El archivo de El Macho en Westinghouse
El portalón de San Lorenzo
Los secretos guardados en el archivo de El Macho
«Si alguien nombraba en esa Córdoba a El Cubanito todos pensarían en una famosa pasta de tabaco que se traía de contrabando desde Gibraltar»
Durante toda la década de los años 60 del siglo pasado, en la fábrica Westinghouse de Córdoba se llevó a cabo la puesta en marcha del «incentivo de producción CREA», siendo CREA las siglas de una empresa de gestión de recursos de Madrid contratada para la implantación de un sistema de incentivos a los trabajadores del taller. Fue un trabajo complejo realizado poco a poco, empezando por las secciones más fáciles de controlar hasta terminar por poner a toda la fábrica a tiempos, determinando en unas tablas, para cada trabajo de cualquier sección de taller, una duración prefijada.
Para el funcionamiento de este sistema de incentivos todos los trabajadores tenían que rellenar de forma diaria una hoja, que popularmente se llamó «la CREA», donde indicaban las unidades de trabajo que habían realizado. Estas hojas pasaban diariamente al Servicio de Tiempos que asignaba a cada tarea el tiempo que tuviera concedido o prefijado según las tablas anteriormente confeccionadas. La relación entre el tiempo concedido y el invertido determinaba el porcentaje obtenido de beneficio. Finalmente, las hojas CREA se mandaban a Jornales o Nóminas, y de allí al Archivo de El Macho, en donde permanecían archivadas junto a otros papeles de Administración como facturas o boletines de pedidos, distintos listados en papel continuo que producían los ordenadores, entonces unos armatostes.
Estos listados suponían una cantidad considerable de papel debido a que los primeros informáticos no paraban de experimentar con programas sobre productos que muchas veces desconocían. Con lo que aquello suponía un gasto continuo de papel sin ton ni son, que además se tenía que almacenar. Eran tantos los listados de papel que se generaban que diría que el gran negocio entonces de IBM era la venta de papel continuo más que el de sus primitivas máquinas. Menos mal que por fin llegaron los ordenadores personales modernos y de esta forma cada técnico se hacía el programa que le interesaba.
En 1962, recién entrado en la fábrica, tuve que visitar varias veces este pintoresco archivo. La razón de acudir era la de atender a las reclamaciones de algunos trabajadores que no estaban de acuerdo al comprobar su nómina con la prima o incentivo asignado. Por eso había que ir al archivo, buscar y comprobar las hojas de liquidación diarias del trabajador en cuestión. Al ser muy frecuentes aquellas comprobaciones, sobre todo al principio de ponerse en marcha este sistema, llegué a tomar cierta confianza con el agradable Macho, el responsable del archivo.
Hablando con él, me di cuenta enseguida del porqué de su apodo: utilizaba la palabra «macho» como final de frase para casi todo. Su nombre era Ángel Santos Martínez y provenía de la antigua Electromecánicas. Por ser bobinador de motores en los años 30 cuando la Constructora Nacional de Maquinaria Eléctrica (Cenemesa, origen de la fábrica de Westinghouse) se separó de su casa matriz de la Electromecánicas él pasó con otros compañeros a la Constructora. Esto convertía a El Macho en uno de los trabajadores más antiguos de la fábrica, detalle que compartía con el célebre Sr. Cañizares.
El recibimiento de los cautivos de la División Azul, en la prensa
Al estar solo y un tanto aislado en aquel archivo, el amigo Santos se explayaba cuando llegaba cualquiera. Por ello pudimos saber que participó en la División Azul, donde se tuvo que incorporar siguiendo los consejos de su sargento para expiar el castigo por haberle pegado a un cabo primero y ser denunciado.
Volvió a la fábrica tras regresar en aquel famoso barco Semiramis el 2 de abril de 1954. Con buen criterio, la empresa le asignó este puesto en el archivo por considerarlo un tanto pausado y tranquilo. Allí, como hemos indicado, se explayaba en las charlas al tener todo el tiempo del mundo. El Macho no sólo se dedicaba a contar sus batallitas del frente ruso (éstas en el sentido literal del término), sino que montaba animadas tertulias de cualquier tema que se pudiera imaginar, opinaba y hablaba de lo divino y de lo humano, y tenía controlado todo lo que se cocía en la empresa. Era como el patio de vecinos o el consejo en la sombra de la propia fábrica.
A medida que Westinghouse Córdoba fue creciendo lo mismo le pasaba al archivo de El Macho. Llegaron incluso a adjudicarle un ayudante que además de trabajar en la fábrica era fotógrafo y merodeaba por todos los sitios buscando sus objetivos, con lo que el archivo se podía decir que estaba siempre al día de lo que pasaba.
Lorenzo, El Pastelero
Un habitual que se pasaba por el archivo de El Macho era Lorenzo 'El Pastelero', que había entrado en la fábrica como peón en la Sección de soldadura, denominada popularmente como la sección «de las cortinas». Esa sección fue un referente reivindicativo, y ya en los 60 Rafael Conejo y Blas Pérez encabezaron muchas de sus protestas. En este ambiente, encima, Lorenzo, estaba constantemente enfadado con sus superiores, casi nunca estaba de acuerdo con nada ni con nadie, y no se encontraba a gusto con el trabajo que tenía asignado, y siempre estaba protestando.
Pero de la noche a la mañana la indumentaria de este hombre cambió, y del traje de peón de soldadura, con su mono de trabajo, su mandil y sus botas de protección, pasó a lucir palmito por los patios de la fábrica con su traje de ordenanza de Administración, puesto al que había llegado por la recomendación de un familiar (al parecer monja) que intercedió ante el Jefe de Personal.
En su nuevo puesto, llevando y trayendo papeles, tenía necesidad de llegarse con frecuencia al archivo. Allí un día el amigo Macho lo vio muy disgustado, y al preguntarle qué era lo que le pasaba Lorenzo le contestó: «He estado a punto de provocar una catástrofe en la familia del Jefe de Personal. El pastelón que les había regalado tenía una parte echada a perder, incluso con color verde». Como en aquel archivo todo se terminaba por saber y se propagaba al resto de la fábrica, con cierta mala leche, desde entonces se le puso el mote de El Pastelero.
Gregorio, El Fidel Castro
Entre los que habitualmente trabajaban en el parque de la chatarra había un personaje que era de los pocos que en la fábrica tenía su propia moto. Como primera impresión, era un hombre de conversación correcta y en principio mesurada, aunque breve. Pero empezó a coger fama por sus proclamas revolucionarias al estilo de Fidel Castro y la revolución cubana. Se trataba de un buen trabajador, pero sus ideales eran sus ideales y eso no se lo quitaba nadie.
El ideario de la revolución cubana
Un día, en aquel «patio de vecinos» que era el archivo de El Macho, se pudo saber que este trabajador, además de cumplir su labor celosamente en fábrica, se solía dedicar al pluriempleo limpiando los sofás y los tresillos de bastantes jefes de la fábrica. No cabe duda de que aquella era una extraña forma de ser contestatario.
El Muerto
En el archivo eran ‘vox populi’ las andanzas de un trabajador al que se apodaba El Muerto por la coloración excesivamente blanca de su rostro. Este hombre tenía perfectamente sincronizada su asistencia al puesto de trabajo con la posibilidad de echar horas extraordinarias. De manera que cuando éstas eran suprimidas por orden de la dirección se daba de baja por enfermedad y no volvía por la fábrica hasta que no se enterara de que las horas extras volvían a realizarse. Entonces le faltaba tiempo para pedir el alta médica y reincorporarse. Por esta inconsistencia en su trabajo hasta su mesa era muchas veces quitada de en medio, y cada vez que volvía tenía que empezar casi que desde cero. Por esta circunstancia rodó por bastantes puestos de trabajo, no terminando de asentarse en ninguno.
El hecho de estar tan desconectado le hacía en muchas ocasiones ignorar la realidad de lo que acontecía en la fábrica, lo que le dejaba a expensas de las bromas o engaños que quisieran gastarle sus compañeros. Como era conocida la afición de El Muerto por los anticipos solían gastarle bromas insinuándole que en Caja se estaban pagando determinados anticipos a cuenta de lo que fuera. Cuando él se presentaba en Caja con un vale de anticipo para reclamarle al cajero que le pagase lo que procediera, si blanco había llegado, cuando el cajero Manuel Pérez lo desengañaba, y le hacía ver el engaño del que había sido objeto, más blanco se ponía si cabe, pareciendo entonces un muerto de verdad.
El abogado Carlos Fernández
En aquel archivo se llegaría a comentar largo y tendido la brillante actuación que tuvo el abogado de la fábrica don Carlos Fernández (cuñado de Barrena) en la resolución de un pleito sobre incentivos que se había planteado a mediados de los 70, durante los revueltos tiempos en los que al frente del Comité de Empresa estaba Manolo Rubia, el famoso líder de Comisiones Obreras en Córdoba.
En el conflicto laboral planteado, el magistrado Angulo había emitido una resolución de arbitraje apoyada en una fórmula matemática tan inviable que unió en su rechazo a las dos partes en litigio, tanto a los trabajadores como a la empresa. Ante los intentos de pedir oficialmente una revisión de su resolución la negativa del magistrado era contundente, indicando «que el que sabía de leyes era él».
En la fábrica hubo bastantes reuniones de notables para ver si podían hacerle cambiar su postura. Finalmente, Carlos Fernández dio con la tecla para solicitar la necesidad de una revisión: «El juez sabrá más que nadie de leyes, pero no de matemáticas».
Y así fue como, con la certificación de un matemático apoyando su argumentación, se le hizo ver al magistrado que aquella sentencia suya era poco menos que inviable. Con este argumento demoledor Angulo dio su brazo a torcer y aceptó cambiar su resolución. Abandonó la extraña fórmula y simplemente pidió a las partes «que se pusieran de acuerdo». Aquello debió suponer un triunfo moral para la empresa, pues incluso don Cristóbal Sánchez Mayendía, que era entonces el director de la fábrica, ordenó que a las centrales sindicales se les diera una especie de gratificación económica por la actitud de colaboración que habían mostrado en el conflicto. Se reconoció la labor de las centrales sindicales… pero a Carlos Fernández prácticamente ni se le reconocieron sus méritos. A los pocos días, dolido, presentó su dimisión.
El ingeniero El Viti
También en aquel archivo era frecuente que se hablara de fútbol o de toros, los dos temas más populares de esa España, no es de extrañar que las figuras de estos espectáculos estuviesen continuamente en las charlas de los tertulianos.
El rostro de El Viti era tremendamente parecido al de aquel ingeniero de Granada
Una de los personajes del toreo entonces en boga (aunque siempre por detrás de El Cordobés) era Santiago Martín ‘El Viti’, quien lograría salir más veces que nadie por la puerta grande de la Monumental de Las Ventas.
Por aquellas fechas finales de los años de 1960, un joven ingeniero granadino llegó a la fábrica donde enseguida le empezaron a llamar El Viti por su enorme parecido físico con el torero. Se puede decir que muchos trabajadores nunca supieron realmente el nombre de este hombre.
En fábrica tuvo sus roces con el personal, pues tenía un carácter difícil y altanero y se le achacaba que siempre se quedó en los papeles y los informes, pero que realmente no sabía ni coger una lima, poner una taladradora en marcha o saber cómo se cebaba el arco de soldadura. No obstante subió como la espuma. Cuando llegaron los suecos de la ABB se plegó totalmente a sus draconianas exigencias borrando del mapa productivo la mayoría de la División de Aparellaje, y fue premiado por ello con un cargo de Director con derecho a despacho, secretaria y un coche BMW que le regalaron.
El Frescales
Como ya hemos dicho, a aquel archivo de El Macho llegaban todos los papeles importantes que se generaban en la fábrica. Entre ellos estaba la «joya de la corona»: el listado resumen de nóminas de todos los trabajadores. Había que guardarlo todo porque eran documentos que se requerían de forma cíclica en auditorías, donde entre otras cosas se tenía que justificar de forma razonable los pagos de las distintas nóminas que los auditores escogieran para investigar.
No sabemos si entre tanta montaña de papel, y sin los medios de ordenadores de hoy día, aquellos auditores de entonces eran capaces de encontrar algo. Porque, por desgracia, había profesionales que se las sabían todas, como un personaje apodado (con motivo) El Frescales. Este hombre tenía buenos contactos familiares con la dirección de Madrid, por lo que gozaba de una serie de privilegios como echar horas sin tener trabajo aparente ni carga para ello, y otras importantes bagatelas que prefiero omitir.
Un día le visitamos en su despacho y observamos que al abrir su taquilla la tenía llena de productos del economato como azafrán en hebra, aceite de oliva, café ‘Mis Nietos’ y otros productos más caros. Al ver aquello preguntamos: «¿Eso qué es?» y enseguida nos contestó: «Eso es el economato que me lo estoy llevando poco a poco». Y el que me acompañaba llegaría a mirar por curiosidad aquel listado resumen anual de nóminas, y se pudo comprobar que el tal Frescales por el «código 33» que se correspondía con el Economato, sus descuentos anuales habían sido 0. Por lo que nunca mejor dicha la expresión «Me lo estoy llevando poco a poco».
El Cubanito
Si alguien nombraba en esa Córdoba a El Cubanito todos pensarían en una famosa pasta de tabaco que se traía de contrabando desde Gibraltar en aquellos trenes expreso de Algeciras. Cualquiera que tuviese relación con el depósito de Renfe sabía del continuo e intenso trapicheo con este tabaco. Que se vendía por señalados sitios.
Caja de picadura de tabaco El Cubanito
Pero en el archivo de El Macho, El Cubanito era otra cosa, era un personaje algo extraño llamado Jesús Iglesias Castro, de unos 44 años. De la noche a la mañana este hombre surgió de la nada y se presentó en la fábrica con una especie de guayabera que traía, por toda marca de distinción, algunas manchas y un aspecto poco cuidado. Se expresaba afablemente con un suave y meloso estilo caribeño, repitiendo latiguillos como «amigo», «¿cómo estás?» o «mamá y papá».
Nos enteramos al fin que había sido enviado por los americanos de Westinghouse, que ya copaban las oficinas centrales de Madrid, para que les transmitiera reservadamente cuáles eran las condiciones económicas en que se desenvolvía realmente la fábrica de Córdoba.
A mí me encargaron que lo acompañase por nuestra ciudad para buscar piso para él y su familia. Por ello tuve oportunidad de estar bastante tiempo a solas con él, unas veces con el coche de la fábrica y otras andando. Así me pude enterar de que era de origen cubano, nacionalizado estadounidense, y que tenía el título de licenciatura en Economía.
En uno de aquellos recorridos intenté hacerle agradable lo más posible su estancia en Córdoba y nos alargamos hasta el barrio de San Lorenzo, a la taberna de la Sociedad de Plateros. En la Bodega le obsequiaron con la prueba de uno de sus mejores vinos, e incluso con una exquisita tapa de calamares fritos que le facilitó gentilmente el tabernero Curro. El cubano era un hombre afable y se mostró agradecido.
Siguiendo con la tarea que me habían encargado, ninguno de las siete u ocho primeras viviendas que visitamos de la mano de la agencia inmobiliaria Capitán le debieron gustar, pues ya al cuarto día previsto para seguir buscando piso, al llamarlo como hacía todos los días para iniciar nuestra ruta, me contestó: «¡Qué va, señor Estévez! hoy no vamos a ver ninguno».
Luego nos pudimos enterar de que al hablar con su jefe americano inmediato en Madrid (que era «controller» de la empresa) éste le dijo que no se anduviera por las ramas y que fuese directamente a la zona del Brillante en busca de un chalet. No sé quién le debió acompañar en esta ocasión para encontrarle un chalet adecuado, pero ya se había dado un cambio en el cubanito. De la guayabera algo harapienta había pasado a un elegante traje de color claro con corbata a juego y zapatos caros. Además, del despacho medio abandonado que le habían asignado en la fábrica durante los primeros días había pasado a otro más amplio en el pasillo noble de la Dirección. Cambió hasta su forma de andar y moverse, que transmitía ahora cierto aire de superioridad.
Aquella transformación del cubanito vino acompañada con el comienzo de su trabajo de supervisión (donde tenía autorización para todo), que realizó con la colaboración de dos técnicos que él mismo eligió. Pasaban los días, y todos temían los informes que el cubano-americano pudiera transmitir a Madrid. Para ello solía emplear aquel primitivo fax de manubrio que existía en la secretaria de Dirección.
No cabe duda de que la información que transmitió tuvo que ser importante, pues hubo consecuencias casi inmediatas. En primer lugar el Jefe de la División de Aparellaje fue destituido, y también se permitió la osadía de poner al hasta entonces Jefe Administrativo de Westinghouse en Córdoba a contar tornillos y tuercas para hacer un inventario de la citada División. Y no sabemos si en la División de Transformadores le dio tiempo a provocar algún cese más, pero lo que sí podemos apuntar es que un americano, Míster Gobehiat, ya venía de camino con sus muebles para Córdoba para ocupar el cargo de jefe de Transformadores.
Sin embargo, la precipitada salida de los americanos y la posterior suspensión de pagos de 1984 abortaron todos estos movimientos. Desapareció El Cubanito, aquel que inspiraba tanta ternura los primeros días con el «mamá y papá» constantemente en su boca, pero que con sus informes casi desmantela de pe a pa la estructura de la fábrica.