya luchado por hacerse con una guitarra de la firma «Miguelito Rodríguez". Porque, como dice el dicho de que “el buen paño en el arca se vende», los productos de Miguel tenían tanta reputación que se los quitaban nada más salir de sus manos de artista.
Los padres de Miguel Rodríguez Beneyto fueron Antonio Rodríguez Calderón y Dolores Beneyto Santoja. La madre procedía de unos Beneyto que habían llegado a nuestra ciudad desde Bocairente (Valencia) donde eran, ya es casualidad, pañeros de profesión. Los padres de ella fueron Miguel Beneyto Miralles y María Josefa Santoja Blanquer, los primeros que llegaron a Córdoba con sus seis hijos: Nicolás, Jaime, Miguel, Rafael, José y la citada Dolores. Su domicilio familiar estaba en la calle Cañaveral de la collación de Santiago, y desarrollaron su profesión en una fábrica de paños situada en la Fuensantilla.
En la siguiente generación, el matrimonio de Antonio Rodríguez Calderón y Dolores Beneyto Santoja vivirá en la calle Fernando de Lara número 4, cerca de la Piedra Escrita y las Ollerías. En esa casa nació el 1 de julio de 1888 el niño Miguel Rodríguez Beneyto, según consta en el padrón municipal. Fue bautizado en la iglesia de San Lorenzo.
Miguel Rodríguez probando una guitarra en su taller calle Alfaros
Siempre cerca de la madera
Miguel Rodríguez Beneyto no siguió el camino de pañeros de sus antecesores sino que se colocó en un taller de ebanistería en la calle Barberos regentado por familiares de Diego Soto Moreno, un estupendo ebanista local que tuvo su taller primero en San Andrés (en la casa de Pepito el Sevillano) hasta el 1937, y luego después en la calle Adarve. En este taller de Soto trabajó mi conocido Rafael Jiménez Espejo (hermano del cantaor Manuel Espejo ‘Churumbaque’), El citado profesor, y trabajando en el taller de Diego Soto Moreno fue premio en el Concurso Nacional de Aprendizaje de 1948 y profesor mío en la Universidad Laboral de Córdoba, donde nos enseñó en 1957 en clase de Tecnología las calidades de los diferentes tipos de maderas.
Volviendo a Miguel Rodríguez, desde temprana edad, quizás por influjo de su compañero de juegos y amigo de toda la vida Antonio Serrano Carmona, ‘Antonio el del Lunar’ (1891-1965), vecino de las cercanas Costanillas, aprendió a tocar instrumentos musicales como la bandurria y la guitarra, que desde entonces le fascinaron. Por eso, desde 1906, en un taller de la calle San Fernando, se adentró en el peculiar mundo de la construcción de guitarras. Así conjugaría su profesión inicial vinculada a la madera con su pasión por la guitarra. Como nos enseñaría muchos años después Rafael Jiménez Espejo en la citada Universidad Laboral, ya no serían las nobles maderas de roble, nogal, ébano o caoba las más aptas para su tarea, sino las de Palo Santo rosa, de la India, de Río o Brasil, o africano.
De su matrimonio, Miguel Rodríguez tendría dos hijos gemelos, uno que llevaría su mismo nombre, Miguel, y otro llamado Rafael. Trabajaron desde 1939 con su padre, ya ubicado en el famoso taller de la calle Alfaros número 15.
El nieto Rafael Rodríguez me comentó una vez que su abuelo tenía una simpática clasificación propia de las guitarras en «Primera», «Segunda», «Tercera», etcétera. y así hasta el capricho del cliente según las maderas nobles que requiriese el encargo. Además, Miguel era sumamente preciso y puntilloso en sus trabajos, tanto fuera como en el interior, y si le preguntaban el porqué de tanto detalle en el interior de la guitarra, si apenas se veía, él contestaba: «Lo veo yo y eso me basta».
Por esa artesanía delicada no es de extrañar la calidad del sonido que, según los entendidos, desprendían sus guitarras: «los bordones potentes y con una profundidad extraordinaria, los triples cristalinos y brillantes, el equilibrio perfecto entre ambos»... Sus rasgueos «eran nítidos, rotos y brillantes, con un particular sonido seco y hueco, propio de las mejores guitarras flamencas».
Los flamencos puros le pedían a Miguel Rodríguez Beneyto guitarras que hablaran más que sonasen, y este hombre talentoso, trabajador y artista, sabía como pocos lo que el cante jondo y la guitarra pedían. Una de las primeras guitarras que fabricó con bastante éxito fue, precisamente, para su gran amigo de tantos años Antonio ‘El del Lunar’, quien actuó con ella el 26 de agosto de 1923 en la popular verbena de Las Margaritas en Córdoba.
La familia Serrano observa el sonido de una guitarra
Almacenes Roses
La familia Roses Pastor, y sus descendientes, los Roses Llácer, fueron los propietarios de esa gran establecimiento del cual hemos hablado en varios artículos, Almacenes Roses, que ocupaba un antiguo edificio con fachada a tres importantes calles de Córdoba, Doce de Octubre, Reyes Católicos y avenida de Canalejas (Ronda de los Tejares). Se dedicaban al comercio de hierros, ferretería y maquinaria para la agricultura. La familia Roses, fue una familia que siempre supo estar ligado al ambiente cultural y flamenco de Córdoba.
Por mi experiencia laboral en el ramo, este gran almacén siempre será recordado con gratitud por los talleres de cerrajería locales que acudían allí para comprar sus hierros. Fueron modélicos, dándoles todas las facilidades posibles sin cerrar el crédito a ningún pequeño taller que pudiera tener sus comprensibles problemas de cobro con aquellas constructoras que muchas veces aparecían hasta debajo de un ladrillo y que eran expertas en «marear la perdiz» con las subcontratas.
Aparte de su labor propiamente comercial, los Roses estuvieron muy integrados en la sociedad y vida cultural de esa Córdoba de principios del siglo XX. Desde su barrio de la Fuenseca (Juan Rufo), donde tenían su residencia, intervinieron en el diario ‘La Voz’ como propietarios y en su dirección. Además, varios miembros de la familia llegaron a ser concejales del Ayuntamiento de Córdoba. En el plano social, según nos llegó a relatar Antonio Blanco, responsable de la sección de ferretería de los citados almacenes (y uno de los fundadores de la Peña los 14 Pollitos en las Beatillas), la empresa tenía por costumbre de nutrirse para captar trabajadores de alumnos del Hospicio del Campo de la Merced.
Edificio de Almacenes Roses en la esquina con Doce de Octubre
El famoso reloj flamenco de las Tendillas, promocionado por la casa Philips, fue inaugurado en enero de 1961, con rasgueo de la guitarra de Juan Serrano y la voz del gran Matías Prats. Ninguno de los dos cobró nada por el evento. Solamente se le hizo un donativo de un millón de pesetas al hermano Bonifacio para sus niños del Hogar y Clínica de San Rafael.
Un día del ya lejano año 1984 me llegué a las oficinas de Almacenes Roses en la calle Reyes Católicos para solucionar el problema de renovación de una letra. Tuve que hablar con Paco Serrano Rodríguez, que era jefe de contabilidad y una excelente persona. Además, era hermano del indicado guitarrista del reloj de las Tendillas e hijo de Antonio ‘El del Lunar’, el gran amigo de Miguel Rodríguez. Pero la envergadura de aquella letra era tal que la debía aprobar don Manuel Roses hijo, y mientras llegaba fuimos a tomar café al bar Puerto Rico, que hacía esquina con la citada calle.
Allí Paco me habló de la gran relación de su hermano Juanito con Miguel Rodríguez Beneyto (tanto que le llamaba «pariente»), que le había fabricado cuatro o cinco que se llevó antes de irse de gira para Estados Unidos. Me comentó también que su padre Antonio ‘El del Lunar’ había heredado un par de ellas.
Siguió hablándome de su hermano. Me dijo que se había hecho profesor de la Universidad de Fresno y que en 1966 actuó en la Universidad Fairfield en Connecticut donde recibió el título de doctor Honoris Causa. En aquella actuación, ante el embajador de España, Juanito Serrano lució tipo tocando con su guitarra de Miguel Rodríguez Beneyto. Paco de Lucía estaba allí presente y alabó ante la prensa entendida la calidad de las guitarras de este hombre sencillo y gran artista de Córdoba. Un agradecido Juan Serrano contestó: «Es que el aire de Córdoba le da un curado especial a la madera y la guitarra lo agradece».
El homenaje a la familia Onofre
Si hay una combinación típica de nuestra cultura, recogida por innumerables artistas y poetas, es la del flamenco con el mundo del toro. La historia nos ha enseñado que los toros, como Fiesta Nacional, y el flamenco, han ido siempre de la mano, unidos por la belleza sonora y plástica, el famoso e indefinible duende. Hay quien ha llegado a decir que un buen cante por soleares tienen la misma belleza que una sentida faena de muleta.
En este sentimiento nuestro hay que destacar sin duda a la familia cordobesa conocida como Los Onofre. El fundador de esta dinastía flamenca local fue Manuel Moreno Madrid, ‘Juanero el Feo’ (1846-1907), que le dio al cante una forma eminentemente propia de nuestra ciudad. El apodo de Onofre lo cogió del piquero Rafael Álvarez Rodríguez (1833-1892), que perteneció entre otras a la cuadrilla de Rafael Molina Sánchez ‘Lagartijo’, torero éste último al que le tenía enorme devoción como gran aficionado a los toros. El flamenco y los toros siempre juntos.
Según el gran entendido Ricardo Molina Tenor, los Onofre fueron en su forma de cantar fieles a sus orígenes cordobeses. Y también opinaba de esta forma el eminente flamencólogo de Montilla, Agustín Gómez Pérez (1939-2017): “La majestuosidad con que sabían estar y exponer sus cantes abrió los corazones de los cordobeses, que se veían reflejados de una forma emotiva con el casticismo de esta familia y queremos destacar aquí las estrofas de aquella famosa solea:
«Arroyo de la verdad,/ qué pocos beben en ti./ Mientras siga el mundo así,/ ¿cómo te vas a secar,/ arroyo de la verdad?».
(El mensaje de esta solea sería aplicable a la actitud de algunos políticos, que dan la impresión por sus controvertidas mentiras, que no beben en ningún arroyo de la verdad)
Y siguiendo con el homenaje a los Onofre tenemos que decir que se dio en 1929, y al que asistió Ricardo Moreno Rodríguez como representante de la familia. En la mesa presidencial del banquete se sentaron con el homenajeado sus hermanos Juan y José, don Manuel Roses Llácer, de los Almacenes Roses, como siempre allí donde estuviera la cultura cordobesa, don Antonio Caparrós, don Mariano Luque y don Francisco Flores.
Asistieron a dicho homenaje medio centenar de amigos y grandes aficionados al cante jondo. A los postres, don Julio Fernández Costa volvió a resaltar la pureza de la familia Onofre. Animados por estas palabras, una vez terminada la comida, se improvisó una fiesta de cante en donde José Moreno Rodríguez, hermano del homenajeado, se dijo unos tangos que personalizó con letra dedicada a la mayoría de los comensales. Al final salieron a relucir hasta las guitarras, como la de Antonio Serrano Carmona ‘El del Lunar’, uno de los presentes. Estaban también otros artistas como Manolillo, El Hijolero, El Moni o El Chocolate. El fotógrafo que tiró varios magnesios e inmortalizó lo que allí aconteció fue el famoso Santos.
Y bajo los dedos de Antonio ‘El del Lunar’, la obra de arte hecha guitarra de Miguel Rodríguez Beneyto volvió a inundar aquella sala con sus notas.